J. Álvarez Icaza

Ape­nas el jue­ves 18 de noviem­bre, en su casa, nos había­mos salu­da­do. En un rato de luci­dez (pade­cía alz­hei­mer), des­de el pasi­llo que da a la sala de su casa y en su silla de rue­das, excla­mó: “¡José Luís!”. Luz­ma, su espo­sa, vol­tean­do a mirar­me asom­bra­da, susu­rró: “Te reco­no­ció. Eso es raro en él. A mi me da pena que ven­gan sus amis­ta­des y no los reco­noz­ca”. Lue­go don Pepe me pre­gun­tó: “¿Y tu her­mano (Miguel Ángel), cómo está tu mamá, y Glo­ria (Sán­chez), cómo está?”. Lue­go de un rato nos des­pe­di­mos. ¡Por últi­ma vez!

Y ocho días des­pués, el vier­nes 26, mien­tras trans­cu­rría la misa que se le ofre­cía, yo recor­da­ba — flan­quea­do a mi izquier­da por el Dr. Jor­ge Car­pi­zo, ex rec­tor de la UNAM, ex Pre­si­den­te de la CNDH y ex Secre­ta­rio de Gober­na­ción y, a mi dere­cha por don Elio Villa­se­ñor Gómez, decano de la lla­ma­da Socie­dad Civil, fun­da­dor de Equi­po Pue­blo y actual Direc­tor de “Ini­cia­ti­va Ciu­da­da­na para la Pro­mo­ción de la Cul­tu­ra del Diá­lo­go”, AC, — recor­da­ba, decía, nues­tras múl­ti­ples aven­tu­ras jun­tos.

¿Me per­mi­ten “fusi­lar­me” a mi mis­mo, esti­ma­dos cua­tro o cin­co lec­to­res (as), par­te de un tex­to de un libro que estoy revi­san­do y actua­li­zan­do para su pró­xi­ma reedi­ción? Va:

Ahí mis­mo en CEN­COS, pero “en 1984, lue­go de ter­mi­nar, con doña Rosa­rio Iba­rra, la ela­bo­ra­ción de un des­ple­ga­do sobre la orga­ni­za­ción de un Paro Cívi­co Nacio­nal en el que par­ti­ci­pa­rían prác­ti­ca­men­te todos los gru­pos de izquier­da de enton­ces, sali­mos corrien­do don Pepe y un ser­vi­dor, rum­bo a las ofi­ci­nas del Comi­té Nacio­nal del PMT, del que ambos for­má­ba­mos par­te, él como Secre­ta­rio de Orga­ni­za­ción y yo como Secre­ta­rio de Rela­cio­nes Exte­rio­res.

El tex­to había que pre­sen­tar­lo a la sesión lo antes posi­ble. No solo se reque­ría el vis­to bueno del Comi­té, sino que está­ba­mos pre­pa­ran­do la docu­men­ta­ción para soli­ci­tar for­mal­men­te el regis­tro elec­to­ral del Par­ti­do.

¡Vámo­nos!” dijo don Pepe a su hijo Pablo, quien la hacia de nues­tro cho­fer en esa oca­sión. Subimos a su vochi­to gris metá­li­co y Pablo metió a fon­do el ace­le­ra­dor. Se nos hacia tar­de. En la ave­ni­da Refor­ma nos dimos cuen­ta que nos seguían. Des­de un vehícu­lo, sus ocu­pan­tes nos hacían señas impe­ra­ti­vas, como para que nos detu­vié­ra­mos. Des­de una moto­ci­cle­ta sus dos tri­pu­lan­tes, inten­ta­ban cerrar­nos el paso. “¡Ace­le­ra, no te deten­gas!”, dijo Álva­rez Ica­za a su hijo. Y Pablo no se detu­vo sino has­ta lle­gar al núme­ro 20 de la calle de Buca­re­li, que es en don­de esta­ban las ofi­ci­nas del Par­ti­do. Has­ta ahí nos siguie­ron nues­tros per­se­gui­do­res.

Don Pepe me pidió el docu­men­to. “¡Córre­le!”, me gri­tó. Baja­mos del vehícu­lo y subimos corrien­do las esca­li­na­tas del edi­fi­cio pues, para col­mo, ese día no ser­vía el ele­va­dor. Quién sabe por qué pero antes de per­der de vis­ta la entra­da del edi­fi­cio, vol­teé y noté que al mis­mo tiem­po que Pablo arran­có, para esta­cio­nar­se mas ade­lan­te, nues­tros per­se­gui­do­res fue­ron tras él. Regre­sé a la entra­da a cer­cio­rar­me del des­tino del hijo de don Pepe. Ví que aque­llos lo esta­ban abor­dan­do con brus­cos ade­ma­nes.

Corrí hacia las esca­li­na­tas. Subí los seis pisos que se reque­rían, para arri­bar a las ofi­ci­nas. Inte­rrum­pí al Comi­té que ya sesio­na­ba con don Pepe, infor­man­do lo que había vis­to, sobre el ries­go que, a mi pare­cer, Pablo corría. “No te preo­cu­pes Joe Luis, él sabe qué hacer”, dijo don Pepe. Cuan­do inten­ta­ron pro­se­guir la sesión, se escu­cha­ron gri­tos des­pa­vo­ri­dos que pro­ve­nían de las esca­li­na­tas del edi­fi­cio. “¡Es Pablo, es Pablo!”, les dije.

Heber­to Cas­ti­llo y don Pepe salie­ron corrien­do del cubícu­lo que ocu­pá­ba­mos. Los demás les segui­mos. Pese a ser los mas “vie­ji­tos”, ellos baja­ban mas rápi­do las esca­li­na­tas que el res­to. En la plan­ta baja del edi­fi­cio, alcan­za­mos a ver la esce­na: cua­tro indi­vi­duos, car­ga­ban a Pablo, uno de cada extre­mi­dad, mien­tras aquel seguía gri­tan­do, impo­ten­te, como des­afo­ra­do.

Cuan­do lle­ga­ron a la calle, los alcan­za­mos. Ahí cono­cí la otra cara de don Pepe. Como que su cuer­po cre­ció. Su ros­tro se puso rojo de ira. Empe­zó a mano­tear hacia
aque­llos indi­vi­duos. Y les empe­zó a gri­tar todo tipo de pala­bras, inclui­dos insul­tos. Les recla­ma­ba el por qué de ese tra­to a su hijo. Los empu­ja­ba, casi los gol­pea­ba. Apa­re­cie­ron otros. Pare­cía que iban a agre­dir a Álva­rez Ica­za cuan­do se inter­pu­so Heber­to. Y cono­cí tam­bién la otra cara del inge­nie­ro Cas­ti­llo. “¡A ver gol­peén­me a mi, gol­péen­me, soy Heber­to Cas­ti­llo!”, les gri­tó.

Se empe­zó a jun­tar mucha gen­te. En su mayo­ría eran vocea­do­res de los perió­di­cos Excel­sior y El Uni­ver­sal, y se pusie­ron de nues­tro lado.

Una mujer alta, rubia, muy gua­pa, se acer­có e hizo señas a los agre­so­res. Al pare­cer eran agen­tes y ella era su jefa. Se ale­ja­ron. Los vocea­do­res les chi­fla­ron y gri­ta­ron men­ta­das.

Noso­tros opta­mos por irnos en mar­cha por la ave­ni­da Buca­re­li, hacia la Secre­ta­ría de Gober­na­ción. El con­tin­gen­te era lar­go, pues los vocea­do­res nos acom­pa­ña­ban. Al lle­gar nos aten­dió el Sub­se­cre­ta­rio y Coro­nel, Jor­ge Carri­llo Olea. Al salir, lue­go de que tal fun­cio­na­rio nos pro­me­tie­ra garan­tías, en los patios de la Secre­ta­ría esta­ban los agre­so­res, ¡ahí tra­ba­ja­ban!” y…el res­to es otra his­to­ria.

De este tipo de “aven­tu­ras”, y de cuan­do reco­rría­mos el país orga­ni­zan­do el Par­ti­do, hos­pe­dán­do­nos siem­pre en casas parro­quia­les mer­ced, a sus bue­na rela­cio­nes con inte­gran­tes de la Igle­sia Cató­li­ca (es curio­so: al acom­pa­ñar a Deme­trio Valle­jo, nos que­dá­ba­mos a dor­mir en esta­cio­nes de ferro­ca­rril. Al acom­pa­ñar a Heber­to Cas­ti­llo, nos hos­pe­dá­ba­mos en casas de com­pa­ñe­ros del Par­ti­do), vivi­das con don Pepe, me esta­ba acor­dan­do, aho­ra que acu­día a des­pe­dir­lo, en su velo­rio, en el jar­dín del CEN­COS y ahí esta­ba Pablo, acom­pa­ñan­do a su seño­ra madre, Luz­ma, y a sus ocho car­na­las y cin­co car­na­les, a des­pe­dir a su papá, don Pepe Álva­rez Ica­za.

Pues sí, tra­té a uno (bueno, a varios) de los gran­des per­so­na­jes de este país, es el caso de José Álva­rez Ica­za Mane­ro. ¿Recuer­dan uste­des una pro­cla­ma que, en una cal­co­ma­nía, se pegó en las puer­tas de las casas habi­ta­ción de gran par­te del país, allá por los años 60´s, que decía “¡Cris­tia­nis­mo sí, Comu­nis­mo No!”? La inven­tó don Pepe. Lue­go cam­bió de cami­se­ta y se pasó del lado de “los bue­nos”. “Aun­que los bue­nos, los izquier­dis­tas, son muy inefi­cien­tes mano”, solía comen­tar.

¡Ah! y de los even­tos a los que les invi­té, esti­ma­dos cua­tro o cin­co lec­to­res (as)  salie­ron muy bien. Al Encuen­tro de Orga­ni­za­cio­nes Alter­na­ti­vas, cele­bra­do el 29 de noviem­bre en el Club de Perio­dis­tas, acu­die­ron mas de cien diri­gen­tes de dece­nas de gru­pos; y el Reti­ro de Tai Chi para la Salud, lle­va­do al cabo del 26 al 29 de noviem­bre, estu­vo de lujo, por el nivel del Mas­ter Peng You Lian, que es de pri­me­ra en el mun­do, y por los cono­ci­mien­tos ahí ver­ti­dos.

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