Plegaria de los huérfanos

Pre­fe­ri­mos, a tener dos padres amo­ro­sos o dos madres amo­ro­sas, vivir como vini­mos a este mun­do: sin un solo padre, sin una sola madre. Pre­fe­ri­mos, a tener el amor toda la vida de dos hom­bres o dos muje­res de bue­nas inten­cio­nes y bue­na alma, no tener el amor de nadie des­de siem­pre y para siem­pre.

Pre­fe­ri­mos el desamor de la orfan­dad.

Déja­nos, Señor, la liber­tad de vivir como huér­fa­nos en un orfa­na­to­rio. De ves­tir como huér­fa­nos, el uni­for­me del orfa­na­to­rio. De comer, como huér­fa­nos, la mise­ra­ble comi­da del orfa­na­to­rio. De dor­mir, como huér­fa­nos, en los mul­ti­tu­di­na­rios dor­mi­to­rios de los orfa­na­to­rios. Déja­nos, Señor, que cuan­do lle­gue­mos a los albo­res de nues­tra ado­les­cen­cia nos echen a la calle, como a todos los huér­fa­nos, del orfa­na­to­rio.

Es nues­tro pri­vi­le­gio.

Así hon­ra­mos tu Divi­na Volun­tad.

Déja­nos, Señor, que­dar­nos sin estu­dios, cre­cer sin moral y sin reli­gión, sin nadie a quien apren­da­mos a amar, sin nadie que nos ense­ñe a amar­te.

Déja­nos ser niños de la calle, hom­bres de la calle, muje­res de la calle.

Déja­nos dis­fra­zar­nos de paya­sos y mala­ba­ris­tas para mal­ga­nar­nos la vida en las esqui­nas.

Déja­nos ser fra­ne­le­ros toda la vida. Déja­nos ser men­di­gos.

Es nues­tro pri­vi­le­gio.

Déja­nos dedi­car­nos a lim­piar los para­bri­sas de los auto­mó­vi­les.

Déja­nos ser pre­sa fácil del cri­men y de la dro­ga, del alcohol.

Déja­nos ser cri­mi­na­les. Déja­nos ser ladro­nes y nar­cos.

Déja­nos caer muer­tos a los vein­te años de una sobre­do­sis.

Déja­nos morir de ham­bre en un calle­jón, déja­nos ser ase­si­na­dos en la flor de nues­tra juven­tud.

Déja­nos vivir par­te de nues­tra orfan­dad en las cár­ce­les.

Es nues­tro pri­vi­le­gio.

Danos la opor­tu­ni­dad, como se la dis­te a nues­tros padres bio­ló­gi­cos, de fun­dar hoga­res que poda­mos des­truir para poder tener hijos que, con su orfan­dad, sean el espe­jo de la orfan­dad de sus padres y de sus madres, de su cruel­dad, de su irres­pon­sa­bi­li­dad, de su des­ape­go.

Déja­nos, Señor, pros­ti­tuir­nos a los doce, a los tre­ce, a los cator­ce años.

Déja­nos, Señor, ser las puti­tas y los puti­tos de los pro­xe­ne­tas.

Déja­nos, Señor, ser pas­to de los pede­ras­tas en las escue­las, en tus tem­plos.

Pero no nos des por guía a dos muje­res, o a dos hom­bres, aun­que todos sean, como noso­tros, tus hijos, y todos, como noso­tros, seres huma­nos. Por mucho amor que nos pro­me­tan. Por mucho amor que nos ten­gan. Y así nos col­men con ale­grías y com­pren­sión. Así nos dig­ni­fi­quen como pobres cria­tu­ras de Dios y por mucho amor que ten­gan a ti mis­mo. No mere­cen nues­tro amor recí­pro­co por­que no mere­cen, siquie­ra, el tuyo.

Pre­fe­ri­mos el desamor de la ausen­cia. Pre­fe­ri­mos el desamor del olvi­do.

Pero si es tu Divi­na Volun­tad, Señor, dar­nos un hogar y arran­car­nos así el pri­vi­le­gio de no haber­lo teni­do, Señor, haz que las bue­nas fami­lias cris­tia­nas de Méxi­co que ya tie­nen hijos, nos adop­ten; haz que todas las pare­jas sin hijos de Méxi­co, nos adop­ten. A todos, Señor. Cual­quie­ra sea el color de nues­tra piel. Así sea­mos blan­cos o indios, negros. Así este­mos cie­gos, o cojos, o mudos. Tú, si te lo pro­po­nes, Señor, pue­des hacer­lo.

Diles a esas bue­nas fami­lias cris­tia­nas que así ali­via­rán sus con­cien­cias: evi­tán­do­nos ser adop­ta­dos por pare­jas del mis­mo sexo.

No nos des dos padres o dos madres, Señor. Tú nos dis­te el frío de la ciu­dad y el silen­cio de la noche: los pre­fe­ri­mos al calor de sus hoga­res y a la dul­zu­ra de sus pala­bras.

Y si nada de esto pue­des hacer por­que no lo quie­res hacer, por­que tu Divi­na y mis­te­rio­sa e ines­cru­ta­ble Divi­na Volun­tad se impo­ne a tu Divi­na Omni­po­ten­cia, Señor, déja­nos tran­qui­los.

Déja­nos, así como naci­mos parias, ser parias toda la vida para sal­va­guar­dar tu Volun­tad. Déja­nos cre­cer des­pro­te­gi­dos en el desamor de la intem­pe­rie, en la peri­fe­ria de la socie­dad, en el vacío del recha­zo y el des­dén.

Déja­nos Tú, tú, el Señor sin cuya volun­tad no se mue­ve la hoja de un árbol,
déja­nos, Señor, que como hojas nos arras­tre el vien­to de la sole­dad y la dere­lic­ción.

Es nues­tro pri­vi­le­gio: somos los pri­vi­le­gia­dos de la Tie­rra por­que sabe­mos que, gra­cias a tu infi­ni­ta Mise­ri­cor­dia, le has pro­me­ti­do, a aque­llos que en esta vida habi­tan un infierno, que en la otra vida serán ciu­da­da­nos del Reino de los Cie­los.

Gra­cias, Señor.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *