Carta a un presidente

“Noso­tros sabe­mos que el hom­bre blan­co no entien­de nues­tras cos­tum­bres. Para él, dos por­cio­nes de tie­rra es lo mis­mo, por­que es un extra­ño que vie­ne en la noche y toma de la tie­rra lo que necesita.

“La tie­rra no es su her­ma­na; es su enemi­ga y, cuan­do la con­quis­ta, sigue ade­lan­te. Él deja las tum­bas de sus padres atrás, secues­tra la tie­rra de sus hijos y no le impor­ta. Su ape­ti­to devo­ra­rá la tie­rra y solo deja­ra un desierto.

“La vis­ta de sus ciu­da­des due­le en nues­tros ojos. Tal vez somos igno­ran­tes, como dicen. No hay nin­gún lugar para escu­char las hojas en la pri­ma­ve­ra o el susu­rro de las alas de los insec­tos. El rui­do solo pare­ce insul­tar los oídos.

“¿Y qué que­da de la vida si el hom­bre no pue­de escu­char el her­mo­so gri­to del pája­ro noc­turno o los argu­men­tos de las ranas alre­de­dor de un lago, en la coche?

“El aire es valio­so para noso­tros, por­que sabe­mos que todos lo seres com­par­ten la mis­ma res­pi­ra­ción: bes­tias, árbo­les, hom­bres. El hom­bre blan­co pare­ce no notar el aire que respira.

“Como un hom­bre murien­do por muchos días, él es indi­fe­ren­te ante la hedion­dez. Si deci­do acep­tar, pon­dré una con­di­ción: el hom­bre blan­co debe­rá tra­tar a las bes­tias de esta tie­rra como her­ma­nos. Soy igno­ran­te y no entien­do nin­gún otro camino.

“He vis­to miles de búfa­los pudrién­do­se en las pra­de­ras, aban­do­na­dos por el hom­bre blan­co que pasa­ba en su tren y los mata­ba. ¿Qué es del hom­bre sin las bestias?

“Si todas ellas des­apa­re­cie­ran, el hom­bre mori­ría de una gran sole­dad de espí­ri­tu, por­que cual­quier cosa que les pase a las bes­tias, tam­bién le pasa al hom­bre. Todas las cosas están rela­cio­na­das. Todo lo que hie­ra a la tie­rra, tam­bién heri­rá a los hijos de la tierra.

“Nues­tros gue­rre­ros han sen­ti­do la ver­güen­za y des­pués de la derro­ta con­vier­ten sus días en tris­te­za y enve­ne­nan sus cuer­pos con comi­das y bebi­das fuer­tes. Nues­tros hijos han vis­to a sus padres humi­lla­dos en la derro­ta. De poca impor­tan­cia será el lugar don­de pase­mos nues­tros días. No que­dan muchos.

“Pero una cosa sabe­mos: que el hom­bre blan­co pue­de des­cu­brir algún día que nues­tro Dios es el mis­mo. Y su com­pa­sión es igual para todos. Esta tie­rra es pre­cio­sa para él y hacer­le daño es demos­trar des­pre­cio para su creador.

“Los blan­cos tam­bién pasarán…tal vez más rápi­do que otras tribus…continuarán con­ta­mi­nan­do su pro­pia casa y algu­nas noches ter­mi­na­rán asfi­xián­do­se en su pro­pio desperdicio.

“Cuan­do los búfa­los son todos masa­cra­dos, los caba­llos sal­va­jes todos aman­sa­dos y los rin­co­nes secre­tos de los bos­ques lle­nos de los olo­res del hom­bre y las vis­tas de las mon­ta­ñas reple­tas de cables. ¿Dón­de esta­rá el mato­rral des­apa­re­ci­do, el águi­la des­apa­re­ci­da, y qué es decir adiós a las golon­dri­nas y a la caza?. El fin de la vida. Y el comien­zo de la extinción.

“Noso­tros tal vez enten­de­ría­mos si supié­ra­mos qué es lo que el hom­bre blan­co sue­ña. ¿Qué espe­ran­zas des­cri­be él a sus hijos en las lar­gas noches de invierno, qué visio­nes le que­man la men­te que pue­dan desear para el mañana?

“Pero noso­tros somos sal­va­jes. Los sue­ños del hom­bre blan­co están ocul­tos para noso­tros, por­que no los entendemos…nosotros ire­mos por nues­tro camino.

“Si noso­tros acep­ta­mos ven­der nues­tra tie­rra, será para ase­gu­ra la reser­va­ción que nos han pro­me­ti­do. Allí tal vez poda­mos vivir los pocos días que nos que­dan, como lo desea­mos. Cuan­do el últi­mo de noso­tros haya des­apa­re­ci­do de la tie­rra y su memo­ria sea sola­men­te la som­bra de una nube cru­zan­do la pra­de­ra, estas cos­tas y estas pra­de­ras, aún con­ten­drán los espí­ri­tus de mi gen­te, por­que ellos aman esta tie­rra como ama el recién naci­do el lati­do del cora­zón de su madre.

“Si noso­tros les ven­de­mos nues­tra tie­rra, ámen­la y cuí­den­la como noso­tros la hemos cui­da­do. Recuer­den a la tie­rra como está aho­ra y con todas sus fuer­zas y pode­río, y con todos sus cora­zo­nes, con­sér­ven­la para sus hijos y ámen­la como Dios ama a
todos.

“Una cosa sabe­mos noso­tros, nues­tro Dios es el mis­mo. Esta tie­rra es pre­cio­sa para él y ni el hom­bre blan­co pue­de que­dar exclui­do de un des­tino común”.

Esta es una car­ta que, en 1855, Seathl, Jefe piel roja, envió al enton­ces Pre­si­den­te de los Esta­dos Uni­dos, cuan­do éste pre­ten­dió com­prar­les su tie­rra. A pro­pó­si­to del Día Mun­dial de Medio Ambien­te (el 5 de junio).

Y nos vemos (si pue­den) el mar­tes 9, con la Maes­tra Rosa Albi­na Gara­vi­to. Tema: “¿Votar, Anu­la, No votar?”

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