Frente a la Guarderia ABC

Y esas fotos de niñas y niños son­rien­tes, en su pri­me­ra edad, miran a este país des­me­mo­ria­do, nos miran a todos. Des­de su muer­te que no debió haber suce­di­do nos inte­rro­gan, nos recuer­dan que si no hay jus­ti­cia para ellos no habrá jus­ti­cia para nadie, nun­ca.

¿Qué somos —dice Veró­ni­ca Velas­co mi com­pa­ñe­ra— si no sabe­mos cui­dar a nues­tros niños? ¿De qué futu­ro habla­mos, qué futu­ro mere­ce­mos en un país don­de por negli­gen­cia el Esta­do ase­si­na a los niños?”.

Por­que de ase­si­na­to habla­mos. Ase­si­na­to de 49 niñas y niños. Ase­si­na­to fra­gua­do des­de el momen­to mis­mo en que el Esta­do, en que el régi­men, median­te el esque­ma de subro­ga­cio­nes, renun­cia a un deber, a una obli­ga­ción con los tra­ba­ja­do­res que pagan sus cuo­tas al IMSS y sus impues­tos.

Ase­si­na­to en el que son cóm­pli­ces quie­nes otor­gan las con­ce­sio­nes de las guar­de­rías a parien­tes y ami­gos. Los altos fun­cio­na­rios fede­ra­les que con­sien­ten la corrup­ción y el nepo­tis­mo. Los fun­cio­na­rios esta­ta­les y muni­ci­pa­les que cie­rran los ojos y per­mi­ten que en una bode­ga, en una tram­pa mor­tal se atien­da, sin con­di­cio­nes míni­mas de segu­ri­dad, con negli­gen­cia cri­mi­nal a los hijos de los tra­ba­ja­do­res.

Ase­si­na­to de los due­ños que gas­ta­ron unos pesos para hacer unas cuan­tas ade­cua­cio­nes y se hicie­ron, se siguen hacien­do, de millo­nes. Ase­si­na­to de quie­nes, des­de Los Pinos, en el IMSS, en el gobierno del esta­do y el muni­ci­pio los han encu­bier­to des­de el pri­mer momen­to y han impe­di­do que rin­dan cuen­ta de sus actos.

Ase­si­na­to que, de algu­na mane­ra, con nues­tra des­me­mo­ria con­sen­ti­mos y tole­ra­mos todos. En cual­quier país civi­li­za­do la muer­te de 49 niñas y niños en una ins­ta­la­ción del Esta­do hubie­ra pro­vo­ca­do la caí­da del gobierno o al menos una pro­fun­da cri­sis ins­ti­tu­cio­nal. Aquí no pasó nada.

No cayó el gobierno. No se cues­tio­nó al régi­men. Al mode­lo eco­nó­mi­co. No hay nadie en la cár­cel pagan­do por este cri­men. No está la gen­te en la calle acom­pa­ñan­do, tumul­tua­ria­men­te, a las madres y padres cora­je que hoy, como lo fue­ron las madres de la Pla­za de Mayo, son la luz y la espe­ran­za en esta patria que heri­da e indi­fe­ren­te se nos des­ha­ce entre las manos.

Se va Feli­pe Cal­de­rón Hino­jo­sa impu­ne. Tie­ne el cinis­mo de son­reír; de pre­su­mir su trá­gi­ca y falli­da ges­tión. Lo más ate­rra­dor de su lega­do es la mane­ra en que, gra­cias al incle­men­te bom­bar­deo pro­pa­gan­dís­ti­co, a la sumi­sión de los medios que ampli­fi­ca­ron incon­di­cio­nal e irres­pon­sa­ble­men­te su insen­si­bi­li­dad, nos hemos con­ta­gia­do de su fal­ta total de res­pe­to por la vida.

Ya no es la vida el valor supre­mo. Ins­ti­tui­da ha que­da­do entre noso­tros la pena de muer­te. Acos­tum­bra­dos esta­mos a desa­yu­nar con masa­cres y deca­pi­ta­cio­nes masi­vas. A expli­car­nos con el mis­mo “se matan entre ellos” de Cal­de­rón los ase­si­na­tos de los que nos ente­ra­mos sin sen­tir ya asom­bro alguno ante el horror y la bar­ba­rie.

Hoy pode­mos dar­nos el lujo de olvi­dar que en esta esqui­na de nues­tra patria heri­da 25 niñas y 24 niños, víc­ti­mas de la corrup­ción, la negli­gen­cia del Esta­do, espe­ran toda­vía, a tres años de su muer­te, que se les haga jus­ti­cia.

Nos dice Manuel Alfre­do Rodrí­guez Ama­ya, padre de Xiu­nelth Emma­nuel, que con sus ojos gran­des es uno de los 49 niños que nos miran, que él no ha que­ri­do entrar a la sala don­de murió su hijo. Lo hará el día en que esta esqui­na, esta cua­dra sea un memo­rial y se haga jus­ti­cia.

Él se lo debe a su hijo Xinuelth. Noso­tros se lo debe­mos a Manuel. Mien­tras él no pue­da cum­plir su due­lo, res­pon­der a su hijo, ren­dir­le home­na­je ahí don­de murió será esta, nues­tra patria, un lugar inhós­pi­to y oscu­ro para todos.

Se lo debe­mos tam­bién a Paty Duar­te y José Fran­cis­co Gar­cía, padres de Andrés, y a Este­la y Julio Már­quez, padres de Yeyé, y a María Jesús Coro­na­do, madre de Pau­let­te, y a Abraham y a Moi­sés y a todas esas madres y padres que no se rin­den, que no olvi­dan.

Más nos vale tomar con­cien­cia —por­que, como dice Veró­ni­ca, el que no cui­da a sus niños nada mere­ce— que no solo la vida de los padres de esos 49 niñas y
niños se vino aba­jo en esta esqui­na de nues­tra patria heri­da. Tam­bién noso­tros nos des­plo­ma­mos ese 5 de junio. Tam­bién noso­tros. www.twitter.com/epigmenioibarra

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