HAITÍ

Las raí­ces afri­ca­nas han mar­ca­do sin duda la his­to­ria de Hai­tí. El sacer­do­te vudú Bouck­man ini­ció la rebe­lión de los escla­vos duran­te una cere­mo­nia reli­gio­sa y de ini­cio, como era obvio, se plan­teó la abo­li­ción de la escla­vi­tud. El héroe Tous­saint Lou­ver­tu­re que se enfren­tó con valen­tía a fran­ce­ses, espa­ño­les e ingle­ses fue cap­tu­ra­do por el ejér­ci­to envia­do por Napo­león –a car­go, por cier­to, de su cuña­do Leclerc- para sofo­car la insu­rrec­ción y murió en una pri­sión euro­pea. Una de tan­tas para­do­jas his­tó­ri­cas es que las fuer­zas arma­das naci­das de la revo­lu­ción fran­ce­sa que se plan­tea­ba lle­var la liber­tad, igual­dad, fra­ter­ni­dad al res­to de Euro­pa se sos­te­nían en bue­na par­te por el comer­cio de escla­vos y los recur­sos de las colo­nias fran­ce­sas con­se­gui­dos median­te la sobre­ex­plo­ta­ción de aque­llos. El caso es que fue a otro al que le tocó pro­cla­mar la inde­pen­den­cia: Jean Jaques Des­sa­li­nes en 1804. Un par de años des­pués, este per­so­na­je se pro­cla­mó empe­ra­dor (Jaco­bo I) e impu­so el tra­ba­jo for­za­do (un eufe­mis­mo de escla­vi­tud). Sus exce­sos lle­va­ron a dos de sus com­pa­ñe­ros de armas a ase­si­nar­lo, pero lue­go éstos dos, Ale­xan­dré Petion y Hen­ri Cris­tophe, se pelea­ron por el con­trol del país, que­dan­do el segun­do con el con­trol de la región norte.

Si bien Petion creía en un prin­ci­pio en la demo­cra­cia cons­ti­tu­cio­nal lue­go cayó en la dic­ta­du­ra. Por cier­to, éste ayu­dó a Simón Boli­var en su exi­lio y lo apro­vi­sio­nó para vol­ver al con­ti­nen­te a hacer la gue­rra a cam­bio sólo de que se com­pro­me­tie­ra con la abo­li­ción de la escla­vi­tud. Por des­gra­cia, el Liber­ta­dor de Amé­ri­ca se olvi­dó del apo­yo reci­bi­do y des­pués no qui­so reco­no­cer a Hai­tí como nación inde­pen­dien­te para no pelear­se con las poten­cias euro­peas, pues Fran­cia puso como indem­ni­za­ción la cifra de 90 millo­nes de fran­cos para acep­tar la inde­pen­den­cia de su ex colo­nia, deu­da exter­na que con gran­des sacri­fi­cios tuvie­ron que pagar los hai­tia­nos duran­te déca­das. Por su par­te, Chris­tophe se hizo nom­brar rey (Enri­que I) con todo y noble­za para lue­go sui­ci­dar­se. Dos libros de Ale­jo Car­pen­tier, “Los pasos per­di­dos” y “El rei­no de este mun­do”, expre­san esa extra­ña dia­léc­ti­ca del que lucha con­tra la cruel­dad de los opre­so­res para lue­go con­ver­tir­se en un opre­sor cruel, del que se mime­ti­za fár­si­ca­men­te con lo que en algún momen­to combatió. 

Los pri­me­ros años esta­ble­cie­ron el rum­bo del país inde­pen­dien­te de Amé­ri­ca Lati­na con el agra­van­te de una pobre­za endé­mi­ca, en vir­tud de que la sobre­ex­plo­ta­ción redu­jo dra­má­ti­ca­men­te los cul­ti­vos de caña. Repú­bli­ca Domi­ni­ca­na se inde­pen­di­zó más bien de Hai­tí que de Espa­ña en 1844, debién­do­le a aquel la abo­li­ción de la escla­vi­tud. Pero esa par­te de la isla cono­ci­da duran­te un tiem­po como la Hai­tí Espa­ño­la, a par­tir de ese momen­to cons­tru­yó su pro­pia his­to­ria, con sus pro­pios dic­ta­do­res. En lo que fue la colo­nia fran­ce­sa hubo mucho menos mes­ti­za­je y la pobla­ción de raza negra es total­men­te domi­nan­te. No podía fal­tar la inva­sión nor­te­ame­ri­ca­na que ‑como si hicie­ra fal­ta y alguien les cre­ye­ra- pre­tex­tó la anar­quía del país y se pro­lon­gó por casi 20 años (de 1915 a 1934) y tuvo como heren­cia la pro­pie­dad de extran­je­ros sobre cul­ti­vos, hacien­das y playas. 

En 1957 lle­gó al poder otro suje­to san­gui­na­rio, muy afín a las prác­ti­cas del vudú, el, cual  presumí
a de ser revo­lu­cio­na­rio, pero no era más que un dic­ta­dor corrup­to y sin escrú­pu­los: Fran­co­is Duva­lier, mejor cono­ci­do como “Papa Doc”. Sólo la muer­te pudo apar­tar­lo del poder, pero sólo para here­dar­lo a su hijo Jean-Clu­de, “Baby Doc”, que fue tan des­al­ma­do como el padre. Con­ta­ba con un temi­do cuer­po entre poli­cia­co, mili­tar y para­mi­li­tar lla­ma­do “Ton­ton Macout­tes” que actua­ban con total impu­ni­dad. Fue has­ta 1986 que se aca­bó con la dic­ta­du­ra del peque­ño Duva­lier, el cual vive inmen­sa­men­te rico y sin remor­di­mien­tos en Fran­cia, la cual lo pro­te­gió des­de que cayó en des­gra­cia. La jun­ta mili­tar que le siguió tuvo una vida efí­me­ra y se die­ron las pri­me­ras elec­cio­nes demo­crá­ti­cas en la his­to­ria de Hai­tí en 1990, las cua­les fue­ron gana­das por el sacer­do­te cató­li­co y por­ta­voz de la Teo­lo­gía de la Libe­ra­ción, Jean Ber­trand Aris­ti­de, quien había enca­be­za­do un vigo­ro­so movi­mien­to social lla­ma­do “Lava-las” que sig­ni­fi­ca avalancha.

Aris­ti­de fue derro­ca­do un año des­pués por un gori­la de tris­te memo­ria, Raoul Cedrás, y regre­sa­do al poder gra­caias a la inter­ven­ción de las fuer­zas arma­das nor­te­ame­ri­ca­nas en 1994. Su gobierno de ese enton­ces y el que se dio de 2000 a 2004 estu­vo muy lejos de cum­plir las expec­ta­ti­vas y la corrup­ción siguió sien­do escan­da­lo­sa. El actual pre­si­den­te, René Pre­val, fue un anti­guo alia­do de Aris­ti­de y, como es obvio, está total­men­te reba­sa­do por la emer­gen­cia. De por sí la ONU, des­de mucho antes del terre­mo­to, esta­ba jugan­do un papel impor­tan­te para res­ta­ble­cer cier­to orden ins­ti­tu­cio­nal en el país y, para ello, se había nom­bra­do a William Clin­ton como envia­do espe­cial. Tras los recien­tes acon­te­ci­mien­tos el de por sí ende­ble Esta­do ahi­tiano, para fines prác­ti­cos, no existe.

Como el ejér­ci­to de Hai­tí fue disuel­to para evi­tar los recu­rren­tes gol­pes mili­ta­res y la poli­cía es insu­fi­cien­te y se encuen­tra com­ple­ta­men­te reba­sa­da, se nece­si­tan sol­da­dos de otras nacio­nes para garan­ti­zar el orden y la segu­ri­dad, así como el correc­to repar­to de la ayu­da inter­na­cio­nal. Lo ideal es que esa labor la desem­pe­ñen los cas­cos azu­les de la ONU, que por cier­to ya se encon­tra­ban ahí aun­que en un núme­ro muy por deba­jo de las nece­si­da­des actua­les dadas las cir­cuns­tan­cias. Gene­ra sus­pi­ca­cia y remue­ve malos recuer­dos que sean los mari­nes nor­te­ame­ri­ca­nos los que se estén hacien­do car­go de la situa­ción y mul­ti­pli­can­do su núme­ro. Espe­re­mos que sea una medi­da tem­po­ral y tran­si­to­ria de bre­ve dura­ción que per­mi­ta a las bri­ga­das huma­ni­ta­rias y de res­ca­te hacer su tra­ba­jo en estos momen­tos de apre­mio y lue­go dejen su lugar a los sol­da­dos de las Nacio­nes Uni­das. Entre más rápi­do mejor.

A la de por sí his­tó­ri­ca fal­ta de esta­bi­li­dad, cons­tan­tes recaí­das en la dic­ta­du­ra y una pobre­za lace­ran­te y exten­di­da aho­ra se vino a sumar otra des­ven­tu­ra, pero está, a dife­ren­cia de las otras, no se le pue­de acha­car a los hom­bres. La catás­tro­fe natu­ral gol­peó de mane­ra con­tun­den­te. A la tra­ge­dia his­tó­ri­ca de siglos se le unió la tra­ge­dia de la tie­rra. Para muchos de los que nos mar­có el terre­mo­to de 1985 y recor­da­mos esos momen­tos de zozo­bra, dolor e impo­ten­cia como extre­mos y des­ga­rra­do­res nos es espe­luz­nan­te ima­gi­nar que se que­da­ron muy cor­tos a com­pa­ra­ción de lo que esta vivien­do hoy el pue­blo hai­tiano. Las cifras de muer­tos, heri­dos y dam­ni­fi­ca­dos es rela­ción con los habi­tan­tes del país pare­cen incon­ce­bi­bles. A final de cuen­tas, todo indi­ca que el núme­ro ini­cial de 100 mil muer­tos va a ser reba­sa­do por varias dece­nas de miles más. La fal­ta de
infra­es­truc­tu­ra y los daños a lo poco que había com­pli­ca la repar­ti­ción de la ayu­da y los esta­lli­dos, los saqueos, la vio­len­cia y los lin­cha­mien­tos hicie­ron su apa­ri­ción. Es ape­nas el comien­zo de un lar­go caminar.

Pero es ahí, en medio de la deso­la­ción y el horror, tan peque­ña como esta­ba en la Caja de Pan­do­ra, don­de se encuen­tra la espe­ran­za. La recons­truc­ción es una opor­tu­ni­dad, no sólo para la nación hai­tia­na sino tam­bién para la comu­ni­dad inter­na­cio­nal, de hacer las cosas de otra mane­ra y salir del círcu­lo vicio­so de pobre­za-auto­ri­ta­ris­mo-caos. Un país devas­ta­do solo pue­de rena­cer. Será un nue­vo ini­cio en el que espe­re­mos se apren­da de la his­to­ria y se creen con­di­cio­nes para que crez­ca eco­nó­mi­ca­men­te, la rique­za se dis­tri­bu­ya de mucho mejor mane­ra y haya edu­ca­ción de cali­dad con amplia cober­tu­ra para niños y jóve­nes. Si bien serán los hai­tia­nos los que deben tomar en sus manos sus futu­ro, en estos momen­tos la huma­ni­dad en su con­jun­to tie­ne una res­pon­sa­bi­li­dad que no pue­de rehuir. En Hai­tí todos esta­mos a prueba.

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