Libros y poder

Apa­ren­tar cul­tu­ra en una rue­da de pren­sa no es muy difí­cil. Bas­ta que un ase­sor te pase una tar­je­ta en la que inven­ta tu bibliografía.

Los polí­ti­cos han desa­rro­lla­do argu­cias para com­pla­cer a los escri­to­res (cuya vani­dad es fácil de tocar). Nor­man Mai­ler con­ta­ba que John F. Ken­nedy ejer­cía un méto­do infa­li­ble: no elo­gia­ba a un nove­lis­ta por su obra más cono­ci­da, sino por algún volu­men mar­gi­nal o inclu­so fra­ca­sa­do. Ante esa ines­pe­ra­da men­ción, el autor se sen­tía al fin com­pren­di­do. De acuer­do con el méto­do Ken­nedy, si uno se encuen­tra a Gabriel Gar­cía Már­quez, no debe enco­miar Cien años de sole­dad sino Ojos de perro azul.

Por lo demás, tener afi­cio­nes cul­tu­ra­les genui­nas no garan­ti­za un buen desem­pe­ño polí­ti­co. Rod Bla­go­je­vich, ex gober­na­dor de Illi­nois que reci­ta a Kipling de memo­ria, aca­ba de ser sen­ten­cia­do por car­gos de corrup­ción. Y no hay que olvi­dar que Hitler fue un pin­tor apa­sio­na­do (Kokosch­ka no se per­do­na­ría haber­le gana­do una beca: si se la hubie­ran dado a Hitler, habría deja­do la polí­ti­ca). Un artis­ta pue­de ser un cre­tino e inclu­so un criminal.

Ya tuvi­mos un Pre­si­den­te con velei­da­des de escri­tor. José López Por­ti­llo fus­ti­ga­ba el len­gua­je para decir que sus enemi­gos eran “enanos del tapan­co” y “zara­tus­tras”. Tris­te­men­te, es recor­da­do por una fra­se poco lite­ra­ria, su incum­pli­da pro­me­sa de “defen­der el peso como perro”.

“Somos los libros que nos han hecho mejo­res”, escri­bió Bor­ges. La fra­se admi­te un com­ple­men­to: el efec­to de la lec­tu­ra no es auto­má­ti­co; es nece­sa­rio que­rer mejo­rar­se en ella. Un cam­pe­sino anal­fa­be­ta pue­de tener una moral más alta que un pro­fe­sor de Har­vard. Los libros mejo­ran a quien así lo decide.

Lo que está en jue­go en el caso Peña Nie­to no es su acer­ca­mien­to a la cul­tu­ra, sino lo que su pifia expre­sa de su con­di­ción polí­ti­ca. El hom­bre que muchos ven como vir­tual Pre­si­den­te asis­tió a un acto públi­co sin la menor pre­pa­ra­ción. ¿Actua­rá con la mis­ma super­fi­cia­li­dad en otras áreas? Hubie­ra sido sen­ci­llo que alguien de su equi­po le pasa­ra una lis­ta con sufi­cien­tes auto­res nacio­na­les para lucir patrio­ta, pero se sin­tió tan enci­ma de la cir­cuns­tan­cia que ni siquie­ra bus­có una excu­sa del tipo: “Pre­fie­ro no decir títu­los para no dejar fue­ra a nadie”. Habló como quien cum­ple una ruti­na iner­te, mos­tran­do las posi­bi­li­da­des de un hom­bre hue­co. No se equi­vo­có un líder sino un robot. Peña Nie­to no dela­tó que esta­ba mal pre­pa­ra­do, sino mal programado.

Tam­po­co cal­cu­ló el para­dó­ji­co peso que los libros tie­nen en un país don­de los maes­tros no leen pero se espe­ra que un líder sea tan excep­cio­nal que pue­da men­cio­nar tres títulos.

En Méxi­co los libros adquie­ren una fuer­za social com­pen­sa­to­ria. Se habla de ellos en el tono reve­ren­cial que se le otor­ga al obje­to sagra­do, o por lo menos inac­ce­si­ble. Esto expli­ca que en Twit­ter la lagu­na cul­tu­ral de Peña Nie­to se trans­for­ma­ra en un diná­mi­co tren­ding topic. ¿Cómo eva­luar la con­de­na masi­va en las redes socia­les? La lec­ción polí­ti­ca pare­ce ser la siguien­te: cau­sa escán­da­lo que el pode­ro­so no domi­ne una acti­vi­dad que casi nadie prac­ti­ca, pero que se con­si­de­ra posi­ti­va; el libro pue­de ser igno­ra­do por la mayo­ría, pero no por quien pre­ten­de gober­nar. Al modo de una bola de cris­tal, seme­ja un recur­so de poder, intan­gi­ble y ora­cu­lar. Por eso los polí­ti­cos sue­len tener biblio­te­cas esce­no­grá­fi­cas que no han leído.

El affai­re tam­bién reve­la el des­pla­za­mien­to del jui­cio al que somos tan pro­cli­ves. La inca­pa­ci­dad de Peña Nie­to no se juz­ga en su cam­po de acción. El polí­ti­co mexi­quen­se repre­sen­ta el nue­vo esla­bón de la impu­ni­dad. Los 71 años en que el PRI con­fun­dió lo públi­co y lo pri­va­do regre­san de la mano de quien per­fec­cio­nó la opa­ci­dad ante los deli­tos de Aten­co y Artu­ro Mon­tiel. Eso bas­ta­ría para inva­li­dar su can­di­da­tu­ra. Pero el con­sen­so no depen­de de la infor­ma­ción. ¿La mala memo­ria de quie­nes lo man­tie­nen como favo­ri­to en las encues­tas será pues­ta a prue­ba por la mala memo­ria del polí­ti­co ante la literatura?

De 116 millo­nes de mexi­ca­nos, sólo 500 mil com­pra­mos libros por gus­to. Inte­gra­mos un gru­púscu­lo que tra­ta de ampliar­se con entu­sias­mo y pocos logros. Para la mayo­ría de la pobla­ción, lo impor­tan­te es que lea el Otro, el “picu­do”, es decir, el Presidente.

El ridícu­lo de Gua­da­la­ja­ra no defi­ni­rá la cam­pa­ña elec­to­ral; sin embar­go, reve­ló que en un país don­de las repre­sen­ta­cio­nes son más impor­tan­tes que los hechos, los sím­bo­los tam­bién votan.

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