Javier Sicilia habla en Los Ángeles

Des­de enton­ces, para pro­te­ger a los 23 millo­nes de con­su­mi­do­res de dro­gas que hay en Esta­dos Uni­dos, ini­cia­ron esa gue­rra que ha des­trui­do a Colom­bia y que aho­ra está des­tru­yen­do a Méxi­co, a Cen­tro Amé­ri­ca y ame­na­za con des­truir tam­bién, a mediano pla­zo, a los Esta­dos Uni­dos. Es la ins­ta­la­ción de la bar­ba­rie sobre la civi­li­za­ción, de la vio­len­cia sobre la paz, y el triun­fo del auto­ri­ta­ris­mo sobre la demo­cra­cia. El fra­ca­so de esta gue­rra es atroz: los 23 millo­nes de con­su­mi­do­res esta­dou­ni­den­ses de dro­ga lejos de dis­mi­nuir aumen­tan; en los últi­mos 5 años, Méxi­co ha acu­mu­la­do casi 70 mil muer­tos, más de 20 mil des­apa­re­ci­dos, más de 250 mil des­pla­za­dos, cien­tos de miles de viu­das y de huér­fa­nos, y las cifras van en aumen­to. Las arme­rías esta­dou­ni­den­ses arman median­te un comer­cio ile­gal al cri­men orga­ni­za­do y el Plan Méri­da legal­men­te a las fuer­zas arma­das mexi­ca­nas fomen­tan­do la gue­rra. Las cár­ce­les nor­te­ame­ri­ca­nas tie­nen millo­nes de seres huma­nos encar­ce­la­dos por con­su­mir dro­ga. Los migran­tes son cri­mi­na­li­za­dos de este lado de la fron­te­ra y extor­sio­na­dos o des­apa­re­ci­dos del otro lado, y la ten­ta­ción de la mili­ta­ri­za­ción, de los regí­me­nes poli­cia­cos, sur­ge en ambos lados, ponien­do en una pro­fun­da cri­sis la demo­cra­cia y la gran­de­za de las socie­da­des abier­tas.

Aún no ha oscu­re­ci­do” dice la can­ción de Dylan, pero esta reali­dad anun­cia que pron­to cae­rá la noche, oscu­ra, atroz y más pro­fun­da que las som­bras que la anun­cian. Pero aún no, no toda­vía, aún no, a pesar, como lo diji­mos hace más de un año en el zóca­lo de la Ciu­dad de Méxi­co, de la incon­men­su­ra­ble nece­si­dad, a pesar de todos los sufri­mien­tos, a pesar de este dolor sin nom­bre, a pesar de la ausen­cia de paz en cre­cien­te pro­gre­so, a pesar de la con­fu­sión que aumen­ta, aún no.

La posi­bi­li­dad de que esa noche no lle­gue y se ins­ta­le para siem­pre depen­de de uste­des y de noso­tros, de los ciu­da­da­nos no sólo de Méxi­co y de Esta­dos Uni­dos, sino tam­bién de Cen­troa­mé­ri­ca y de Amé­ri­ca Lati­na.

Si uste­des, pue­blo de Esta­dos Uni­dos, no asu­men los equí­vo­cos de sus gobier­nos —como noso­tros esta­mos asu­mien­do los del nues­tro—, y les eix­gen que cam­bien su polí­ti­ca de gue­rra con­tra las dro­gas, que gene­ren un con­trol férreo de las armas que pasan ile­gal­men­te a Méxi­co, que ata­quen drás­ti­ca­men­te el lava­do de dine­ro y hagan no sólo una polí­ti­ca inclu­yen­te y huma­na con los migran­tes, sino una polí­ti­ca de recons­ti­tu­ción del teji­do social tan­to en Méxi­co como en Cen­troa­mé­ri­ca y en las zonas esta­dou­ni­den­ses des­tro­za­das por la mise­ria, la noche lle­ga­rá y será abso­lu­ta como lo fue en los paí­ses don­de se ins­ta­ló el cri­men, el auto­ri­ta­ris­mo y la mili­ta­ri­za­ción. Sólo noso­tros jun­tos pode­mos sal­var la demo­cra­cia ame­na­za­da por esta gue­rra.

El dolor de Méxi­co, de Cen­troa­mé­ri­ca, de Colom­bia, de Bra­sil, no es, como muchos de uste­des creen y algu­nos medios de comu­ni­ca­ción quie­ren ins­ta­lar en sus men­tes, un asun­to de los mexi­ca­nos, de los cen­troa­me­ri­ca­nos, de los colom­bia­nos, de los bra­si­le­ños. Es un asun­to com­par­ti­do que se ori­gi­na aquí con una gue­rra per­di­da des­de el prin­ci­pio por absur­da y que ha cos­ta­do ya dema­sia­do dolor.

Por ello, des­de aquí, des­de Los Ánge­les, des­de el esta­do de Cali­for­nia, uno de los ros­tros más bellos de la demo­cra­cia, les pre­gun­ta­mos a los ciu­da­da­nos de todo Esta­dos Uni­dos, con las mis­mas pala­bras que hace muchos años, duran­te la atroz gue­rra de Viet­nam, les diri­gió el pro­pio Bob Dylan: “¿Cuán­tas ore­jas debe de tener un hombre/ antes de que pue­da oír gri­tar a la gente?/ ¿Cuán­tas muer­tes serán necesarias/ has­ta que comprendan/ que ya ha muer­to dema­sia­da gen­te” (How many ears must one man have/ Befo­re he can hear peo­ple cry?/ How many deaths will it take/ till he knows/ That too many peo­ple have died?)”

No espe­ren a que ese dolor los alcan­ce en sus vidas per­so­na­les para escu­char el gri­to que noso­tros no hemos deja­do de pro­fe­rir; no espe­ren a que la muer­te, que esta gue­rra ha desata­do, lle­gue a sus vidas, como lle­gó a las nues­tras, para saber que la muer­te exis­te y que hay que dete­ner­la.
Este es el momen­to de cam­biar jun­tos esta polí­ti­ca de gue­rra y sal­var la paz, la vida y la demo­cra­cia.

Con­clu­yo para­fra­sean­do unos ver­sos de Ber­tol Brecht, que en reali­dad, dicen, son del pas­tor lute­rano Mar­tin Nie­mö­ller, unos ver­sos que ape­lan a su con­cien­cia y a su cora­zón: “Un día humi­lla­ron a los colombianos/ y no dije nada/ por­que yo no era un colombiano./ Lue­go des­tro­za­ron a los mexicanos/ y no dije nada/ por­que yo no era un mexicano./ Un día vinie­ron por los afroamericanos/ y no dije nada/ por­que yo no era un afroamericano./ Lue­go se metie­ron con los migrantes/ y no dije nada/ por­que yo no era un migrante./ Y cuan­do un día vinie­ron por mí/ ya no que­da­ba nadie para pro­tes­tar”, ni para dete­ner la gue­rra ni la muer­te, ni para sal­var la demo­cra­cia.

Los Ánge­les, Cali­for­nia, 13 de agos­to de 2012

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