La ecología y el ser humano


El hábitat y el nicho ecológico

Dos con­cep­tos de estre­cha rela­ción con el eco­sis­te­ma son el hábi­tat y el nicho eco­ló­gi­co. El hábi­tat es el espa­cio físi­co de un eco­sis­te­ma que reúne las con­di­cio­nes natu­ra­les don­de viven deter­mi­na­das espe­cies y al cual se hallan adap­ta­das. El nicho eco­ló­gi­co es el modo en que un orga­nis­mo se rela­cio­na con los fac­to­res bió­ti­cos y abió­ti­cos de su ambien­te: las con­di­cio­nes físi­cas, quí­mi­cas y bio­ló­gi­cas que un orga­nis­mo nece­si­ta para vivir y repro­du­cir­se  en un eco­sis­te­ma. La Lom­bri­cul­tu­ra un ejemplo.

Producción primaria y la importancia prima de la flora

La casi tota­li­dad de los vege­ta­les (excep­to los hon­gos), así como cier­tos micro­or­ga­nis­mos dota­dos de deter­mi­na­dos pig­men­tos pare­ci­dos a los de las plan­tas supe­rio­res, son capa­ces de apro­ve­char direc­ta­men­te la ener­gía de las radia­cio­nes sola­res para sin­te­ti­zar molé­cu­las de glú­ci­dos a par­tir de sus­tan­cias inor­gá­ni­cas tan sen­ci­llas como el agua y el anhí­dri­do car­bó­ni­co. Este pro­ce­so fun­da­men­tal para la vida es el que se cono­ce como FOTO­SIN­TE­SIS. Los seres vivos al res­pi­rar con­su­men oxí­geno del aire y des­pren­den dió­xi­do de car­bono (anhí­dri­do car­bó­ni­co CO2). En con­tra­po­si­ción, las plan­tas, median­te la foto­sín­te­sis apro­ve­chan el dió­xi­do de car­bono para ela­bo­rar sus­tan­cias nutri­ti­vas y des­pren­den oxígeno.

Cadena alimentaria

En el fun­cio­na­mien­to de los eco­sis­te­mas no ocu­rre des­per­di­cio alguno: todos los orga­nis­mos muer­tos o vivos, son fuen­te poten­cial de ali­men­to para otros seres. Un insec­to se ali­men­ta de una hoja, un ave se come al insec­to que, a la ves, es devo­ra­da por un ave rapaz. Al morir estos orga­nis­mos son con­su­mi­dos por los des­com­po­ne­do­res que los trans­for­man en sus­tan­cias inor­gá­ni­cas. Los des­com­po­ne­do­res son bac­te­rias y hon­gos encar­ga­dos de con­su­mir los últi­mos res­tos orgá­ni­cos de pro­duc­to­res y con­su­mi­do­res muer­tos. Su fun­ción esen­cial es con­ver­tir la mate­ria dese­cha o muer­ta en molé­cu­las inor­gá­ni­cas sim­ples. De esta for­ma se reanu­da el ciclo cerra­do de la mate­ria, estre­cha­men­te vin­cu­la­do con el flu­jo de energía.

El ser humano en la biósfera, la peor plaga de todos los tiempos

En tan­to que orga­nis­mo, el ser humano se com­por­ta de mane­ra igual a una pla­ga: ha logra­do esca­par a sus con­tro­les bio­ló­gi­cos gra­cias, pri­me­ra­men­te, a la eli­mi­na­ción casi total de sus pro­pios pre­da­do­res y de sus com­pe­ti­do­res tró­fi­cos, y en segun­do lugar, a los pro­gre­sos cons­tan­tes de la medi­ci­na. La tasa de mor­ta­li­dad de la espe­cie huma­na ha dis­mi­nui­do espec­ta­cu­lar­men­te y el cre­ci­mien­to expo­nen­cial de la pobla­ción se ha con­ver­ti­do en un hecho. La pobla­ción mun­dial que no alcan­zó los 1 000 millo­nes de per­so­nas has­ta 1930, en 2010, reba­sa­mos los 7 000 millo­nes de seres humanos.

Demografía y subsistencia

El pro­ble­ma demo­grá­fi­co no se redu­ce a la difi­cul­tad físi­ca que supo­ne dis­po­ner sólo de unos pocos metros cua­dra­dos para cada ser humano: enla­za de mane­ra dra­má­ti­ca con el pro­ble­ma del ham­bre. En efec­to, aun­que el ham­bre es tan vie­jo,  como la huma­ni­dad, la explo­sión demo­grá­fi­ca de los últi­mos dece­nios hace temer que el des­equi­li­brio entre el núme­ro de con­su­mi­do­res y el volu­men de ali­men­tos y recur­sos pue­da lle­gar a ser insal­va­ble en fechas no muy leja­nas, como ya esta ocu­rrien­do. Es indu­da­ble por otra par­te, que el cre­ci­mien­to demo­grá­fi­co va uni­do a la urba­ni­za­ción de impor­tan­tes áreas de sue­los con agrí­co­las y a exi­gen­cias cada ves mayo­res de recur­sos hídri­cos por par­te de los gran­des cen­tros urba­nos, esto,  sin con­tar con los pro­ble­mas que intro­du­cen los con­ta­mi­nan­tes quí­mi­cos, entre los abo­nos, her­bi­ci­das y pla­gui­ci­das que ocu­pan luga­res destacados.

Algunas peculiaridades ecológicas del ser humano

El hom­bre es una espe­cie ani­mal con par­ti­cu­la­ri­da­des  sin­gu­la­res por lo que se refie­re a su com­por­ta­mien­to eco­ló­gi­co. La más impor­tan­te es, sin duda, la que podría deno­mi­nar­se META­BO­LIS­MO CUL­TU­RAL O METABOLISMO
EXTRA­COR­PO­REO,  es decir, el con­su­mo de ele­va­das can­ti­da­des de ener­gía para satis­fa­cer nece­si­da­des no estric­ta­men­te liga­das a la bio­lo­gía de la espe­cie (trans­por­te, infor­má­ti­ca, cale­fac­ción, indus­tria, etc.) En cual­quier país, las cla­ses que poseen los medios de pro­duc­ción, con­su­men muchí­si­ma más ener­gía que los trabajadores.

El trans­por­te, ade­más de un gran con­su­mo de ener­gía, trae con­si­go acu­mu­la­cio­nes impor­tan­tes de mate­ria­les difí­ci­les o impo­si­bles de reciclar.

El ser humano, muy par­ti­cu­lar­men­te el de las gran­des aglo­me­ra­cio­nes urba­nas no sólo es crea­dor de uten­si­lios y con­su­mi­dor de ener­gía, es tam­bién gran pro­duc­tor y acu­mu­la­dor de resi­duos. La aglo­me­ra­ción de estos en el aire,  en las aguas, en el sue­lo y en el sub­sue­lo, cons­ti­tu­ye lo que se cono­ce como contaminación.

Regresión de los ecosistemas explotados

 En nume­ro­sas regio­nes del glo­bo, la defo­res­ta­ción ha cons­ti­tui­do y cons­ti­tu­ye aún el pri­mer paso para la des­truc­ción de los eco­sis­te­mas natu­ra­les, y tras ella ha lle­ga­do la ero­sión ace­le­ra­da del sue­lo. Si en otros tiem­pos las cau­sas más impor­tan­tes de la defo­res­ta­ción fue­ron la nece­si­dad de rotu­rar nue­vas tie­rras para pas­tos y cul­ti­vos, y la explo­ta­ción de la made­ra como mate­rial de cons­truc­ción y como com­bus­ti­ble, en la actua­li­dad, en muchos paí­ses han veni­do a unir­se a ellas la explo­ta­ción para obte­ner pas­ta para papel. A la defo­res­ta­ción por la acción huma­na volun­ta­ria hay que aña­dir las des­truc­cio­nes oca­sio­na­das por el fuego.

Contaminación por tierra, mar y aire

En nues­tro tiem­po, la con­ta­mi­na­ción se ha con­ver­ti­do en una idea poco menos que obse­sio­nan­te. Para muchos, eco­lo­gía y con­ta­mi­na­ción son pala­bras total­men­te inse­pa­ra­bles. En reali­dad, la con­ta­mi­na­ción es sólo un aspec­to, el más espec­ta­cu­lar sin duda, de la fal­ta de res­pe­to del ser humano, por los equi­li­brios natu­ra­les y el des­pil­fa­rro de los recur­sos natu­ra­les que exi­gen mode­los eco­nó­mi­cos actual­men­te vigen­tes en la mayor par­te de los paí­ses desarrollados.

En reali­dad, el con­cep­to de con­ta­mi­na­ción más que cien­tí­fi­co, es legal, de uso. Con­ta­mi­na­ción es la pre­sen­cia de un deter­mi­na­do medio de algo que lo hace inade­cua­do para el uso a lo cual esta des­ti­na­do. De ahí que sea posi­ble hablar de con­ta­mi­na­ción orgá­ni­ca, quí­mi­ca, radio­ac­ti­va, o térmica.

La con­ta­mi­na­ción orgá­ni­ca afec­ta fun­da­men­tal­men­te a las aguas como con­se­cuen­cia de los ver­ti­dos resi­dua­les de ori­gen urbano. Mas gra­ve resul­ta la con­ta­mi­na­ción quí­mi­ca  por lo que se refie­re a las aguas, de ver­ti­dos indus­tria­les, pla­gui­ci­das, pes­ti­ci­das, her­bi­ci­das, tam­bién por ver­ti­dos urba­nos ricos en deter­gen­tes. Entre los con­ta­mi­nan­tes quí­mi­cos más impor­tan­tes figu­ran los com­pues­tos de meta­les pesados.

La con­ta­mi­na­ción tér­mi­ca afec­ta a las aguas  don­de se vier­ten las de refri­ge­ra­ción o resi­dua­les de cen­tra­les eléc­tri­cas, tér­mi­cas o nuclea­res, y se tra­du­cen en un aumen­to de la tem­pe­ra­tu­ra que reci­ben este impacto.

La con­ta­mi­na­ción atmos­fé­ri­ca afec­ta fun­da­men­tal­men­te a las gran­des aglo­me­ra­cio­nes urba­nas e indus­tria­les, las cua­les son asi­mis­mo su cau­sa o fuen­tes de emi­sión más impor­tan­tes. La reper­cu­sión de la con­ta­mi­na­ción atmos­fé­ri­ca sobre la salud del ser humano que habi­ta en las áreas de mayor con­cen­tra­ción urba­na e indus­trial, en par­ti­cu­lar aque­llas que por sus con­di­cio­nes topo­grá­fi­cas o cli­má­ti­cas faci­li­tan la per­ma­nen­cia de los gases y par­tí­cu­las emi­ti­dos en los nive­les pró­xi­mos al suelo.

Hacia la utilización racional de los recursos naturales.

El pano­ra­ma des­cri­to res­pec­to a la acción del ser humano sobre la natu­ra­le­za, no pue­de con­si­de­rar­se opti­mis­ta: ame­na­zas de fal­ta de ali­men­tos y de espa­cio, cri­sis ener­gé­ti­ca, dila­pi­da­ción de los recur­sos, con­ta­mi­na­cio­nes de toda laya. Sin duda el hom­bre y con él, toda la bios­fe­ra, tie­ne plan­tea­da para las pró­xi­mas déca­das y gene­ra­cio­nes, una situa­ción sin pre­ce­den­tes en las his­to­ria: la super­vi­ven­cia de uno y otra esta en jue­go. Cier­ta­men­te, el ser humano es una espe­cie domi­nan­te en todos los sen­ti­dos de
la pao­la­bra; lo es a un nivel muy supe­rior al cual­quier otro orga­nis­mo. De sobre­vi­vir, ten­drá que hacer­lo en una natu­ra­le­za pro­fun­da­men­te modi­fi­ca­da por el mismo.

Nadie quie­re hablar de limi­tar el cre­ci­mien­to de las gran­des ciu­da­des, pero si tam­po­co se resuel­ven los pro­ble­mas de sepa­ra­ción de dese­chos y su reci­cla­je y estos se siguen acu­mu­lan­do en ver­te­de­ros al aire libre, ¿como hablar del equi­li­brio de la pobla­ción humana?

Ade­más, muchos de los resul­ta­dos nega­ti­vos de las impre­vi­sio­nes, de las actua­cio­nes irres­pe­tuo­sas para con los equi­li­brios natu­ra­les, son pre­sen­ta­dos como un mal nece­sa­rio, como pre­cio del progreso.

Debe de edu­car­se a los indi­vi­duos res­pon­sa­bi­li­dad de los gobier­nos, la edu­ca­ción, la cien­cia y la tec­no­lo­gía, no sólo para que res­pe­ten la Natu­ra­le­za, sino para que, si es pre­ci­so, superen el nivel de des­co­no­ci­mien­to y actúen con posi­cio­nes racio­na­les fren­te a cual­quier pro­ble­ma. Los estu­dios al res­pec­to, demues­tran que,  con las mis­mas con­di­cio­nes socio­eco­nó­mi­cas, los indi­vi­duos anal­fa­be­tos pro­du­cen menos, se ali­men­tan con mayor defi­cien­cia y pla­ni­fi­can peor a su familia.

Sólo una toma de con­cien­cia de la uni­dad fun­cio­nal del hom­bre con el res­to de la  natu­ra­le­za, de su res­pon­sa­bi­li­dad cre­cien­te fren­te al equi­li­brio glo­bal del mun­do don­de vive, que con­duz­ca a una uti­li­za­ción racio­nal de la ener­gía y de los recur­sos natu­ra­les y a un res­pe­to por los meca­nis­mos de regu­la­ción de la Natu­ra­le­za pue­de per­mi­tir la super­vi­ven­cia huma­na en una Madre tie­rra, real­men­te habitable.

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