A las puertas de la mitología

La de Amé­ri­ca Lati­na ha sido la his­to­ria de esa salu­da­ble ten­sión ante los pode­res del nor­te. Hace poco visi­té en el nor­te de Méxi­co, en Ciu­dad Juá­rez, el Museo de la Revo­lu­ción. Nada me impre­sio­nó tan­to, más inclu­so que el crá­neo de vaca sobre una mesa bajo la fogo­sa luz del desier­to, que una foto­gra­fía don­de la socie­dad de El Paso, Texas, caba­lle­ros con som­bre­ro de copa y damas flo­ri­das con tra­jes ensan­cha­dos por miri­ña­ques, pre­sen­cia­ba des­de la ori­lla del río Gran­de, como en pic­nic, la lucha al otro lado de la fron­te­ra, don­de hom­bres de gran­des som­bre­ros y dobles pis­to­las se alza­ban con­tra la dic­ta­du­ra. La viva ima­gen de una socie­dad del bien­es­tar que se entre­tie­ne con el espec­tácu­lo de tra­ge­dias aje­nas, espe­ran­do el momen­to de entrar en acción para bene­fi­ciar­se de los resul­ta­dos. La mejor mane­ra de admi­rar, de res­pe­tar y hon­rar a los Esta­dos Uni­dos, es temer­les, y no lla­mar­se a enga­ños sobre ellos.

Para ellos somos otro mun­do: mate­rias pri­mas, sel­va ele­men­tal, inmi­gran­tes, gobier­nos que se some­tan y fir­men sin dema­sia­das con­di­cio­nes los con­tra­tos. Y aquí nadie los ama tan­to como los que se bene­fi­cian de esos con­tra­tos. Muchos medios del con­ti­nen­te han hecho un gran esfuer­zo por con­ver­tir a los con­tra­dic­to­res de Esta­dos Uni­dos en los gran­des equi­vo­ca­dos. Lo han inten­ta­do con Cuba y más recien­te­men­te con Vene­zue­la, has­ta el pun­to de que sus elec­cio­nes vic­to­rio­sas son elec­cio­nes siem­pre sos­pe­cho­sas. No impor­ta que en Colom­bia com­pren votos o arreen elec­to­ra­dos bajo pro­me­sas o ame­na­zas: esta demo­cra­cia nun­ca está bajo sos­pe­cha. No impor­ta que los para­mi­li­ta­res pro­duz­can en diez años dos­cien­tos mil muer­tos en masa­cres bajo todas las for­mas de atro­ci­dad: la demo­cra­cia colom­bia­na sigue sien­do ejem­plar, por­que los pode­res de la plu­to­cra­cia siguen al man­do. Pero si alguien es enemi­go, no de los Esta­dos Uni­dos sino de los abu­sos del impe­ria­lis­mo, eso lo hace reo de indig­ni­dad.

Uno de esos gran­des enemi­gos del impe­ria­lis­mo es Hugo Chá­vez. Por ello, aun­que nadie pue­da atri­buir­le crí­me­nes como los que man­chan las manos de tan­tos pode­res en el mun­do, para muchos opi­na­do­res y medios es un dic­ta­dor y un tirano. Yo creo que ha sido un gran hom­bre, que ha ama­do a su pue­blo, y que ha inten­ta­do abrir camino a un poco de jus­ti­cia en un con­ti­nen­te escan­da­lo­sa­men­te injus­to. Para ello ha sido duro con los due­ños tra­di­cio­na­les del país y eso no se lo per­do­nan. Ya se lo per­do­na­rán: cuan­do advier­tan que todo lo que se haga a favor de los pue­blos siem­pre pos­ter­ga­dos, tar­de o tem­prano fruc­ti­fi­ca en socie­da­des más recon­ci­lia­das con­si­go mis­mas. Un ami­go me decía hace poco que un hom­bre que se hace reele­gir tres veces es enemi­go de la liber­tad. No com­par­to esa idea res­trin­gi­da de la demo­cra­cia. La rei­na Isa­bel de Ingla­te­rra, que no fue ele­gi­da por nadie, lle­va sesen­ta años, es decir, para noso­tros, toda la his­to­ria uni­ver­sal, como sobe­ra­na de su tie­rra, y no veo a nadie pro­tes­tan­do con­tra ese abu­so.

En Colom­bia lle­va­mos dos­cien­tos años reeli­gien­do al mis­mo tipo con caras dis­tin­tas pero con exac­ta­men­te la mis­ma polí­ti­ca. El úni­co un poco dis­tin­to era Álva­ro Uri­be, sólo por­que era un poco peor. Pero el pro­ble­ma no son los hom­bres sino las ideas que gobier­nan, y a Colom­bia la gobier­nan las mis­mas ideas des­de las lunas del siglo XIX, y la con­se­cuen­cia catas­tró­fi­ca se ve por todas par­tes. Si fue­ra nece­sa­rio con­vo­car a nue­vas elec­cio­nes, lo más pro­ba­ble es que las mayo­rías cha­vis­tas sean más gran­des aún que en las elec­cio­nes pasa­das, que ya se cele­bra­ron sin su pre­sen­cia. Y tal vez nos será dado asis­tir al paso de Chá­vez de la his­to­ria a la mito­lo­gía, a la nove­les­ca mito­lo­gía lati­noa­me­ri­ca­na, de la que for­man par­te por igual María Lion­za y José Gre­go­rio Her­nán­dez, Rubén Darío y José Mar­tí, Car­los Gar­del y Eva Perón, Mar­tín Fie­rro y Jor­ge Elié­cer Gai­tán, Simón Bolí­var y Túpac Ama­ru, Fri­da Kah­lo y Pablo Neru­da, Eloy Alfa­ro y Sal­va­dor Allen­de, el Che Gue­va­ra y Emi­liano Zapa­ta, Var­gas Vila y Jor­ge Luis Bor­ges,
Beni­to Juá­rez y Mora­zán, Pedro Pára­mo y Aure­liano Buen­día.

Una mito­lo­gía de la que hoy tal vez sólo tene­mos vivos a Fidel Cas­tro y a Gabriel Gar­cía Már­quez.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *