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Hace unos días tuve la oportunidad de debatir algunos aspectos de la información, la cultura y la educación, con personas que laboran y elaboran el tema en conocidos planteles de la ciudad. Existe la percepción que en Yucatán la educación y los medios de información no cambian desde hace mucho y nadie hace lo posible, porque resulta inútil, porque la sociedad yucateca es particularmente conservadora –las cosas de Yucatán hay que dejarlas como están-, lo que no pasa de ser una concepción regionalista más, ya que los procesos de avance o retrocesos en la materia, ahora, son a nivel nacional y global.
El neoliberalismo no sólo afecta las instancias comunitarias creadas por la modernidad, como la Iglesia, la familia, el sindicato, los movimientos sociales y el estado democrático. Sino que su proyecto de atomización de la sociedad reduce a la persona a la condición de individuo desconectado de la coyuntura sociopolítica y económica en la cual se inserta, y lo considera como un mero objeto para la explotación por medio de la producción y el consumismo. También se extiende, por tanto a la esfera cultural, educacional que constituyen su formación. Y que la información sobredetermina.
Uno de los avances de la modernidad con la llegada de la democracia fue, reconocer a la persona como sujeto político. Este pasó a tener, además de deberes derechos. Dotado de conciencia crítica, se supone que el ser humano se libró de la condición de siervo ciego y dócil a las órdenes de su señor, hoy debe ser consciente que autoridad no es sinónimo de jefe o amo, ni el poder sinónimo de razón. Es en este marco que ahora se busca quitarle a la persona su condición de Sujeto.

En el proyecto neoliberal el prototipo de ciudadano liberal es el que se abstiene de cualquier pensamiento crítico y, sobre todo, de participar en instancias comunitarias. Y a la formación de esa cultura de abstención voluntaria contribuye de modo especial la televisión. En sí misma la televisión es un poderoso instrumento de formación e información. Pero puede ser convertido fácilmente en mecanismo de deformación y desinformación, sobre todo si se engancha a la maquinaria publicitaria que rige el mercado. Así, la misma televisión se vuelve un producto para ser consumido y por lo tanto centrado en el aumento en los índices de audiencia. Para ello se recurre a todo tipo de estrategias, con tal que los telespectadores se sientan atraídos por las imágenes sensacionales.
Según Freí Betto, conocido comunicólogo brasileño, el problema es que la ventana electrónica está abierta hacia adentro del núcleo familiar. “Es ahí donde ella descarga la profusión de imágenes y alcanza indistintamente a niños y adultos, sin el menor escrúpulo en lo referente al universo de valores de la familia. Si la televisión trasmitiese cultura –todo cuanto mejora nuestra conciencia y nuestro espíritu- sería l más poderoso vehículo de educación. Es verdad que no deja de hacerlo, pero la regla general no son los problemas de densidad cultural, sino el mero entretenimiento: distrae, divierte y, sobre todo, abre la caja de pandora de nuestros deseos inconfesables.” La imagen que “dice” lo que no nos atrevemos a pronunciar.
Al superar el diálogo entre padres e hijos e imponerse como interlocutora hegemónica dentro el núcleo familiar, la televisión altera las referencias simbólicas fundamentales del siquismo infantil. Es mediante el habla como una generación trasmite a otra, creencias, valores, nombres propios, mega relatos, genealogías, ritos, relaciones sociales, etc. Trasmite incluso la misma actitud humana del uso de la palabra a través del cual se teje nuestra subjetividad y nuestra identidad. Es esa interacción, propiciada por el diálogo oral, o la discusión, cara a cara como nos educa las relaciones de alteridad, nos hace reconocer el yo delante del otro, así como las múltiples conexiones que unen a uno con otro, tales como emociones, imágenes provocadas por gestos, expresiones faciales cargadas de sentimientos y razonamientos diferentes.
El habla o el diálogo demarcan las referencias fundamentales a nuestro equilibrio síquico, como la identificación del tiempo (ahora) y del espacio (Aquí) y de los límites de mi ser en relación a los demás. Si el habla se reduce a una catarata de imágenes que tratan de exacerbar el sentido, las referencias simbólicas del joven o el niño corren peligro. El niño o el joven siente la dificultas de construir su universo simbólico no adquiriendo sentidos de temporalidad e historicidad. Todo se reduce al “aquí y ahora”, a la simultaneidad. La misma tecnología que reduce distancias en tiempo real –internet, teléfono celular, etc- favorecen una sensación de ubicuidad: “yo no estoy en ningún lugar porque estoy en todos”. Muchos profesores se quejan de que los alumnos ya no están atentos en las clases. Claro, el sueño de ellos sería poder cambiar al profe de canal…
Muchos niños y jóvenes muestran dificultad para expresarse porque no saben oír. Poseen un raciocinio confuso en el que la lógica resbala frecuentemente en el aluvión de sentimientos contradictorios. Creen sobre todo, que son inventores del hilo negro y por tanto no les interesa el patrimonio cultural de las generaciones anteriores (el financiero sí, sin duda). De ese modo la cultura pierde refinamiento y profundidad, se confina a la simulación y el talk-shaow donde cada uno opina según su reacción inmediata, sin reconocer la competencia del otro. En el caso de la escuela este otro es el profesor, visto no sólo como despojado de autoridad, sino, sobre todo, como quien abusa de su poder y no admite que los alumnos le traten de igual a igual… Ahora bien, ya que el profesor no “escucha”, entonces sólo hay un medio de hacerlo oír: la violencia. Pues son educados por la televisión, en la cual no se da el ejercicio de la argumentación paciente, de la construcción esclarecedora, del perfeccionamiento del sentido crítico. Es el incesante toma y daca, y casi siempre a base de coacción.
Por eso se cae en una educación calificada por Jean Claude Michea de “disolución de la lógica”. Se deja de distinguir entre lo principal de lo secundario, de percibir el texto en su contexto, de incluir lo particular en el telón de fondo de lo general, para acatar pasivamente las presiones de consumo que intentan transformar los valores éticos en meros valores pecuniarios, o sea todo es mercadotecnia, y es su precio el que le imprime a quien lo posee, determinado valor social, aunque no tenga carácter. Se prescinde del acto de pensar, reflexionar, criticar y especialmente de participar en el proyecto de transformar la realidad. Todo pasa a ser una cuestión de conveniencia, gusto personal, simpatía. También son considerados comerciables los votos, la biodiversidad, la defensa del medio ambiente, la responsabilidad social de las empresas, el genoma, los órganos extraídos a los niños y adultos. Se excluye las drogas, sólo para encarecer el precio. Kinchil, Yuc; noviembre 2008.
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