¿Qué hacer con nuestra gran guerra civil?

Es váli­do inten­tar man­dar al olvi­do a nues­tra gran gue­rra civil de hace 100 años, pero eso no sig­ni­fi­ca que el pasa­do haga caso y se vaya. La alter­na­ti­va es vol­ver a some­ter a examen a la Revo­lu­ción Mexi­ca­na, que no es otra cosa que exa­mi­nar­nos en el aquí y aho­ra. Los indi­vi­duos, como las colec­ti­vi­da­des, sólo pue­den enten­der a caba­li­dad su situa­ción y sus opcio­nes de futu­ro si son cons­cien­tes de lo que ya fue­ron e hicie­ron y asi­mi­lan posi­ti­va­men­te esa expe­rien­cia has­ta con­ver­tir­la en par­te de su car­ta de nave­ga­ción de cara al futuro.

Las revisiones

El inten­to de refle­xión sobre nues­tras gue­rras civi­les ha sido con­ti­nuo. A dife­ren­cia de lo que acon­te­ció en la URSS, en Méxi­co el jui­cio sobre el pasa­do es ejem­plo de plu­ra­lis­mo. En el cam­po de la his­to­ria de la Revo­lu­ción Mexi­ca­na, las ver­sio­nes siem­pre fue­ron varias y con­tras­tan­tes. José Vas­con­ce­los, por ejem­plo, ela­bo­ró una des­de su frus­tra­ción y des­de la dere­cha. Jesús Sil­va Her­zog pre­sen­tó otra, crí­ti­ca pero posi­ti­va. La lis­ta es lar­ga, en 1947 Daniel Cosío Ville­gas publi­có “La cri­sis de Méxi­co” don­de fun­da­men­tó por qué la Revo­lu­ción Mexi­ca­na había fra­ca­sa­do en su empe­ño últi­mo: hacer de Méxi­co un país jus­to, pero ten­dría éxi­to si podía rever­tir la ten­den­cia y vol­ver al espí­ri­tu ori­gi­nal. Y esa dis­cu­sión con­ti­núa has­ta el presente.

Ayer y hoy

En The Civic Cul­tu­re (Prin­ce­ton, N. J., Prin­ce­ton Uni­ver­sity, 1963), los pro­fe­so­res Gabriel Almond y Sid­ney Ver­ba exa­mi­na­ron las acti­tu­des y valo­res polí­ti­cos en cin­co paí­ses, uno de ellos Méxi­co. Entre sus muchos hallaz­gos hay uno que aquí impor­ta: el grue­so de los mexi­ca­nos se sen­tían orgu­llo­sos de los gran­des momen­tos de su his­to­ria polí­ti­ca, entre ellos el movi­mien­to de 1910. En con­tras­te, casi medio siglo más tar­de, una encues­ta de Con­sul­ta Mitofsky publi­ca­da el 15 de noviem­bre encon­tró que sólo el 11% de los mexi­ca­nos con­si­de­ra impor­tan­te cele­brar la Revo­lu­ción Mexi­ca­na. En un sen­ti­do esta­dís­ti­co, Bar­tra, Cas­ta­ñe­da y Agui­lar Camín le dan gran lan­za­da a moro muer­to, pues la acti­tud hoy domi­nan­te fren­te al movi­mien­to de 1910 es de indi­fe­ren­cia. Si Méxi­co está mal ‑y vaya que lo está- no es por­que sea “pri­sio­ne­ro de su his­to­ria” sino por otras razones.

Des­de aquí

Des­de el 2009, la gue­rra civil ini­cia­da hace un siglo debe ver­se, pri­me­ro, como resul­ta­do de un fra­ca­so mayúscu­lo de la éli­te del poder de enton­ces; su inca­pa­ci­dad de cam­bio, su abu­so del poder y su corrup­ción, la paga­ron muy caro todos. El movi­mien­to de 1910 fue de izquier­da, pero des­ata­do por el fra­ca­so de la derecha.

En la medi­da en que la lucha ini­cia­da por Made­ro puso fin a una dic­ta­du­ra ‑dic­ta­blan­da, para están­da­res actua­les- y a un sis­te­ma oli­gár­qui­co, ese movi­mien­to amplió los gra­dos de liber­tad de la socie­dad mexi­ca­na, pero final­men­te no alcan­zó su meta y a par­tir de 1940 las dere­chas, pues son varias, fue­ron las bene­fi­cia­das y no las mayorías.

Si la Revo­lu­ción Mexi­ca­na debe ser recor­da­da hoy, es para sacar una lec­ción de los erro­res de la eli­te que la moti­vó. Si debe ser cele­bra­da, debe ser­lo sólo por el espí­ri­tu que la ani­mó en sus mejo­res momen­tos: el espí­ri­tu de la jus­ti­cia. En una socie­dad dise­ña­da hace casi cin­co siglos como colo­nia de explo­ta­ción, como socie­dad de des­igua­les por natu­ra­le­za, la gue­rra civil de 1910–1920 lle­vó a una expan­sión de la con­cien­cia del dere­cho a la igual­dad. La refor­ma agra­ria fue el gran ins­tru­men­to del cam­bio, pero tuvo una
vigen­cia muy limi­ta­da, pues jus­to cuan­do se lle­vó a cabo, duran­te el car­de­nis­mo, Méxi­co empe­zó a dejar de ser la socie­dad rural de siglos para con­ver­tir­se en urba­na. Por otro lado, el nacio­na­lis­mo que enton­ces arrai­gó, cons­ti­tu­yó la úni­ca defen­sa posi­ble para un país pobre y vecino de una gran poten­cia, Esta­dos Uni­dos, que era y sigue sien­do, agre­si­va­men­te nacionalista.

El lado obscuro

El “sufra­gio efec­ti­vo” ‑moti­vo ini­cial de la rebe­lión- nun­ca tuvo opor­tu­ni­dad de ser efec­ti­vo y el pro­ce­so des­em­bo­có en la cons­truc­ción de uno de los sis­te­mas auto­ri­ta­rios más exi­to­sos del siglo XX. Al final, la gue­rra civil no logró la des­truc­ción del Por­fi­ria­to sino sim­ple­men­te su moder­ni­za­ción. El nue­vo sis­te­ma de poder ya no depen­dió de un dic­ta­dor sino de un par­ti­do que ya no esta­ba sos­te­ni­do sólo por una oli­gar­quía ‑base social siem­pre pre­ca­ria- sino que incor­po­ró, subor­di­nán­do­los, a obre­ros, cam­pe­si­nos, cla­se media y a la nue­va bur­gue­sía y con­tro­ló al Ejér­ci­to. La coop­ta­ción fue su arma más impor­tan­te de con­trol, pero cuan­do des­ató la repre­sión, ésta no tuvo más lími­te que la volun­tad presidencial.

El nue­vo régi­men for­ta­le­ció una cul­tu­ra cívi­ca basa­da en la simu­la­ción, en el des­pre­cio por la nor­ma jurí­di­ca y en el res­pe­to por la regla no escri­ta. La impu­ni­dad y la no ren­di­ción de cuen­tas deben poner­se en el lado nega­ti­vo de la Revo­lu­ción Mexi­ca­na. Final­men­te, la corrup­ción que hoy carac­te­ri­za a Méxi­co no tuvo su ori­gen en lo que ocu­rrió a par­tir de 1910, pero enton­ces echó raí­ces más profundas.

La oli­gar­quía Por­fi­ris­ta des­apa­re­ció, pero sur­gió otra, tan o más voraz que la ante­rior. La subor­di­na­ción de la nue­va oli­gar­quía al pre­si­den­cia­lis­mo auto­ri­ta­rio fue uno de sus lími­tes, pero al final del siglo pasa­do des­apa­re­ci­do ese pre­si­den­cia­lis­mo, la socie­dad mexi­ca­na que­dó a mer­ced de los actua­les “pode­res fác­ti­cos”, que son tan o más dañi­nos que los del pasado.

Un balan­ce siem­pre provisional

La rebe­lión de 1910 sur­gió de la deman­da de jus­ti­cia de una socie­dad por lar­go tiem­po humi­lla­da. De la explo­sión nació una uto­pía que por un tiem­po revi­ta­li­zó al pre­sen­te. Sin embar­go, ago­ta­da la pro­me­sa, el país des­em­bo­có en un arre­glo ins­ti­tu­cio­nal tan injus­to como corrup­to. La bús­que­da de la sal­va­ción indi­vi­dual vol­vió a ser la úni­ca moti­va­ción tan­to para las mayo­rías como para las éli­tes. Hoy, el lega­do de esa gran gue­rra civil es ambi­va­len­te y se le pue­de resu­mir así: la tole­ran­cia de la socie­dad ante la irres­pon­sa­bi­li­dad y corrup­ción de sus diri­gen­cias tie­ne un lími­te, pero la jus­ti­cia de una rebe­lión no es garan­tía sufi­cien­te de su éxi­to final. 

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