Solidaridad con Carmen Aristegui

Feli­pe Cal­de­rón, en cam­bio, no sopor­tó que la perio­dis­ta Car­men Aris­te­gui pre­gun­ta­ra al aire, en su noti­cia­rio radio­fó­ni­co, si tenía o no un pro­ble­ma de alcoho­lis­mo. Mucho se ha dicho al res­pec­to. Mucho se ha escri­to tam­bién. El pri­me­ro que se refi­rió a los exce­sos etí­li­cos de Cal­de­rón fue su pro­pio men­tor polí­ti­co: el falle­ci­do Car­los Cas­ti­llo Pera­za. Sin embar­go, me pare­ce que el tema fun­da­men­tal no es que el panis­ta sea o no un borra­cho. Wins­ton Chur­chill lo era, y sin embar­go, le ganó la gue­rra al abs­te­mio Hitler.

El pro­ble­ma de fon­do es su auto­ri­ta­ris­mo e into­le­ran­cia. Y esos dos ele­men­tos de su per­so­na­li­dad y de su pra­xis polí­ti­ca pro­pi­cian un seve­ro daño a la salud de la Repú­bli­ca.

El des­pi­do de Aris­te­gui de su espa­cio noti­cio­so es una pér­di­da para todos, aun­que Cal­de­rón y los panis­tas aún no lo entien­dan. Per­de­mos, en pri­mer lugar, sus radio­es­cu­chas, que ya no ten­dre­mos ese espa­cio plu­ral y crí­ti­co que tan­ta fal­ta hace en los medios elec­tró­ni­cos. En tiem­pos de cana­llas como el actual, ese espa­cio bri­lla­ba como nin­gún otro. Tam­bién pier­de la empre­sa que cedió a las pre­sio­nes de Los Pinos. Y des­de lue­go pier­de Cal­de­rón, que bien habría hecho en leer a Eins­tein antes de exi­gir el des­pi­do y cen­su­ra de la perio­dis­ta. Dijo el famo­so cien­tí­fi­co: “Sólo hay dos cosas infi­ni­tas: el uni­ver­so y la estu­pi­dez huma­na. Y no estoy tan segu­ro de la pri­me­ra”.

El pro­ble­ma de fon­do de Cal­de­rón es que usur­pó el poder y es ile­gí­ti­mo de ori­gen. Y así no se pue­de gober­nar. Por eso es que, ten­ga pro­ble­mas o no con la bebi­da, va per­dien­do todas sus gue­rras: la del nar­co, la del empleo, la del cre­ci­mien­to eco­nó­mi­co, la de la corrup­ción. Des­de lue­go, no tie­ne las manos lim­pias, sino total­men­te ensan­gren­ta­das. Des­de lue­go, los mexi­ca­nos esta­mos lejos de vivir mejor, como dice su pro­pa­gan­da goeb­be­lia­na. Cal­de­rón con­du­ce a nues­tro país al fra­ca­so.

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