Dinero, violencia y crisis

Para ellos, la bús­que­da que hace la teo­ría eco­nó­mi­ca domi­nan­te por gene­rar un aná­li­sis eco­nó­mi­co puro, fue cons­tru­yen­do uni­ver­sos cuan­ti­ta­ti­vos impe­ca­bles, en los que el fenó­meno de la mone­da reque­ría ser expul­sa­do de ini­cio, fil­tra­do de ori­gen, para evi­tar res­tar­le con­sis­ten­cia y ele­gan­cia al plan­tea­mien­to lógi­co del equi­li­brio gene­ral. La demos­tra­ción mate­má­ti­ca de la exis­ten­cia de este últi­mo no le res­tó difi­cul­tad a la intro­duc­ción de la mone­da en el esque­ma de la com­pe­ten­cia per­fec­ta. El resul­ta­do fue que nun­ca se tuvo una teo­ría cua­li­ta­ti­va del dine­ro, la úni­ca mane­ra de que este intru­so logra­se pene­trar la bur­bu­ja per­fec­ta­men­te esfé­ri­ca del equi­li­brio gene­ral, era some­tién­do­lo al razo­na­mien­to que le es carac­te­rís­ti­co y con­sus­tan­cial; la hege­mo­nía de la pura cuan­ti­ta­ti­vi­dad sólo pudo cua­jar en una teo­ría sobre la can­ti­dad del dine­ro, la teo­ría cuantitativa. 

Teó­ri­cos,  ins­ti­tu­cio­nes y auto­ri­da­des encar­ga­das de regu­lar los flu­jos mone­ta­rios y cre­di­ti­cios, han esta­do y están fuer­te­men­te influi­dos por la noción neo­clá­si­ca de la pre­sen­cia de una infi­ni­dad de agen­tes eco­nó­mi­cos que cuen­tan con infor­ma­ción simé­tri­ca y simul­tá­nea, en un mun­do en el que todos par­ti­ci­pan con la mis­ma pro­por­ción accio­na­ria y poseen las empre­sas exis­ten­tes por igual. Esta noción de la com­pe­ten­cia per­fec­ta ha pre­de­ter­mi­na­do los esfuer­zos de desa­rro­llo de una teo­ría mone­ta­ria de ins­pi­ra­ción orto­do­xa. En esta con­cep­ción, en la que no que­da cla­ra la fun­ción de reser­va de valor que tie­ne el dine­ro, la diná­mi­ca entre flu­jos y stocks mone­ta­rios es for­za­da para sos­te­ner en el aná­li­sis que en el lar­go pla­zo la mone­da es neu­tral y no tie­ne con­se­cuen­cias en la eco­no­mía real. Des­de allí, el ver­da­de­ro pro­ble­ma a resol­ver, tal vez el úni­co, es el de la correc­ta iden­ti­fi­ca­ción de las can­ti­da­des de los dis­tin­tos modos en los que el cir­cu­lan­te se pre­sen­ta y hace fun­cio­nar la eco­no­mía: la inte­gri­dad y esta­bi­li­dad del apa­ra­to eco­nó­mi­co se jue­ga en los así lla­ma­dos pro­ble­mas de liqui­dez de los cir­cui­tos mone­ta­rios y financieros.

La esta­bi­li­dad del meca­nis­mo endó­geno de la for­ma­ción de los pre­cios rela­ti­vos que esta­ría defi­nien­do el nivel de la deman­da mone­ta­ria, encon­tra­ría en el meca­nis­mo de fija­ción de la ofer­ta mone­ta­ria (el Ban­co Cen­tral), el ele­men­to exógeno de per­tur­ba­ción de la diná­mi­ca eco­nó­mi­ca. Para la orto­do­xia neo­clá­si­ca domi­nan­te, el dine­ro es el mero ins­tru­men­to de las tran­sac­cio­nes, un sim­ple medio de cir­cu­la­ción, un acei­te que agi­li­za los engra­nes de la maqui­na­ria cir­cu­la­to­ria pero vacia­do de toda valua­ción social, libre de aque­llas visio­nes que se empe­ñan en ver en él cua­li­da­des no téc­ni­cas. Si este lubri­can­te actúa opor­tu­na­men­te la diná­mi­ca eco­nó­mi­ca no ten­dría por­qué encon­trar­se con nin­gún tipo de atas­ca­mien­to. No es casual que en épo­ca de cri­sis el cla­mor vuel­to lugar común sea la peren­to­ria reac­ti­va­ción del crédito.

Pero la infla­ción y las polí­ti­cas mone­ta­rias no pue­den expli­car­se sólo con una con­cep­ción cuan­ti­ta­ti­va de la mone­da, se requie­re una teo­ría cua­li­ta­ti­va que vea en la mone­da el pri­mer lazo social, afir­man Agliet­ta y Orleán. Cuan­do úni­ca­men­te nos avo­ca­mos a encon­trar las mag­ni­tu­des nece­sa­rias para alcan­zar el equi­li­brio de la eco­no­mía pura, el pro­ble­ma de la cohe­sión social que­da resuel­to de una mane­ra dema­sia­do sen­ci­lla, su com­ple­ji­dad que­da esca­mo­tea­da por la pre­exis­ten­cia de un suje­to racio­nal, la socia­li­dad se cons­tru­ye auto­má­ti­ca­men­te como resul­ta­do de que todos los entes indi­vi­dua­les act&
uacute;an racio­nal­men­te tra­zan­do encuen­tros e inter­cam­bios simé­tri­cos defi­ni­dos pre­ci­sa­men­te por esa esen­cia racio­nal. La dimen­sión macro­eco­nó­mi­ca o macro­so­cial es enton­ces sim­ple­men­te la agre­ga­ción, el jue­go adi­ti­vo de estas volun­ta­des egoís­tas armo­ni­za­das por su simul­tá­nea bús­que­da del ópti­mo. El homo oeco­no­mi­cus está regi­do por leyes mate­má­ti­cas sim­ples y esta­bles expre­sa­das sis­te­má­ti­ca y for­mal­men­te en la maxi­mi­za­ción de fun­cio­nes-obje­ti­vo suje­tas a restricciones.

No exis­te pues, nece­si­dad de con­cep­tua­li­zar for­mas supe­rio­res de orga­ni­za­ción, la socie­dad se mue­ve en un tiem­po lógi­co, lineal y rever­si­ble. Tam­po­co se sien­te en el pen­sa­mien­to mar­gi­na­lis­ta, la obli­ga­ción de expli­car la nece­sa­ria supre­sión de la ten­sión social por la que cada indi­vi­duo tie­ne que pasar para inter­ac­tuar con el cuer­po social. Se tra­ta de una noción escen­cial­men­te está­ti­ca en la que no hay trans­for­ma­cio­nes impor­tan­tes que per­tur­ben la for­ma dura­de­ra de las estruc­tu­ras socia­les. Esta pers­pec­ti­va de la natu­ra­le­za eco­nó­mi­ca con­lle­va el para­dig­ma de la máqui­na, la que fun­cio­na con actos refle­jos, con movi­mien­tos regu­la­res, repe­ti­ti­vos y res­pon­dien­do siem­pre de la mis­ma mane­ra a los estí­mu­los automáticos.

No podía ser de otra for­ma. La meta­fí­si­ca del suje­to así cons­trui­da, se encuen­tra impo­si­bi­li­ta­da de per­ci­bir algún con­te­ni­do socio-his­tó­ri­co en la rela­ción entre el suje­to y el obje­to. La teo­ría neo­clá­si­ca ha copia­do el horror al vacío de la natu­ra­le­za físi­ca clá­si­ca, tra­du­cién­do­lo en el horror  que sien­te la natu­ra­le­za huma­na por la dife­ren­cia: la com­ple­ji­dad social es pen­sa­da des­de la uni­for­me bús­que­da inter­in­di­vi­dual del ópti­mo. La teo­ría eco­nó­mi­ca satis­fa­ce su pre­ten­sión de homo­ge­nei­dad en la sole­dad del ente gené­ri­co, abs­trac­to: el suje­to pro­duc­tor; el suje­to con­su­mi­dor. Esta homo­ge­nei­dad de los víncu­los inter­in­di­vi­dua­les que defi­ne lo social del suje­to racio­nal, encuen­tra las úni­cas dife­ren­cias en la topo­lo­gía de las áreas de gus­tos y pre­fe­ren­cias mar­ca­das por las cur­vas de indi­fe­ren­cia, es decir, de  nue­va cuen­ta, las dife­ren­cias son siem­pre sólo cuantitativas.

Esta visión, que ha reti­cu­la­do el espa­cio y el tiem­po del deve­nir social asu­me al Esta­do como el gran agen­te exte­rior a la maqui­na­ria del equi­li­bro, aquél pues, uti­li­za el cono­ci­mien­to para actuar sobre la colec­ti­vi­dad social. La Polí­ti­ca Eco­nó­mi­ca es la capa­ci­dad de inter­ven­ción del agen­te Esta­do, que tie­ne ino­cu­la­da la mis­ma racio­na­li­dad que el res­to de los acto­res, capa­ci­dad que sir­ve para inci­dir en la correc­ción de las ten­den­cias de las dife­ren­tes cur­vas aco­ta­das por los cor­tes espa­cio tem­po­ra­les de la reali­dad social. Así, la pre­emi­nen­cia de la Polí­ti­ca Eco­nó­mi­ca ha logra­do some­ter las pre­gun­tas y las bús­que­das más autén­ti­cas de la teo­ría: ha habi­do una pér­di­da de cientificidad.

El pen­sa­mien­to eco­nó­mi­co se vol­vió un dis­cur­so pura­men­te téc­ni­co mani­pu­la­ble a volun­tad; así, con­vir­tien­do la reali­dad social una malla car­te­sia­na, la teo­ría del equi­li­brio gene­ral, al impor­tar las estra­te­gias meca­ni­cis­tas for­ja­das en el para­dig­ma peri­mi­do de lo new­to­niano y en las posi­bi­li­da­des expe­ri­men­ta­les que des­de ahí se con­ci­ben para las cien­cias natu­ra­les, y en lo lineal y rever­si­ble de su tem­po­ra­li­dad, encuen­tra difí­cil enca­jar, pene­trar en la com­ple­ji­dad de las reali­da­des socia­les. Ha hecho de éstas últi­mas, ins­tan­cias en las que el tiem­po se vuel­ve mudo y con­ser­va­ti­vo, peren­ne, y el espa­cio homo­gé­neo e isó­tro­po, inca­paz de aprehen­der que la his­to­ria es géne­sis y pere­ci­mien­to cons­tan­te de for­mas de organización.

Agliet­ta y Orleán ahon­dan en
el gran pro­ble­ma que supo­ne pen­sar los inter­cam­bios más allá de la sime­tría dibu­ja­da por las tasas mar­gi­na­les de sus­ti­tu­ción, y se arman con los desa­rro­llos de Pri­go­gi­ne y Sten­gers para enfren­tar al pen­sa­mien­to eco­nó­mi­co orto­do­xo. Estruc­tu­ra, his­to­ria, bifur­ca­ción, irre­ver­si­bi­li­dad como fuen­te de orden, evo­lu­ción, trans­for­ma­cio­nes, son algu­nos de los con­cep­tos de aque­llos pen­sa­do­res uti­li­za­dos por los auto­res de la Vio­len­cia de la Mone­da, para rom­per con la even­tual vigen­cia expli­ca­ti­va del suje­to racio­nal e ir intro­du­cien­do gra­dual­men­te la hipó­te­sis de la vio­len­cia social. Avan­zan en la idea de que los lazos socia­les de repro­duc­ción son pro­ble­má­ti­cos y fun­da­men­tal­men­te ines­ta­bles. Pri­go­gi­ne y Sten­gers uti­li­zan los avan­ces de la ter­mo­di­ná­mi­ca quí­mi­ca como orga­ni­za­do­ra espon­tá­nea de estruc­tu­ras disi­pa­ti­vas, para cons­truir una visión alter­na­ti­va al meca­ni­cis­mo des­de las pro­pias cien­cias experimentales.

Pero Agliet­ta y Orleán, aun­que reco­no­cen la legi­ti­mi­dad cien­tí­fi­ca de la pers­pec­ti­va de la Crí­ti­ca de la Eco­no­mía Polí­ti­ca de Marx, meten a la tra­di­ción de la idea del valor fun­da­da en el tra­ba­jo en el mis­mo saco de cues­tio­na­mien­tos efec­tua­do a la teo­ría neo­clá­si­ca; quie­ren dis­tan­ciar­se de esa con­cep­ción, se sien­ten incó­mo­dos con una otra sus­tan­cia homo­gé­nea que des­de su ópti­ca, no per­ci­be la jerar­qui­za­ción de dis­tin­tos fenó­me­nos socia­les ins­cri­tos en la pre­sen­cia de la mone­da, jerar­qui­za­ción que supo­ne la acep­ta­ción de  con­ven­cio­nes y teji­dos que tie­nen detrás de sí una géne­sis histórica. 

Agliet­ta y Orleán cons­tru­yen una are­na en la que la teo­ría de la mone­da debe enfren­tar­se, dicen ellos, a la teo­ría del valor. Su pers­pec­ti­va se des­pren­de del con­ven­ci­mien­to de que las nece­si­da­des socia­les, esas que con­for­ma­rían la sus­tan­cia del valor, no tie­nen por­qué iden­ti­fi­car­se como ante­ce­den­tes del jue­go de los inter­cam­bios; para ellos es indis­pen­sa­ble sus­ti­tuir la idea de nece­si­dad por las nocio­nes de deseo y de mime­tis­mo apor­ta­das por René Girard: “desear el ser es imi­tar el deseo del otro”; “el otro es un mode­lo, mi mode­lo”; “desear ser el otro es ya un obs­tácu­lo, el otro es ya un rival”, “el obje­to adquie­re sig­ni­fi­ca­ción, lo deseo, por­que está desig­na­do por el rival”, “tener es una meto­ni­mia del ser, el deseo jamás se ago­ta, es una bús­que­da deses­pe­ra­da de ple­ni­tud siem­pre frus­tra­da”. Agliet­ta y Orleán reto­man la simi­li­tud que Girard ve entre el orden mer­can­til y el orden sacri­fi­cial que pue­de ser expli­ca­da por el carác­ter gene­ral de la vio­len­cia y des­de allí pre­ten­den avan­zar al con­cep­to de sobe­ra­nía, el aná­li­sis de las ins­ti­tu­cio­nes y los dis­tin­tos tipos de vio­len­cia que están detrás de las fun­cio­nes de la mone­da; ésta no es más que el resul­ta­do de un pro­ce­so social engen­dra­do por una muta­ción de la vio­len­cia: el orden mone­ta­rio pue­de ser mor­tal, eso es lo que han evi­den­cia­do las cri­sis finan­cie­ras y las hiperinflaciones.

Para ellos, igual que como suce­de con la teo­ría eco­nó­mi­ca, Marx tam­po­co rom­pe con las ambi­güe­da­des ni cala hon­do en la natu­ra­le­za de la mone­da; fuer­za la pre­exis­ten­cia de la sus­tan­cia del valor para expli­car el dine­ro. Marx no ve que la mone­da es un sis­te­ma estruc­tu­ra­do como len­gua­je y es inca­paz de per­ca­tar­se de que hay movi­li­dad, des­ga­rra­mien­tos y con­tra­dic­cio­nes en su fun­cio­na­mien­to. No acier­ta a ver que las reglas del sis­te­ma mone­ta­rio y sus efec­tos en las res­tric­cio­nes socia­les debe­rían ser el prin­ci­pal obje­to del aná­li­sis teó­ri­co. Lo que estruc­tu­ra y da reali­dad a las socie­da­des es su inten­to de con­tro­lar la vio­len­cia que le
sub­ya­ce a los lazos socia­les de repro­duc­ción. En el caso de las rela­cio­nes mer­can­ti­les, la mone­da bus­ca poner orden a una locu­ra comu­ni­ca­ti­va que se pro­pa­ga y pone en peli­gro al cuer­po social.

Los auto­res de la Vio­len­cia de la Mone­da nos indi­can que todos los inten­tos por expli­car los inter­cam­bios han fra­ca­sa­do. La mone­da es en sí mis­ma, no es expre­sión de nin­gún ele­men­to que la ante­ce­da o la pre­de­ter­mi­ne. Ella es un acto fun­dan­te, los pre­cios nomi­na­les son regu­la­dos por una fuer­za de atrac­ción inhe­ren­te a todos los inter­cam­bios, vio­len­ta: “mi deseo por ser el otro pue­de tor­nar­se en deseo de ani­qui­la­ción ante la impo­si­bi­li­dad de ser el otro real­men­te; ese deseo ha sido tras­la­da­do al deseo del obje­to del otro sig­ni­fi­ca­do por él como rival; el inter­cam­bio atem­pe­ra la pul­sión mutua de des­truc­ción y tie­ne en la mone­da la ins­ti­tu­ción nece­sa­ria para regu­lar la pul­sión de la vio­len­cia”. Así, los pre­cios nomi­na­les son un fenó­meno en sí, no valo­res rela­ti­vos vin­cu­la­dos a nece­si­da­des, tiem­pos de tra­ba­jo o gus­tos y preferencias.

De cual­quier mane­ra siguen vien­do que el valor como sus­tan­cia ema­na­da del tra­ba­jo, que fun­da y expli­ca la mone­da debe des­apa­re­cer. Sólo des­de la idea de que la mone­da es pre­su­pues­to de sí mis­ma pue­de com­pren­der­se por qué ella es el obje­to en don­de toma cuer­po y se asien­ta la cri­sis. La mone­da, en tan­to for­ma supe­rior de orga­ni­za­ción, se fun­da en la vio­len­cia como pun­to de par­ti­da de la socie­dad mercantil.

La vio­len­cia inhe­ren­te a los seres huma­nos ha sido trans­fe­ri­da y des­via­da hacia los obje­tos, “la ver­da­de­ra rela­ción ele­men­tal es la del suje­to-obje­to-rival”. Cuan­do hay obje­tos de por medio se sus­pen­de mi ínti­mo deseo de ani­qui­lar a mi mode­lo que es al mis­mo tiem­po mi rival, la cohe­sión social se vuel­ve via­ble, allí radi­ca la fuer­za y la impor­tan­cia de las socie­da­des que se sus­ten­tan en el inter­cam­bio. Esta cohe­sión resi­de en la ins­tan­cia que media los inter­cam­bios, la mone­da. Cuan­do apa­re­ce el debi­li­ta­mien­to de esta ins­tan­cia, su mani­fes­ta­ción más níti­da es el fenó­meno del aca­pa­ra­mien­to, recor­da­to­rio de la vio­len­cia esen­cial, sus­pen­di­da pero no desterrada.

Cómo exor­ci­zar pues, se pre­gun­tan Agliet­ta y Orleán, esta epi­de­mia per­pe­tua de las rela­cio­nes huma­nas que fra­gua luchas intes­ti­nas y opo­si­cio­nes tan des­truc­ti­vas como esté­ri­les. Para ellos, las apro­xi­ma­cio­nes tra­di­cio­na­les a los fenó­me­nos mone­ta­rios ya men­cio­na­das ni siquie­ra se pre­gun­tan si en reali­dad no son los obje­tos más que los inter­cam­bios, los que están car­ga­dos de vio­len­cia, ya que estos últi­mos no serían sino los con­te­ne­do­res de una trans­fe­ren­cia inter­sub­je­ti­va que resi­di­rá final­men­te en el fon­do de cada objeto.

Afir­man que las ins­ti­tu­cio­nes mone­ta­rias habi­das resul­tan incom­pa­ra­bles, que en reali­dad no pue­de haber una his­to­ria que las ligue en un común deno­mi­na­dor y las expli­que a todas, aun­que para­dó­ji­ca­men­te se avo­can a estu­diar las con­di­cio­nes his­tó­ri­cas de sur­gi­mien­to de las fun­cio­nes  mone­ta­rias y la con­ti­nui­dad de su evo­lu­ción, así como las rup­tu­ras que acom­pa­ña­ron la dege­ne­ra­ción de los órde­nes mone­ta­rios anti­guos. La mone­da moder­na cap­ta lo que ha per­ma­ne­ci­do y la nove­dad de los sis­te­mas que nos resul­tan más familiares.

Estos auto­res pre­ten­den una revo­lu­ción en el apa­ra­to con­cep­tual de la Eco­no­mía Polí­ti­ca, al intro­du­cir la idea de las rela­cio­nes mer­can­ti­les como asien­to de la vio­len­cia. Le reco­no­cen a Marx sin embar­go, el hecho de adver­tir en la mone­da un modo de socia­li­za­ción par­ti­cu­lar­men­te con­tra­dic­to­rio en el que los suce­si­vos y com­ple­ji­za­dos pro­ble­mas de repro­duc­ción se resuel­ven con el sur­gi­mien­to de cier­tas for­mas socia­les como los mer­ca­dos, los ban­cos comer­cia­les, el Ban­co Cen­tral, entre otros. Pero se mantienen
en el ende­re­za­mien­to del exi­gen­te seña­la­mien­to de libe­rar­se de la esco­ria ricar­dia­na que hace pen­der su cuer­po de pen­sa­mien­to del inú­til con­cep­to de valor fun­da­do en el tra­ba­jo. La idea de la con­tra­dic­ción social sólo hace sen­ti­do si se intro­du­ce la reali­dad de la vio­len­cia. Marx, al igual que la teo­ría eco­nó­mi­ca pero uti­li­zan­do el con­cep­to de tra­ba­jo, ter­mi­na homo­ge­nei­zan­do lo social des­de lo pura­men­te eco­nó­mi­co. Por ello es que tam­po­co entien­de ni el fenó­meno mone­ta­rio ni sus instituciones.

Aun­que acep­tan que las for­mas del valor pre­sen­tes en la Crí­ti­ca de la Eco­no­mía Polí­ti­ca, son una inigua­la­ble con­tri­bu­ción teó­ri­ca, sos­tie­nen que de no sus­ti­tuir la sus­tan­cia valor por la sus­tan­cia vio­len­cia, fun­da­do­ra de todo orden social, el las­tre de la heren­cia ricar­dia­na no que­da sufi­cien­te­men­te superado.

De esta mane­ra, para Agliet­ta y Orleán, las dos ver­tien­tes de la teo­ría del valor, exce­di­das en su eco­no­mi­cis­mo, se exhi­ben impo­ten­tes para dar cuen­ta de cier­tos fenó­me­nos socia­les que se encuen­tran atrin­che­ra­dos en las reali­da­des mone­ta­rias. Ellos, que mani­fies­tan sen­tir­se influi­dos por la más pura tra­di­ción socio­ló­gi­ca de Weber, Durkheim, Sim­mel y Polan­yi, quie­ren enten­der el pro­ble­ma de la cohe­sión social, dar cuen­ta de la difi­cul­tad de con­tro­lar una pul­sión intrín­se­ca a toda socie­dad, a los seres huma­nos: la vio­len­cia. La mone­da es enton­ces una ins­tan­cia, una ins­ti­tu­ción que con­tie­ne, que regu­la la vio­len­cia, que le per­mi­te a un sin­nú­me­ro de acto­res eco­nó­mi­cos actuar des­de la indi­vi­dua­li­dad y tra­bar lazos socia­les, tejer una iden­ti­dad, con­for­mar una sobe­ra­nía, desa­rro­llar asi­me­trías y domi­na­cio­nes, ten­sar las for­mas en las que inter­ac­túan la indi­vi­dua­li­dad y la totalidad.

Las socie­da­des se fun­dan pues, nos dicen, en la ges­tión de la vio­len­cia, en el equi­li­brio per­ma­nen­te entre su con­ten­ción y su mani­fes­ta­ción. La mone­da solo la aco­ta, no la des­apa­re­ce. Las orga­ni­za­cio­nes e ins­ti­tu­cio­nes no son sino islo­tes de orden en un océano de des­or­den, espa­cios de paz en un uni­ver­so de vio­len­cia. La mone­da es un medio para negar la vio­len­cia, un prin­ci­pio de sobe­ra­nía que lle­va en sí una vio­len­cia poten­cial. Cuan­do esta ins­ti­tu­ción se agrie­ta, el víncu­lo social se des­di­bu­ja y la pul­sión vio­len­ta reapa­re­ce, no otra cosa son las hiper­in­fla­cio­nes, las deva­lua­cio­nes y los res­que­bra­ja­mien­tos finan­cie­ros; la ame­na­za de las fuer­zas eco­nó­mi­cas se tor­na real con la rup­tu­ra de la con­fian­za en las ins­ti­tu­cio­nes financieras. 

Es enton­ces esta dimen­sión antro­po­ló­gi­ca  y socio­ló­gi­ca, car­ga­da de sím­bo­los y codi­fi­ca­cio­nes, la que, según Agliet­ta y Orleán que­da inex­pli­ca­da tan­to por la orto­do­xia neo­clá­si­ca como por la Crí­ti­ca de la Eco­no­mía Polí­ti­ca. Tal vez sin pro­po­nér­se­lo ter­mi­nan, más de cien años des­pués, sus­cri­bien­do  la afir­ma­ción de uno de los fun­da­do­res de la escue­la aus­tria­ca y con­tri­bu­yen­te al encua­dre de la revo­lu­ción neo­clá­si­ca, Carl Men­ger, quien sos­te­nía des­de su asom­bro que no hay una teo­ría satis­fac­to­ria del dine­ro; el dine­ro decía, es una ano­ma­lía eco­nó­mi­ca, se tra­ta de un fenó­meno sin duda enig­má­ti­co al que toda­vía no se le hallan solu­cio­nes convincentes.

  1. La ins­crip­ción de la vio­len­cia en la noción de valor de Marx

Es cla­ro que la vio­len­cia no sur­gió con la moder­ni­dad mer­can­til capi­ta­lis­ta, pero en su pers­pec­ti­va his­tó­ri­ca, esta nue­va civi­li­za­ción con­for­ma una vio­len­cia espe­cí­fi­ca, pecu­liar, absur­da en la medi­da que va dis­po­nien­do de las con­di­cio­nes mate­ria­les para redu­cir su razón de ser, para hacer­la innecesaria.

El filó­so­fo Bolí­var Eche­ve­rría ha planteado
diver­sas lla­ma­das de aten­ción res­pec­to a la impor­tan­cia de reco­no­cer mejor la idea de la ena­je­na­ción pre­sen­te en la Crí­ti­ca de la Eco­no­mía Polí­ti­ca; me cen­tro en las refle­xio­nes rela­cio­na­das con la cri­sis, para inten­tar expli­car como, sin pres­cin­dir de las indis­pen­sa­bles nocio­nes de nece­si­dad y tra­ba­jo, se pue­de adver­tir el fenó­meno de la vio­len­cia a par­tir del desa­rro­llo del con­cep­to de valor uti­li­za­do por Marx.

Habla­mos de cri­sis cuan­do nos enfren­ta­mos a difi­cul­ta­des en la repro­duc­ción de las dis­tin­tas dimen­sio­nes que com­po­nen la tota­li­dad de la vida del suje­to social. La polí­ti­ca, la cul­tu­ra y demás mani­fes­ta­cio­nes de la socia­li­dad, son dimen­sio­nes que se amal­ga­man de mane­ra com­ple­ja; para Marx, de entre ellas, exis­te en lo eco­nó­mi­co un aspec­to deter­mi­nan­te. La con­tri­bu­ción de los demás órde­nes no pue­de evi­tar diri­gir­se a la res­tau­ra­ción de la vigen­cia de la pro­duc­ción, cir­cu­la­ción y con­su­mo de la rique­za social obje­ti­va, so pena de hallar­se ante la impo­si­bi­li­dad efec­ti­va de repro­du­cir­se del con­jun­to de la sociedad.

La reali­dad del valor nos está indi­can­do el con­ti­nua­do pro­ce­so que mar­ca los dis­tin­tos rit­mos de des­va­ne­ci­mien­to de diver­sas comu­ni­da­des cons­trui­das con el acon­te­cer de la his­to­ria. Lo que deri­va de la pre­sen­cia de agen­tes eco­nó­mi­cos pri­va­dos pro­pia de las socie­da­des mer­can­ti­les es una des-orga­ni­za­ción o des-orga­ni­ci­dad, dis­pa­ra­da por una des-comu­nión o des-comu­ni­ca­ción. La uni­dad orgá­ni­ca del suje­to social en pro­ce­so repro­duc­ti­vo ha que­da­do escin­di­da en una mul­ti­pli­ci­dad de enti­da­des pri­va­das, exclui­das las unas de las otras, cayen­do en la para­do­ja de que en prin­ci­pio, una colec­ti­vi­dad levan­ta­da sobre la pre­sen­cia de indi­vi­duos ais­la­dos (una socie­dad que es no-socie­dad, nos dice Eche­ve­rría) encuen­tre impo­si­ble su reproducción.

La nece­sa­ria fase cir­cu­la­to­ria que media la pro­duc­ción y el con­su­mo de toda rique­za social, impli­ca un cam­bio de dis­po­si­ción espa­cial, topo­grá­fi­ca, que es lo que hace posi­ble que los pro­duc­tos apa­rez­can en cali­dad de bie­nes. En las comu­ni­da­des orgá­ni­cas, el prin­ci­pio dis­tri­bu­ti­vo que supo­ne la cir­cu­la­ción se halla inmer­so en la tota­li­dad diná­mi­ca de un pro­yec­to auto­rre­pro­duc­ti­vo, conec­ta de una mane­ra rela­ti­va­men­te sen­ci­lla y pron­ta la pro­duc­ción con el con­su­mo. En las socie­da­des mer­can­ti­les, en las que este pro­yec­to auto­rre­pro­duc­ti­vo está ausen­te, la des-orga­ni­ci­dad ha extra­via­do el prin­ci­pio dis­tri­bu­ti­vo, la cir­cu­la­ción se halla sus­pen­di­da, la frag­men­ta­ción del con­jun­to social en infi­ni­dad de par­tes encuen­tra difí­cil el ensam­ble entre sus capa­ci­da­des de pro­duc­ción y sus nece­si­da­des de con­su­mo. El autis­mo de las enti­da­des pri­va­das, su des­or­den comu­ni­ca­ti­vo, fra­gua la impo­si­bi­li­dad real de la repro­duc­ción social: hay pues una cri­sis de ori­gen o estructural.

El mer­ca­do se tor­na enton­ces en la ins­tan­cia que sub­sa­na esta emer­gen­cia, el cos­to que supo­ne es el de la con­ver­sión de los pro­duc­tos en mer­can­cías. Lo que cons­ta­ta las difi­cul­ta­des de este cos­to es la per­ma­nen­te pre­sen­cia de la con­tra­dic­ción en desa­rro­llo entre el valor de uso y el valor. El cam­bio de manos de los obje­tos úti­les se efec­túa al adop­tar éstos una voca­ción mer­can­til y ser pasi­bles de inter­cam­bios equi­va­len­cia­les. La cir­cu­la­ción, rees­ta­ble­ci­da o recon­fi­gu­ra­da como cir­cu­la­ción mer­can­til, reli­ga las rotu­ras pro­vo­ca­das por el esta­do de ato­mi­za­ción, aun­que,  nos dice Eche­ve­rría, lo hará siem­pre de mane­ra insu­fi­cien­te y defectuosa.

El dine­ro es, en tan­to expre­sión del valor, mani­fes­ta­ción de esta des­ga­rra­du­ra social bási­ca, de la angus­tian­te uni­dad indi­so­lu­ble entre mer­ca­do y cri­sis. El dine­ro expre­sa la vio­len­cia de una socie­dad que es no-
socie­dad en per­ma­nen­te tran­ce repro­duc­ti­vo, de la per­ma­nen­te duda de los indi­vi­duos ais­la­dos de si podrán o no, final­men­te, repro­du­cir­se. Pero el sal­va­men­to rea­li­za­do por el mer­ca­do, inevi­ta­ble­men­te suje­to a con­tra­dic­cio­nes por el sello que le da ori­gen, no está en la capa­ci­dad de erra­di­car la frag­men­ta­ción social, la ame­na­za de impo­si­bi­li­dad repro­duc­ti­va per­ma­ne­ce al ace­cho; el mer­ca­do, jun­to con sus desa­rro­llos e inno­va­cio­nes ten­drá la impron­ta de los ato­lla­de­ros, los pun­tos de quie­bre y la ten­den­cia a la auto­des­truc­ción. El dine­ro con­lle­va pues, el estig­ma de esta diso­cia­ción eco­nó­mi­ca bási­ca, del con­flic­to que entra­ña la repro­duc­ción social sin acuer­do. Se tra­ta de una cri­sis vuel­ta estruc­tu­ra que tie­ne en su movi­mien­to la vio­len­cia a flor de piel. La vio­len­cia pri­me­ra que pode­mos adver­tir, se encuen­tra incrus­ta­da en el con­flic­to bási­co de la nece­sa­ria repro­duc­ción social mate­rial, y tie­ne al dine­ro como mani­fes­ta­ción que la condensa.

Aho­ra bien, el dine­ro, este equi­va­len­te gene­ral, este obje­to de inme­dia­ta inter­cam­bia­bi­li­dad, este cuer­po que sir­ve para ves­tir al valor, enfren­ta la difi­cul­tad de expre­sar una sus­tan­cia tan sutil como diná­mi­ca y hui­di­za como es la del valor. Saber y expre­sar con pre­ci­sión qué tan­to de la ener­gía social, qué tan­ta sus­tan­cia valio­sa res­guar­da cada mer­can­cía, en un con­torno carac­te­ri­za­do por las cons­tan­tes varia­cio­nes en la pro­duc­ti­vi­dad y en las per­ma­nen­tes recon­fi­gu­ra­cio­nes de los patro­nes de con­su­mo, e iden­ti­fi­car en un pre­cio, la jus­ta mag­ni­tud en la que se ensam­blan los dos tipos de osci­la­cio­nes, resul­ta casi impo­si­ble. A eso se refie­re Eche­ve­rría cuan­do indi­ca que la idea de Marx res­pec­to al dine­ro, es la de un cuer­po dema­sia­do pesa­do para expre­sar con con­gruen­cia al valor. La lige­re­za que han alcan­za­do las figu­ras elec­tró­ni­cas y los dife­ren­tes ins­tru­men­tos de ope­ra­ción ban­ca­ria y finan­cie­ra en línea, la ten­den­cia  al abs­trac­to, a lo vir­tual, del desa­rro­llo de las dife­ren­tes figu­ras mone­ta­rias, no alcan­zan a resol­ver con sufi­cien­cia sin embar­go, el hecho de que se tra­ta de cuer­pos que siguen sien­do tos­cos y len­tos para atra­par esa velo­cí­si­ma y eté­rea cri­sá­li­da social que es el valor.

En sus pri­me­ros encuen­tros y des­me­nu­za­mien­tos de la Eco­no­mía Polí­ti­ca, Marx comen­za­ba a cues­tio­nar la even­tua­li­dad y no la regu­la­ri­dad con la que la ofer­ta y la deman­da coin­ci­den, a con­ce­bir las difi­cul­ta­des de este pro­ble­ma de la expre­sión. “Si es una ley cons­tan­te el que, por ejem­plo, el cos­to de pro­duc­ción deter­mi­ne en últi­ma ins­tan­cia – o más bien cuan­do, espo­rá­di­ca y casual­men­te coin­ci­den la ofer­ta y la deman­da – el pre­cio (valor), es tam­bién una ley no menos cons­tan­te el que los dos tér­mi­nos de la rela­ción no coin­ci­dan y el que, por tan­to, no medie una rela­ción nece­sa­ria entre el valor y el cos­to de pro­duc­ción. Más aun, la ofer­ta y la deman­da coin­ci­den siem­pre sólo momen­tá­nea­men­te […] La moder­na Eco­no­mía Polí­ti­ca con­vier­te este movi­mien­to real, del que aque­lla ley no es más que un momen­to abs­trac­to, for­tui­to y uni­la­te­ral, en un acci­den­te, en algo no esen­cial. ¿Por qué? [por­que] en Eco­no­mía Polí­ti­ca, la ley se halla deter­mi­na­da por lo con­tra­rio a ella, por la fal­ta de ley”.

Los dis­tin­tos tiem­pos con los que se pro­du­cen los dife­ren­tes obje­tos y las pro­pias varia­cio­nes de aque­llos ocu­rri­das por cam­bios en la pro­duc­ti­vi­dad, así como los dis­tin­tos rit­mos a los que deben cir­cu­lar estos pro­duc­tos vuel­tos mer­can­cías, están supo­nien­do un cons­tan­te des­qui­cia­mien­to tan­to en las can­ti­da­des como en la velo­ci­dad del cur­so del dine­ro, nece­sa­rio para con­se­guir un cam­bio de manos efec­ti­vo de las mer­can­cías que apun­tan a
con­ver­tir­se en bie­nes. El mer­ca­do sal­va al suje­to social del sus­pen­so en su repro­duc­ción, al cos­to de tener tro­pie­zos recurrentes.

La vio­len­cia ins­cri­ta en el dine­ro entra­ña otra dimen­sión. Las millo­nes de par­tí­cu­las indi­vi­dua­les iden­ti­fi­ca­das como agen­tes eco­nó­mi­cos, advier­ten que su cone­xión con el res­to del cuer­po social, que táci­ta­men­te está impli­can­do su posi­bi­li­dad de repro­du­cir­se, estri­ba en su con­tac­to con el dine­ro, con la expre­sión de ese valor que se da por apro­xi­ma­cio­nes y tan­teos a tra­vés de los pre­cios. Si el agen­te eco­nó­mi­co deten­ta dine­ro, posee un con­tac­to cosi­fi­ca­do pero segu­ro de su jue­go social. Cons­trui­rá la ilu­sión de que no exis­ten mayo­res difi­cul­ta­des, no nece­sa­ria­men­te repa­ra­rá en los des­ajus­tes entre pro­duc­ción y con­su­mo del con­jun­to social ni sen­ti­rá la ame­na­za de repro­du­cir­se que enfren­ta quién no lo dis­po­ne o dis­po­ne de muy poco. Del jue­go de media­ción reco­nec­ti­va que des­plie­ga el dine­ro, sur­gen las cri­sis de reco­no­ci­mien­to inhe­ren­tes a una suer­te de natu­ra­li­za­ción de la indi­fe­ren­cia social. Es esto par­te de lo que Gilles Lipo­vetsky deno­mi­na vio­len­cia moder­na. La locu­ra comu­ni­ca­ti­va que ha par­ti­do del ámbi­to de la pro­duc­ción y el con­su­mo, se ahon­da en todas las for­mas de des­en­ten­di­mien­to de la exis­ten­cia de los otros y en la afa­no­sa bús­que­da mul­ti­in­di­vi­dual por alcan­zar la repro­duc­ción y la defor­ma­da socia­li­dad con­den­sa­da en la pose­sión e incor­po­ra­ción de los suje­tos al cur­so del dinero.

El paso de lo pro­pia­men­te mer­can­til a lo mer­can­til capi­ta­lis­ta plan­tea otra vio­len­cia, la pre­sen­cia de una doble reali­dad mer­can­til, nos dice Eche­ve­rría, la exis­ten­cia de dos tipos de mer­can­cías, las capi­ta­lis­tas en gene­ral y la mer­can­cía fuer­za de tra­ba­jo. Aho­ra, el cur­so del dine­ro tie­ne como con­di­cio­nan­te, que el cam­bio de manos de mer­can­cías capi­ta­lis­tas esté acom­pa­ña­do por el inter­cam­bio de bie­nes de sub­sis­ten­cia que repre­sen­tan a la mer­can­cía fuer­za de tra­ba­jo. Este últi­mo inter­cam­bio pecu­liar es el que esta­rá posi­bi­li­tan­do una nue­va vio­len­cia. No se tra­ta sólo de la vio­len­cia de que los seres huma­nos, para tra­ba­jar, ten­gan que sufrir la sim­pli­fi­ca­ción de toda su com­ple­ja huma­ni­dad a la fija­ción de un pre­cio, el de su fuer­za de tra­ba­jo, su sala­rio, no impor­ta la mag­ni­tud que éste pue­da tener. Se tra­ta de que este hecho es el que posi­bi­li­ta la obse­sión del capi­tal por encon­trar can­ti­da­des de valor siem­pre incre­men­ta­das al final de cada uno de sus ciclos; esta obse­sión lle­va­rá no sólo al capi­tal, sino a bue­na par­te del cons­truc­to cul­tu­ral de la civi­li­za­ción moder­na, a con­fiar en la ilu­sión de que se pue­den rom­per todos los lími­tes. El impe­rio de la abso­lu­ta cuan­ti­ta­ti­vi­dad, la para­fer­na­lia de enten­der el mul­ti­di­men­sio­nal entra­ma­do de la vida social huma­na sólo des­de las cifras, trae­rá como coro­la­rio, que en su actua­ción, la eco­no­mía mer­can­til capi­ta­lis­ta sea poco aten­ta a lo que suce­de con el tiem­po, la mate­ria y la ener­gía. Su resul­tan­te sis­te­má­ti­ca es la vio­len­cia de la des­truc­ción de seres huma­nos y de la pro­pia natu­ra­le­za, los valo­res de uso pri­mor­dia­les para la vida humana.

Pero Eche­ve­rría nos seña­la tam­bién, que este inter­cam­bio de mer­can­cías capi­ta­lis­tas por los bie­nes de sub­sis­ten­cia que deter­mi­nan la fuer­za de tra­ba­jo, la nece­sa­ria exis­ten­cia de un mer­ca­do de tra­ba­jo que ali­men­te con su vita­li­dad al fun­cio­na­mien­to del con­jun­to de la eco­no­mía, no reci­be en muchos casos, el aco­pla­mien­to ade­cua­do para cerrar los ciclos repro­duc­ti­vos de los tra­ba­ja­do­res. La expre­sión del valor de las mer­can­cías capi­ta­lis­tas, sus valo­res de cam­bio, sus pre­cios, esta­rán defi­nien­do en qué medi­da se
actua­li­za como valio­sa toda la ener­gía social exis­ten­te; es decir, a par­tir de la rea­li­za­ción de los pre­cios de las mer­can­cías capi­ta­lis­tas, se deter­mi­na­rá qué por­ción de los tra­ba­ja­do­res ten­drá valor en su fuer­za de tra­ba­jo y qué por­ción no, arrin­co­nan­do a esta últi­ma a vivir las vici­si­tu­des de la ame­na­za inmi­nen­te de su pro­pia repro­duc­ción. La vio­len­cia resi­de aquí en la can­ce­la­ción, en el des­per­di­cio de un cúmu­lo inmen­so de talen­to, crea­ti­vi­dad, fuer­za y volun­tad, ence­rra­dos en una ener­gía social de la que no se dis­po­ne por lo demar­ca­do en lo mer­can­til capitalista.

Marx afir­ma­ba: “El tra­ba­ja­dor sólo exis­te como tal en cuan­to exis­te para sí como capi­tal, y sólo exis­te como capi­tal en cuan­to exis­te un capi­tal para sí. La exis­ten­cia del capi­tal es su exis­ten­cia, su vida, y deter­mi­na el con­te­ni­do de su vida de un modo dife­ren­te para él. Por eso, la Eco­no­mía Polí­ti­ca igno­ra al tra­ba­ja­dor des­ocu­pa­do, al tra­ba­ja­dor hom­bre situa­do al mar­gen de la rela­ción de tra­ba­jo”. Estos tra­ba­ja­do­res sin ocu­pa­ción, este resi­duo, ha lle­ga­do a con­cep­tua­li­zar­se por la inte­li­gen­cia eco­nó­mi­ca domi­nan­te, como tasa natu­ral de desempleo.

Así pues, algu­nos de los tra­ba­ja­do­res expre­sa­rán el valor de su fuer­za de tra­ba­jo, ten­drán un sala­rio, si las mer­can­cías capi­ta­lis­tas van cum­plien­do su ciclo y con él, posi­bi­li­tan­do la acu­mu­la­ción de capi­tal. Pero esta repro­duc­ción subor­di­na­da de la fuer­za de tra­ba­jo pue­de rom­per­se y ello nos está indi­can­do que el ciclo del capi­tal, su acu­mu­la­ción, se encuen­tra en un ato­lla­de­ro: la cri­sis ori­gi­nal o estruc­tu­ral se mani­fies­ta como destrucción.

  1. Las tres for­mas de ser y cir­cu­lar del capi­tal. Tiem­pos y  desajustes

La Crí­ti­ca de la Eco­no­mía Polí­ti­ca entien­de más fun­cio­nes y le asig­na más atri­bu­tos al dine­ro que los que iden­ti­fi­ca la teo­ría eco­nó­mi­ca domi­nan­te ins­pi­ra­da en el equi­li­brio gene­ral. El dine­ro no es sólo medio de cir­cu­la­ción, una mera sus­tan­cia lubri­can­te que agi­li­za los inter­cam­bios sin inci­den­cia algu­na en el apa­ra­to pro­duc­ti­vo y eco­nó­mi­co mate­rial. Marx detec­ta que en la fun­ción de medio de cir­cu­la­ción sur­ge una suer­te de des­do­bla­mien­to, emer­gen las fun­cio­nes de medio de com­pra y medio de pago. El cré­di­to al que da lugar esta últi­ma, impli­ca la sepa­ra­ción tem­po­ral entre com­prar y pagar, entre ven­der y cobrar. Nadie está obli­ga­do a vol­car su dine­ro a la cir­cu­la­ción des­pués de haber­lo sus­traí­do de ésta median­te una ven­ta. El cré­di­to se con­vier­te en un dis­po­si­ti­vo, ya des­de lo mera­men­te mer­can­til, para ajus­tar la inmen­sa diver­si­dad de tiem­pos de pro­duc­ción de las dis­tin­tas mer­can­cías, fenó­meno que esta­rá en la base de la diver­si­dad de los tiem­pos de ven­ta de las mis­mas y las dife­ren­tes perio­di­ci­da­des y rit­mos de adqui­si­ción de los pro­pie­ta­rios pri­va­dos cuan­do adop­tan la figu­ra de con­su­mi­do­res. Cada actor inyec­ta y sus­trae del cur­so gene­ral del dine­ro, dis­tin­tos volú­me­nes dine­ra­rios en arre­glo a lo que con­si­gue ven­der y en fun­ción de los dis­tin­tos momen­tos en los que se le impo­nen sus adquisiciones.

Cada pro­pie­ta­rio pri­va­do cons­tru­ye una reser­va nece­sa­ria y ade­cua­da a los diver­sos valo­res y tiem­pos de com­pra de los bie­nes que nece­si­ta. La ausen­cia de un ensam­bla­je tem­po­ral armo­ni­za­do entre lo que pue­den lle­gar a ven­der los pro­pie­ta­rios pri­va­dos y lo que pue­den lle­gar a nece­si­tar, abre el espa­cio pro­pi­cio para dife­rir los pagos. El cré­di­to como expre­sión nece­sa­ria­men­te sub­se­cuen­te de la fun­ción de medio de pago del dine­ro, agi­li­za el cam­bio de manos de las mer­can­cías y faci­li­ta la
con­cen­tra­ción de cre­cien­tes mon­tos de dine­ro dis­pues­tos no para su ate­so­ra­mien­to sino para su futu­ro vuel­co para la finan­cia­ción de transacciones.

Aho­ra bien, ya inmer­sos en lo mer­can­til capi­ta­lis­ta, el dine­ro adop­ta fun­cio­nes de capi­tal, jun­to con lo mer­can­til y lo pro­pia­men­te pro­duc­ti­vo. Es decir, para que el capi­tal con­si­ga valo­ri­zar­se (acu­mu­lar­se) es impres­cin­di­ble que cum­pla un ciclo des­com­pues­to en tres fases, la fase del capi­tal dine­ro, la fase del capi­tal mer­can­til y la fase del capi­tal pro­duc­ti­vo. No hay mane­ra de que se con­si­ga la acu­mu­la­ción si el capi­tal no atra­vie­sa estas tres trans­for­ma­cio­nes. El ciclo de cada fase está supo­nien­do que la fase pre­via y la sub­se­cuen­te se cum­plan. La inte­rrup­ción de cual­quie­ra de las tres fases pue­de sumer­gir en un ato­lla­de­ro al ciclo com­ple­to del capital.

Aun­que es la fase del capi­tal pro­duc­ti­vo la úni­ca en la que ope­ra la valo­ri­za­ción, es en el ciclo del capi­tal mer­can­til en el que se exhi­be la trans­for­ma­ción de nue­vos bie­nes y ser­vi­cios y el úni­co que pue­de hacer per­cep­ti­ble median­te estos la trans­for­ma­ción de valor en plus­va­lor, y es él mis­mo el que sig­ni­fi­ca el esla­bón más deli­ca­do, su inte­rrup­ción es la ver­da­de­ra pie­dra angu­lar que deno­ta la cri­sis del ciclo capi­ta­lis­ta total. Su inte­rrup­ción sólo hace paten­te la incon­ver­ti­bi­li­dad de las mer­can­cías en dine­ro, las difi­cul­ta­des de su trán­si­to a la fase de capi­tal dine­ro, con lo que todo el pro­ce­so de valo­ri­za­ción entra en sus­pen­so, se interrumpe.

Para el capi­tal, la fase del capi­tal dine­ro y del capi­tal mer­can­til, son momen­tos de no valo­ri­za­ción, ins­tan­tes pro­pios de la cir­cu­la­ción en los que el exce­den­te se deja de crear, una espe­cie de pér­di­da de tiem­po que es nece­sa­rio redu­cir ten­den­cial­men­te al mínimo. 

Des­cri­tos los dos ele­men­tos ante­rio­res, se mues­tra cómo el cré­di­to reemer­ge con la misión de dar­le con­ti­nui­dad al pro­ce­so de repro­duc­ción, para dife­rir sis­te­má­ti­ca­men­te y has­ta don­de sea posi­ble, el momen­to de la deten­ción o enlen­te­ci­mien­to del ciclo total del capi­tal. “De este modo, para la pro­duc­ción fun­da­da en el capi­tal, apa­re­ce como con­tin­gen­te el que su con­di­ción esen­cial, la con­ti­nui­dad de los diver­sos pro­ce­sos cons­ti­tu­ti­vos, se pro­duz­ca o no se pro­duz­ca. La supre­sión, por el capi­tal mis­mo, de este carác­ter con­tin­gen­te es el cré­di­to”. El cré­di­to media entre los dife­ren­tes momen­tos de la rota­ción del capi­tal para impe­dir su fija­ción en algu­na de sus formas.

El tiem­po de cir­cu­la­ción pro­pio de las fases del capi­tal dine­ro y el capi­tal mer­can­til, que invo­lu­cra el espa­cio que esta­ble­ce la dis­tan­cia entre los mer­ca­dos, apa­re­ce como barre­ra a la valo­ri­za­ción del capi­tal. Des­ta­ca pues la nece­si­dad del capi­tal de anu­lar la dis­tan­cia por el tiem­po, pro­ce­so en el que se ins­cri­be el desa­rro­llo tec­no­ló­gi­co y que sumer­ge al con­jun­to social en una espe­cie de fas­ci­na­ción por la velo­ci­dad y pade­ci­mien­to de la his­te­ria pro­vo­ca­da por la pri­sa. La dese­cha­bi­li­dad de la vida huma­na, res­pon­de a esta impron­ta del capi­tal mar­ca­da por su ten­den­cia de rea­li­zar la cir­cu­la­ción sin tiem­po de circulación.

 Las rela­cio­nes entre acree­do­res y deu­do­res pro­pias de un capi­tal fic­ti­cio que ha creí­do haber eli­mi­na­do el tiem­po de cir­cu­la­ción y la nece­sa­ria con­ver­sión de las mer­can­cías en dine­ro, han con­du­ci­do a la con­cen­tra­ción de capi­tal dine­ra­rio y ali­men­ta­do la capa­ci­dad de auto­des­truc­ción del pro­pio capi­tal. La des­truc­ción masi­va de capi­tal en los momen­tos de cri­sis, siem­pre está pre­ce­di­da de la ges­ta­ción de una sobre­ca­pa­ci­dad pro­duc­ti­va deri­va­da del per­ma­nen­te dife­ri­mien­to que el cré­di­to hace del momen­to de la con­ver­sión real de las
mer­can­cías en dinero.

La cri­sis actual está sub­ten­di­da por estas coor­de­na­das dibu­ja­das por Marx, la bru­ta­li­dad de los des­aco­mo­dos men­cio­na­dos más arri­ba se ha hecho pre­sen­te como en múl­ti­ples oca­sio­nes ante­rio­res. La vio­len­cia se mani­fies­ta en el esla­bón del dine­ro por­que él, su cur­so, es la expre­sión de un des­aco­mo­do ori­gi­nal, el de la repro­duc­ción del suje­to social pues­ta en sus­pen­so, con la com­ple­ja con­flic­ti­vi­dad que supo­nen los inter­cam­bios, el cam­bio de manos real de las mer­can­cías, el inter­cam­bio de mer­can­cías capi­ta­lis­tas por la mer­can­cía fuer­za de tra­ba­jo como cla­ve de la posi­bi­li­dad de acu­mu­la­ción, la impres­cin­di­ble rota­ción de las tres figu­ras del capi­tal para con­se­guir la valo­ri­za­ción, y la rele­van­cia del cré­di­to para pro­yec­tar la rea­li­za­ción de la cir­cu­la­ción sin tiem­po de circulación.

  1. Los hechos recien­tes. Sobre­acu­mu­la­ción y bur­bu­jas financieras

Por lo ante­rior, no deja de lla­mar la aten­ción que se ape­le casi exclu­si­va­men­te a lo dine­ra­rio y cre­di­ti­cio como cau­sa y pro­pues­ta de sali­da de los des­ajus­tes actua­les. Haga­mos final­men­te un bre­ve recuen­to empí­ri­co de la situa­ción recien­te para entre­ver si se ade­cua al tra­zo gene­ral deli­nea­do ante­rior­men­te. Entre 1 y 3 billo­nes de dóla­res de acti­vos finan­cie­ros eva­po­ra­dos, Wall Street nacio­na­li­za­do con la Reser­va Fede­ral y el Depar­ta­men­to del Teso­ro toman­do todas las deci­sio­nes estra­té­gi­cas impor­tan­tes en el sec­tor finan­cie­ro, y a todo eso, con un gobierno que, tras el res­ca­te de AIG, pasa a diri­gir la mayor com­pa­ñía ase­gu­ra­do­ra del mun­do; el mayor res­ca­te des­de la gran depre­sión, con 700 mil millo­nes de dóla­res reu­ni­dos a la deses­pe­ra­da para sal­var al sis­te­ma finan­cie­ro glo­bal. ¿Es esto expli­ca­ble des­de la codi­cia o la mera fal­ta de regulación?

El res­ca­te de 700 mil millo­nes de dóla­res de las obli­ga­cio­nes hipo­te­ca­ria­men­te res­pal­da­das en poder de los ban­cos no es una estra­te­gia, sino, bási­ca­men­te, un esfuer­zo deses­pe­ra­do para res­tau­rar la con­fian­za en el sis­te­ma, y pre­ve­nir­lo de la ero­sión de la fe en los ban­cos y en otras ins­ti­tu­cio­nes finan­cie­ras. Con ello se impi­de una masi­va inten­ción de reti­rar fon­dos que even­tual­men­te des­en­ca­de­ne una Gran Depre­sión como la de 1929.

El enor­me sis­te­ma cir­cu­la­to­rio del capi­ta­lis­mo glo­bal ha veni­do evi­den­cian­do la cri­sis sis­té­mi­ca de sobre­pro­duc­ción, sobre­acu­mu­la­ción o sobre­ca­pa­ci­dad. El capi­ta­lis­mo tien­de a cons­truir una gran capa­ci­dad pro­duc­ti­va que ter­mi­na reba­san­do las poten­cias adqui­si­ti­vas de una pobla­ción en per­ma­nen­te depau­pe­ri­za­ción, ello pre­sio­na a la baja las tasas de ganan­cia. Entre 1945 y 1975, el dina­mis­mo en el cre­ci­mien­to del capi­ta­lis­mo mun­dial de pos­gue­rra fue pro­pul­sa­do por la masi­va recons­truc­ción de Euro­pa y del Este asiá­ti­co, apun­ta­la­do por la nue­va con­fi­gu­ra­ción socio-eco­nó­mi­ca ins­ti­tu­cio­na­li­za­da bajo el nue­vo esta­do key­ne­siano. Un aspec­to cla­ve de esta últi­ma fue­ron los seve­ros con­tro­les esta­ta­les a la acti­vi­dad del mer­ca­do, el uso agre­si­vo de polí­ti­cas fis­ca­les y mone­ta­rias para mini­mi­zar la infla­ción y la rece­sión, así como un régi­men de sala­rios rela­ti­va­men­te altos para esti­mu­lar y man­te­ner la demanda.

La déca­da de los 70 encuen­tra la deten­ción a ese cre­ci­mien­to y pre­sen­ta nive­les ele­va­dos de infla­ción, la estan­fla­ción. Ello es más que un fenó­meno mone­ta­rio-finan­cie­ro. Deri­va de la recons­truc­ción de Ale­ma­nia y Japón, del rápi­do cre­ci­mien­to de eco­no­mías emer­gen­tes como Bra­sil, Tai­wán y Corea del Sur, que no hacen sino exten­der la capa­ci­dad pro­duc­ti­va glo­bal. Esto, com­bi­na­do ade­más con la drás­ti­ca  subi­da del pre­cio del petróleo,
con­for­man un esce­na­rio difí­cil a media­dos de ese decenio.

Para enfren­tar esto el capi­ta­lis­mo mun­dial ins­tru­men­tó: la rees­truc­tu­ra­ción neo­li­be­ral, la glo­ba­li­za­ción y la finan­cia­ri­za­ción. La pri­me­ra bus­ca­ba remo­ver las res­tric­cio­nes del esta­do al cre­ci­mien­to y al uso y cir­cu­la­ción de capi­ta­les y rique­za. Inten­tó esti­mu­lar la inver­sión gene­ran­do esque­mas de reasig­na­ción de los ingre­sos favo­re­cien­do a los deten­ta­do­res del capi­tal. Esto últi­mo agre­gó res­tric­cio­nes a la deman­da y no nece­sa­ria­men­te indu­jo mayor inver­sión, el cre­ci­mien­to en los ochen­ta fue de 1.4% y en los 90 de 1.1%.

El segun­do ins­tru­men­to, la glo­ba­li­za­ción refie­re la exten­sión de la acu­mu­la­ción inte­gran­do al mer­ca­do mun­dial a zonas de diver­so gra­do de desa­rro­llo eco­nó­mi­co y humano, semi-capi­ta­lis­tas, no-capi­ta­lis­tas y pre­ca­pi­ta­lis­tas, con lo que se fue ganan­do acce­so a pro­duc­tos agrí­co­las y mate­rias pri­mas bara­tos, y crean­do nue­vas áreas para inver­sión en infra­es­truc­tu­ra. Para esto se usó como dis­po­si­ti­vo el libre mer­ca­do y la rela­ja­ción de mar­cos jurí­di­co-lega­les para la inver­sión extran­je­ra. La expe­rien­cia de Chi­na con­den­sa estas dos estra­te­gias. Pero esta exten­sión no hizo sino adi­cio­nar capa­ci­dad pro­duc­ti­va, agu­di­zan­do el pro­ble­ma de la caí­da en los bene­fi­cios corporativos.

Ni la rees­truc­tu­ra­ción ni la glo­bli­za­ción resul­ta­ron ser efi­ca­ces. El ter­cer camino, la finan­cia­ri­za­ción resul­tó vital para man­te­ner y ele­var la ren­ta­bi­li­dad. Ideal­men­te el sis­te­ma finan­cie­ro es el meca­nis­mo a tra­vés del cual, los fon­dos exce­den­ta­rios están ahí para satis­fa­cer las nece­si­da­des de inver­sión pro­duc­ti­va, pero la caí­da en los bene­fi­cios deri­va­da de la sobre­acu­mu­la­ción, los recur­sos finan­cie­ros son relan­za­dos al los cir­cui­tos finan­cie­ros, exa­cer­ban­do la espe­cu­la­ción. Las finan­zas se tor­nan hiper­ac­ti­vas sin tener con­tac­to alguno con la eco­no­mía real que se encuen­tra en per­ma­nen­te estan­ca­mien­to. Las ganan­cias finan­cie­ras no gene­ran rique­za, se mue­ven per­ma­nen­te­men­te en las ven­ta­jas ofre­ci­das por los dife­ren­cia­les de pre­cios de títu­los, accio­nes, documentos.

El sec­tor finan­cie­ro hace pen­der su ren­ta­bi­li­dad de gol­pes espe­cu­la­ti­vos, lo que va con­fi­gu­ran­do una suce­sión regu­lar de bur­bu­jas: cri­sis finan­cie­ra mexi­ca­na de 1994–95, la cri­sis finan­cie­ra asiá­ti­ca de 1997–1998, cri­sis finan­cie­ra rusa de 1996, el colap­so del mer­ca­do de valo­res de Wall Street de 2001 y el colap­so finan­cie­ro argen­tino de 2002, todas ellas pre­lu­dian­do la más recien­te caí­da de Wall Street en 2008.

Está pues al ace­cho, per­ma­nen­te­men­te, la ame­na­za de la impo­si­bi­li­dad repro­duc­ti­va que emer­ge con la socie­dad de los pro­pie­ta­rios pri­va­dos que recu­rren al dine­ro como mecan­sis­mo para sal­var su des­co­ne­xión estruc­tu­ral. La sali­da será más com­ple­ja que la sim­ple inyec­ción-reno­va­ción del crédito.

Agliet­ta, Michel y Orleán, André; La Vio­len­cia de la Mone­da, Siglo XXI Edi­to­res. Méxi­co, 1990.

Quie­nes a su vez  se mues­tran ave­za­dos en los argu­men­tos de Nicho­las Geor­ges­cu-Roe­gen. Cfr. de este últi­mo su The Entropy Law and the Eco­no­mic Pro­cess. Har­vard Uni­ver­sity Press, Cam­brid­ge, 1971.

Eche­ve­rría, Bolí­var; La cri­sis estruc­tu­ral según Marx, en: El Dis­cur­so Crí­ti­co de Marx, Edi­to­rial Era. Méxi­co, 1986; pp. 137–148.

Marx, Karl;
Extrac­tos del libro de James Mill “Ele­mens D´Economie Poli­ti­que” (1844). OF, Vol. I. Cita­do por Enri­que Dus­sel Peters; Teo­ría del Dine­ro y Cré­di­to en la Obra de Marx (1843–1867). Divi­sión de Estu­dios de Pos­gra­do, Facul­tad de Eco­no­mía. UNAM, Abril de 1993, pági­na 6.

Lipo­vetsky, Gilles; La era del vacío. Ensa­yos sobre el indi­vi­dua­lis­mo con­tem­po­rá­neo. Edi­to­rial Ana­gra­ma, Bar­ce­lo­na 1986. Capí­tu­lo VI. Vio­len­cias sal­va­jes, vio­len­cias moder­nas; pp. 173–220.

Marx, Karl; Manus­cri­tos eco­nó­mi­co-filo­só­fi­cos (1844). OF Vol. I. Cita­do por Dus­sel Peters, op. cit. pági­na 6.

Marx, Karl; Ele­men­tos Fun­da­men­ta­les para la Crí­ti­ca de la Eco­no­mía Polí­ti­ca (Grun­dris­se) 1857–1858. Tomo 2, pp. 25–26. Cita­do por Dus­sel Peters, op.cit. pági­na 36.

Este últi­mo con­jun­to de ideas fue sin­te­ti­za­do del tex­to de Wal­den Bello del 05 de octu­bre de 2008; “Todo lo que usted quie­re saber sobre el ori­gen de esta cri­sis pero teme no enten­der”; en: Sin per­mi­so, octu­bre de 2008.

La política fiscal desde la izquierda

La política fiscal desde la izquierda

Ponen­cia 16

El obje­to de este tra­ba­jo es demos­trar la posi­bi­li­dad de la gene­ra­ción de ingre­sos fis­ca­les des­de una pers­pec­ti­va de izquier­da, exclu­yen­do des­de lue­go los aho­rros, los guar­da­di­tos y otras “medi­das de emergencia”.

El obje­to jus­to de los impues­tos debe ser, en este orden:

*Redis­tri­buir la rique­za en una for­ma justa

*Gene­rar los medios para el bien­es­tar de la población

*Obte­ner los recur­sos para el sos­te­ni­mien­to de los gas­tos públicos.

Sin entrar a juz­gar ¿por qué?, ello no se cum­ple y el gobierno se vuel­ve algo así como una bol­sa alter­na­ti­va de recur­sos para los deten­ta­do­res del poder y sus amigos.

A pesar de muchas que­jas al res­pec­to, las orga­ni­za­cio­nes de izquier­da no hemos pro­fun­di­za­do en el Dere­cho Finan­cie­ro, dejan­do ese terreno a otras fuer­zas, que lógi­ca­men­te han impues­to su impe­rio, de ahí la cri­sis que vivi­mos, que si bien es mun­dial, eso no expli­ca el derrum­be de nues­tro tipo de cam­bio y de nues­tro poder adqui­si­ti­vo, es cla­ro que si bien Andrés Manuel López Obra­dor fue muy cla­ro al adver­tir esta cir­cuns­tan­cia des­de hace tiem­po, los estu­dios al res­pec­to no se han ocu­pa­do con­ve­nien­te­men­te, limi­tán­do­se a medir la pobre­za y a cri­ti­car al ile­gí­ti­mo régi­men, sin adver­tir que al tiem­po no sabre­mos que hacer y al igual que en el orden polí­ti­co, invi­ta­re­mos a los res­pon­sa­bles del desas­tre a des­pla­zar a los autén­ti­cos mili­tan­tes en las deci­sio­nes fundamentales. 

 

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