El enigma de los dos Chávez

El pre­si­den­te Hugo Chá­vez Frías me con­ta­ba esta his­to­ria en el avión de la Fuer­za Aérea Vene­zo­la­na que nos lle­va­ba de La Haba­na a Cara­cas, hace dos sema­nas, a menos de quin­ce días de su pose­sión como pre­si­den­te cons­ti­tu­cio­nal de Vene­zue­la por elec­ción popu­lar. Nos había­mos cono­ci­do tres días antes en La Haba­na, duran­te su reu­nión con los pre­si­den­tes Cas­tro y Pas­tra­na, y lo pri­me­ro que me impre­sio­nó fue el poder de su cuer­po de cemen­to arma­do. Tenía la cor­dia­li­dad inme­dia­ta, y la gra­cia crio­lla de un vene­zo­lano puro. Ambos tra­ta­mos de ver­nos otra vez, pero no nos fue posi­ble por cul­pa de ambos, así que nos fui­mos jun­tos a Cara­cas para con­ver­sar de su vida y mila­gros en el avión.

Fue una bue­na expe­rien­cia de repor­te­ro en repo­so. A medi­da que me con­ta­ba su vida iba yo des­cu­brien­do una per­so­na­li­dad que no corres­pon­día para nada con la ima­gen de dés­po­ta que tenía­mos for­ma­da a tra­vés de los medios. Era otro Chá­vez. ¿Cuál de los dos era el real?

El argu­men­to duro en su con­tra duran­te la cam­pa­ña había sido su pasa­do recien­te de cons­pi­ra­dor y gol­pis­ta. Pero la his­to­ria de Vene­zue­la ha dige­ri­do a más de cua­tro. Empe­zan­do por Rómu­lo Betan­court, recor­da­do con razón o sin ella como el padre de la demo­cra­cia vene­zo­la­na, que derri­bó a Isaías Medi­na Anga­ri­ta, un anti­guo mili­tar demó­cra­ta que tra­ta­ba de pur­gar a su país de los trein­ti­séis años de Juan Vicen­te Gómez. A su suce­sor, el nove­lis­ta Rómu­lo Galle­gos, lo derri­bó el gene­ral Mar­cos Pérez Jimé­nez, que se que­da­ría casi once años con todo el poder. Éste, a su vez, fue derri­ba­do por toda una gene­ra­ción de jóve­nes demó­cra­tas que inau­gu­ró el perío­do más lar­go de pre­si­den­tes elegidos.

El gol­pe de febre­ro pare­ce ser lo úni­co que le ha sali­do mal al coro­nel Hugo Chá­vez Frías. Sin embar­go, él lo ha vis­to por el lado posi­ti­vo como un revés pro­vi­den­cial. Es su mane­ra de enten­der la bue­na suer­te, o la inte­li­gen­cia, o la intui­ción, o la astu­cia, o cual­quie­ra cosa que sea el soplo mági­co que ha regi­do sus actos des­de que vino al mun­do en Saba­ne­ta, esta­do Bari­nas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Chá­vez, cató­li­co con­ven­ci­do, atri­bu­ye sus hados bené­fi­cos al esca­pu­la­rio de más de cien años que lle­va des­de niño, here­da­do de un bisa­bue­lo materno, el coro­nel Pedro Pérez Del­ga­do, que es uno de sus héroes tutelares.

Sus padres sobre­vi­vían a duras penas con suel­dos de maes­tros pri­ma­rios, y él tuvo que ayu­dar­los des­de los nue­ve años ven­dien­do dul­ces y fru­tas en una carre­ti­lla. A veces iba en burro a visi­tar a su abue­la mater­na en Los Ras­tro­jos, un pue­blo vecino que les pare­cía una ciu­dad por­que tenía una plan­ti­ta eléc­tri­ca con dos horas de luz a pri­ma noche, y una par­te­ra que lo reci­bió a él y a sus cua­tro her­ma­nos. Su madre que­ría que fue­ra cura, pero sólo lle­gó a mona­gui­llo y toca­ba las cam­pa­nas con tan­ta gra­cia que todo el mun­do lo reco­no­cía por su repi­que. “Ese que toca es Hugo”, decían. Entre los libros de su madre encon­tró una enci­clo­pe­dia pro­vi­den­cial, cuyo pri­mer capí­tu­lo lo sedu­jo de inme­dia­to: Cómo triun­far en la vida.

Era en reali­dad un rece­ta­rio de opcio­nes, y él las inten­tó casi todas. Como pin­tor asom­bra­do ante las lámi­nas de Miguel Angel y David, se ganó el pri­mer pre­mio a los doce años en una expo­si­ción regio­nal. Como músi­co se hizo indis­pen­sa­ble en cum­plea­ños y sere­na­tas con su maes­tría del cua­tro y su bue­na voz. Como beis­bo­lis­ta lle­gó a ser un cat­cher de pri­me­ra. La opción mili­tar no esta­ba en la lis­ta, ni a él se le habría ocu­rri­do por su cuen­ta, has­ta que le con­ta­ron que el mejor modo de lle­gar a las gran­des ligas era ingre­sar en la aca­de­mia mili­tar de Bari­nas. Debió ser otro mila­gro del esca­pu­la­rio, por­que aquel día empe­za­ba el plan Andrés Bello, que per­mi­tía a los bachi­lle­res de las escue­las mili­ta­res ascen­der has­ta el más alto nivel académico.

Estu­dia­ba cien­cias polí­ti­cas, his­to­ria y
mar­xis­mo al leni­nis­mo. Se apa­sio­nó por el estu­dio de la vida y la obra de Bolí­var, su Leo mayor, cuyas pro­cla­mas apren­dió de memo­ria. Pero su pri­mer con­flic­to cons­cien­te con la polí­ti­ca real fue la muer­te de Allen­de en sep­tiem­bre de 1973. Chá­vez no enten­día. ¿Y por qué si los chi­le­nos eli­gie­ron a Allen­de, aho­ra los mili­ta­res chi­le­nos van a dar­le un gol­pe? Poco des­pués, el capi­tán de su com­pa­ñía le asig­nó la tarea de vigi­lar a un hijo de José Vicen­te Ran­gel, a quien se creía comu­nis­ta. “Fíja­te las vuel­tas que da la vida”, me dice Chá­vez con una explo­sión de risa. “Aho­ra su papá es mi can­ci­ller”. Más iró­ni­co aún es que cuan­do se gra­duó reci­bió el sable de manos del pre­si­den­te que vein­te años des­pués tra­ta­ría de tum­bar: Car­los Andrés Pérez.

Ade­más”, le dije, “usted estu­vo a pun­to de matar­lo”. “De nin­gu­na mane­ra”, pro­tes­tó Chá­vez. “La idea era ins­ta­lar una asam­blea cons­ti­tu­yen­te y vol­ver a los cuar­te­les”. Des­de el pri­mer momen­to me había dado cuen­ta de que era un narra­dor natu­ral. Un pro­duc­to ínte­gro de la cul­tu­ra popu­lar vene­zo­la­na, que es crea­ti­va y albo­ra­za­da. Tie­ne un gran sen­ti­do del mane­jo del tiem­po y una memo­ria con algo de sobre­na­tu­ral, que le per­mi­te reci­tar de memo­ria poe­mas de Neru­da o Whit­man, y pági­nas ente­ras de Rómu­lo Gallegos.

Des­de muy joven, por casua­li­dad, des­cu­brió que su bisa­bue­lo no era un ase­sino de sie­te leguas, como decía su madre, sino un gue­rre­ro legen­da­rio de los tiem­pos de Juan Vicen­te Gómez. Fue tal el entu­sias­mo de Chá­vez, que deci­dió escri­bir un libro para puri­fi­car su memo­ria. Escu­dri­ñó archi­vos his­tó­ri­cos y biblio­te­cas mili­ta­res, y reco­rrió la región de pue­blo en pue­blo con un morral de his­to­ria­dor para recons­truir los iti­ne­ra­rios del bisa­bue­lo por los tes­ti­mo­nios de sus sobre­vi­vien­tes. Des­de enton­ces lo incor­po­ró al altar de sus héroes y empe­zó a lle­var el esca­pu­la­rio pro­tec­tor que había sido suyo.

Uno de aque­llos días atra­ve­só la fron­te­ra sin dar­se cuen­ta por el puen­te de Arau­ca, y el capi­tán colom­biano que le regis­tró el morral encon­tró moti­vos mate­ria­les para acu­sar­lo de espía: lle­va­ba una cáma­ra foto­grá­fi­ca, una gra­ba­do­ra, pape­les secre­tos, fotos de la región, un mapa mili­tar con grá­fi­cos y dos pis­to­las de regla­men­to. Los docu­men­tos de iden­ti­dad, como corres­pon­de a un espía, podían ser fal­sos. La dis­cu­sión se pro­lon­gó por varias horas en una ofi­ci­na don­de el úni­co cua­dro era un retra­to de Bolí­var a caba­llo. “Yo esta­ba ya casi ren­di­do, ‑me dijo Chávez‑, pues mien­tras más le expli­ca­ba menos me enten­día”. Has­ta que se le ocu­rrió la fra­se sal­va­do­ra: “Mire mi capi­tán lo que es la vida: hace ape­nas un siglo éra­mos un mis­mo ejér­ci­to, y ése que nos está miran­do des­de el cua­dro era el jefe de noso­tros dos. ¿Cómo pue­do ser un espía?”. El capi­tán, con­mo­vi­do, empe­zó a hablar mara­vi­llas de la Gran Colom­bia, y los dos ter­mi­na­ron esa noche bebien­do cer­ve­za de ambos paí­ses en una can­ti­na de Arau­ca. A la maña­na siguien­te, con un dolor de cabe­za com­par­ti­do, el capi­tán le devol­vió a Chá­vez sus ense­res de his­to­ria­dor y lo des­pi­dió con un abra­zo en la mitad del puen­te internacional.

De esa épo­ca me vino la idea con­cre­ta de que algo anda­ba mal en Vene­zue­la”, dice Chá­vez. Lo habían desig­na­do en Orien­te como coman­dan­te de un pelo­tón de tre­ce sol­da­dos y un equi­po de comu­ni­ca­cio­nes para liqui­dar los últi­mos reduc­tos gue­rri­lle­ros. Una noche de gran­des llu­vias le pidió refu­gio en el cam­pa­men­to un coro­nel de inte­li­gen­cia con una patru­lla de sol­da­dos y unos supues­tos gue­rri­lle­ros aca­ba­dos de cap­tu­rar, ver­do­sos y en los puros hue­sos. Como a las diez de la noche, cuan­do Chá­vez empe­za­ba a dor­mir­se, oyó en el cuar­to con­ti­guo unos gri­tos des­ga­rra­do­res. “Era que los sol­da­dos esta­ban gol­pean­do a los pre­sos con bates de béis­bol envuel­tos en tra­pos para que no les que­da­ran mar­cas”, con­tó Chá­vez. Indig­na­do, le exi­gió al coro­nel que le entre­ga­ra los pre­sos o se fue­ra de allí, pues no podía acep­tar que tor­tu­ra­ra a nadie en su coman­do. “Al día siguien­te me ame­na­za­ron con
un jui­cio mili­tar por des­obe­dien­cia, ‑con­tó Chá­vez- pero sólo me man­tu­vie­ron por un tiem­po en observación”.

Pocos días des­pués tuvo otra expe­rien­cia que reba­só las ante­rio­res. Esta­ba com­pran­do car­ne para su tro­pa cuan­do un heli­cóp­te­ro mili­tar ate­rri­zó en el patio del cuar­tel con un car­ga­men­to de sol­da­dos mal heri­dos en una embos­ca­da gue­rri­lle­ra. Chá­vez car­gó en bra­zos a un sol­da­do que tenía varios bala­zos en el cuer­po. “No me deje morir, mi tenien­te”… le dijo ate­rro­ri­za­do. Ape­nas alcan­zó a meter­lo den­tro de un carro. Otros sie­te murie­ron. Esa noche, des­ve­la­do en la hama­ca, Chá­vez se pre­gun­ta­ba: “¿Para qué estoy yo aquí? Por un lado cam­pe­si­nos ves­ti­dos de mili­ta­res tor­tu­ra­ban a cam­pe­si­nos gue­rri­lle­ros, y por el otro lado cam­pe­si­nos gue­rri­lle­ros mata­ban a cam­pe­si­nos ves­ti­dos de ver­de. A estas altu­ras, cuan­do la gue­rra había ter­mi­na­do, ya no tenía sen­ti­do dis­pa­rar un tiro con­tra nadie”. Y con­clu­yó en el avión que nos lle­va­ba a Cara­cas: “Ahí caí en mi pri­mer con­flic­to existencial”.

Al día siguien­te des­per­tó con­ven­ci­do de que su des­tino era fun­dar un movi­mien­to. Y lo hizo a los vein­ti­trés años, con un nom­bre evi­den­te: Ejér­ci­to boli­va­riano del pue­blo de Vene­zue­la. Sus miem­bros fun­da­do­res: cin­co sol­da­dos y él, con su gra­do de sub­te­nien­te. “¿Con qué fina­li­dad?” le pre­gun­té. Muy sen­ci­llo, dijo él: “con la fina­li­dad de pre­pa­rar­nos por si pasa algo”. Un año des­pués, ya como ofi­cial para­cai­dis­ta en un bata­llón blin­da­do de Mara­cay, empe­zó a cons­pi­rar en gran­de. Pero me acla­ró que usa­ba la pala­bra cons­pi­ra­ción sólo en su sen­ti­do figu­ra­do de con­vo­car volun­ta­des para una tarea común.

Esa era la situa­ción el 17 de diciem­bre de 1982 cuan­do ocu­rrió un epi­so­dio ines­pe­ra­do que Chá­vez con­si­de­ra deci­si­vo en su vida. Era ya capi­tán en el segun­do regi­mien­to de para­cai­dis­tas, y ayu­dan­te de ofi­cial de inte­li­gen­cia. Cuan­do menos lo espe­ra­ba, el coman­dan­te del regi­mien­to, Ángel Man­ri­que, lo comi­sio­nó para pro­nun­ciar un dis­cur­so ante mil dos­cien­tos hom­bres entre ofi­cia­les y tropa.

A la una de la tar­de, reu­ni­do ya el bata­llón en el patio de fút­bol, el maes­tro de cere­mo­nias lo anun­ció. “¿Y el dis­cur­so?”, le pre­gun­tó el coman­dan­te del regi­mien­to al ver­lo subir a la tri­bu­na sin papel. “Yo no ten­go dis­cur­so escri­to”, le dijo Chá­vez. Y empe­zó a impro­vi­sar. Fue un dis­cur­so bre­ve, ins­pi­ra­do en Bolí­var y Mar­tí, pero con una cose­cha per­so­nal sobre la situa­ción de pre­sión e injus­ti­cia de Amé­ri­ca Lati­na trans­cu­rri­dos dos­cien­tos años de su inde­pen­den­cia. Los ofi­cia­les, los suyos y los que no lo eran, lo oye­ron impa­si­bles. Entre ellos los capi­ta­nes Feli­pe Acos­ta Car­le y Jesús Urda­ne­ta Her­nán­dez, sim­pa­ti­zan­tes de su movi­mien­to. El coman­dan­te de la guar­ni­ción, muy dis­gus­ta­do, lo reci­bió con un repro­che para ser oído por todos:

Chá­vez, usted pare­ce un polí­ti­co”. “Enten­di­do”, le repli­có Chávez.

Feli­pe Acos­ta, que medía dos metros y no habían logra­do some­ter­lo diez con­ten­do­res, se paró de fren­te al coman­dan­te, y le dijo: “Usted está equi­vo­ca­do, mi coman­dan­te. Chá­vez no es nin­gún polí­ti­co. Es un capi­tán de los de aho­ra, y cuan­do uste­des oyen lo que él dijo en su dis­cur­so se mean en los pantalones”.

Enton­ces el coro­nel Man­ri­que puso fir­mes a la tro­pa, y dijo: “Quie­ro que sepan que lo dicho por el capi­tán Chá­vez esta­ba auto­ri­za­do por mí. Yo le di la orden de que dije­ra ese dis­cur­so, y todo lo que dijo, aun­que no lo tra­jo escri­to, me lo había con­ta­do ayer”. Hizo una pau­sa efec­tis­ta, y con­clu­yó con una orden ter­mi­nan­te: “¡Que eso no sal­ga de aquí!”.

Al final del acto, Chá­vez se fue a tro­tar con los capi­ta­nes Feli­pe Acos­ta y Jesús Urda­ne­ta hacia el Samán del Gue­re, a diez kiló­me­tros de dis­tan­cia, y allí repi­tie­ron el jura­men­to solem­ne de Simón Bolí­var en el mon­te Aven­tino. “Al final, cla­ro, le hice un cam­bio”, me dijo Chá­vez. En lugar de “cuan­do haya­mos roto las cade­nas que nos opri­men por volun­tad del poder espa­ñol”, dije­ron: “Has­ta que no rom­pa­mos las cade­nas que nos opri­men y opri­men al pue­blo por volun­tad de los poderosos”.

Des­de enton­ces, todos los ofi­cia­les que se incor­po­ra­ban al movi­mien­to secre­to tenían
que hacer ese jura­men­to. La últi­ma vez fue duran­te la cam­pa­ña elec­to­ral ante cien mil per­so­nas. Duran­te años hicie­ron con­gre­sos clan­des­ti­nos cada vez más nume­ro­sos, con repre­sen­tan­tes mili­ta­res de todo el país. “Duran­te dos días hacía­mos reunio­nes en luga­res escon­di­dos, estu­dian­do la situa­ción del país, hacien­do aná­li­sis, con­tac­tos con gru­pos civi­les, ami­gos. “En diez años ‑me dijo Chá­vez- lle­ga­mos a hacer cin­co con­gre­sos sin ser descubiertos”.

A estas altu­ras del diá­lo­go, el Pre­si­den­te rió con mali­cia, y reve­ló con una son­ri­sa de mali­cia: “Bueno, siem­pre hemos dicho que los pri­me­ros éra­mos tres. Pero ya pode­mos decir que en reali­dad había un cuar­to hom­bre, cuya iden­ti­dad ocul­ta­mos siem­pre para pro­te­ger­lo, pues no fue des­cu­bier­to el 4 de febre­ro y que­dó acti­vo en el Ejér­ci­to y alcan­zó el gra­do de coro­nel. Pero esta­mos en 1999 y ya pode­mos reve­lar que ese cuar­to hom­bre está aquí con noso­tros en este avión”. Seña­ló con el índi­ce al cuar­to hom­bre en un sillón apar­ta­do, y dijo: “¡El coro­nel Badull!”.

De acuer­do con la idea que el coman­dan­te Chá­vez tie­ne de su vida, el acon­te­ci­mien­to cul­mi­nan­te fue El Cara­ca­zo, la suble­va­ción popu­lar que devas­tó a Cara­cas. Solía repe­tir: “Napo­león dijo que una bata­lla se deci­de en un segun­do de ins­pi­ra­ción del estra­te­ga”. A par­tir de ese pen­sa­mien­to, Chá­vez desa­rro­lló tres con­cep­tos: uno, la hora his­tó­ri­ca. El otro, el minu­to estra­té­gi­co. Y por fin, el segun­do tác­ti­co. “Está­ba­mos inquie­tos por­que no que­ría­mos irnos del Ejér­ci­to”, decía Chá­vez. “Había­mos for­ma­do un movi­mien­to, pero no tenía­mos cla­ro para qué”. Sin embar­go, el dra­ma tre­men­do fue que lo que iba a ocu­rrir ocu­rrió y no esta­ban pre­pa­ra­dos. “Es decir ‑con­clu­yó Chá­vez- que nos sor­pren­dió el minu­to estratégico”.

Se refe­ría, des­de lue­go, a la aso­na­da popu­lar del 27 de febre­ro de 1989: El Cara­ca­zo. Uno de los más sor­pren­di­dos fue él mis­mo. Car­los Andrés Pérez aca­ba­ba de asu­mir la pre­si­den­cia con una vota­ción cau­da­lo­sa y era incon­ce­bi­ble que en vein­te días suce­die­ra algo tan gra­ve. “Yo iba a la uni­ver­si­dad a un post­gra­do, la noche del 27, y entro en el fuer­te Tiu­na en bus­ca de un ami­go que me echa­ra un poco de gaso­li­na para lle­gar a la casa”, me con­tó Chá­vez minu­tos antes de ate­rri­zar en Cara­cas. “Enton­ces veo que están sacan­do las tro­pas, y le pre­gun­to a un coro­nel: ¿Para dón­de van todos esos sol­da­dos? Por­que que saca­ban los de Logís­ti­ca que no están entre­na­dos para el com­ba­te, ni menos para el com­ba­te en loca­li­da­des. Eran reclu­tas asus­ta­dos por el mis­mo fusil que lle­va­ban. Así que le pre­gun­to al coro­nel: ¿Para dón­de va ese poco­tón de gen­te? Y el coro­nel me dice: A la calle, a la calle. La orden que die­ron fue esa: hay que parar la vai­na como sea, y aquí vamos. Dios mío, ¿pero qué orden les die­ron? Bueno Chá­vez, me con­tes­ta el coro­nel: la orden es que hay que parar esta vai­na como sea. Y yo le digo: Pero mi coro­nel, usted se ima­gi­na lo que pue­de pasar. Y él me dice: Bueno, Chá­vez, es una orden y ya no hay nada qué hacer. Que sea lo que Dios quiera”.

Chá­vez dice que tam­bién él iba con mucha fie­bre por un ata­que de rubéo­la, y cuan­do encen­dió su carro vio un sol­da­di­to que venía corrien­do con el cas­co caí­do, el fusil guin­dan­do y la muni­ción des­pa­rra­ma­da. “Y enton­ces me paro y lo lla­mo”, dijo Chá­vez. “Y él se mon­ta, todo ner­vio­so, suda­do, un mucha­chi­to de 18 años. Y yo le pre­gun­to: Ajá, ¿y para dón­de vas tú corrien­do así? No, dijo él, es que me dejó el pelo­tón, y allí va mi tenien­te en el camión. Llé­ve­me, mi mayor, llé­ve­me. Y yo alcan­zo el camión y le pre­gun­to al que los lle­va: ¿Para dón­de van? Y él me dice: Yo no sé nada. Quién va a saber, ima­gí­ne­se”. Chá­vez toma aire y casi gri­ta aho­gán­do­se en la angus­tia de aque­lla noche terri­ble: “Tú sabes, a los sol­da­dos tú los man­das para la calle, asus­ta­dos, con un fusil, y qui­nien­tos car­tu­chos, y se los gas­tan todos. Barrían las calles a bala, barrían los cerros, los barrios popu­la­res. ¡Fue un desas­tre! Así fue: miles, y entre ellos Feli­pe Acos­ta”. “Y el ins­tin­to me dice que lo man­da­ron a matar”, dice Chá­vez. “Fue el minu­to que espe­rá­ba­mos para actuar”. Dicho y hecho:
des­de aquel momen­to empe­zó a fra­guar­se el gol­pe que fra­ca­só tres años después.

El avión ate­rri­zó en Cara­cas a las tres de la maña­na. Vi por la ven­ta­ni­lla la cié­na­ga de luces de aque­lla ciu­dad inol­vi­da­ble don­de viví tres años cru­cia­les de Vene­zue­la que lo fue­ron tam­bién para mi vida. El pre­si­den­te se des­pi­dió con su abra­zo cari­be y una invi­ta­ción implí­ci­ta: “Nos vemos aquí el 2 de febre­ro”. Mien­tras se ale­ja­ba entre sus escol­tas de mili­ta­res con­de­co­ra­dos y ami­gos de la pri­me­ra hora, me estre­me­ció la ins­pi­ra­ción de que había via­ja­do y con­ver­sa­do a gus­to con dos hom­bres opues­tos. Uno a quien la suer­te empe­der­ni­da le ofre­cía la opor­tu­ni­dad de sal­var a su país. Y el otro, un ilu­sio­nis­ta, que podía pasar a la his­to­ria como un dés­po­ta más.

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