Matar el futuro: el asesinato de tres jóvenes y la historia de las normales rurales

Hace más de 10 años visi­té la mayo­ría de los 17 plan­te­les y reco­pi­lé esas his­to­rias en un lar­go repor­ta­je que se con­vir­tió en mi tesis de licen­cia­tu­ra de la carre­ra de Cien­cias de la Comu­ni­ca­ción en la Facul­tad de Cien­cias Polí­ti­cas y Socia­les. El últi­mo capí­tu­lo lo titu­lé: “No hay futu­ro”. Cuan­do Efraín Pérez Espino, enta­ña­ble ami­go, gran aca­dé­mi­co y quien coor­di­nó mi tesis, leyó esa fra­se levan­tó la ceja y me pre­gun­tó por qué el pesimismo.

Le dije que esta­ba segu­ra y lo sigo cre­yen­do.  Se aca­bó el futu­ro para las nor­ma­les rura­les. Des­de hace años he vis­to como matan a este pro­yec­to que fue orgu­llo de la Revo­lu­ción Mexi­ca­na, como a Jor­ge Ale­xis Herre­ra Pino, Gabriel Eche­ve­rría de Jesús y José David Espí­ri­tu, en el asfal­to de una súper auto­pis­ta. Por años me he pre­gun­ta­do cuán­do van a refor­mar estas escue­las pero no pasan­do por enci­ma de su valio­so mode­lo sino enri­que­cién­do­lo. Cla­ro, cómo lo van a hacer si en este país muchos nie­gan, inten­tan some­ter y arra­san al Méxi­co rural.

La mejor demos­tra­ción de ello es que sus escue­las ope­ran en medio de gra­ves con­flic­tos, un dudo­so nivel aca­dé­mi­co, pre­su­pues­tos insu­fi­cien­tes y un cre­cien­te núme­ro de egre­sa­dos sin empleo. En con­clu­sión: están a la ori­lla de la edu­ca­ción y a pocos les impor­ta. Por eso ocu­rren estos crí­me­nes y no pasa nada. Mal­di­ta sea.

Hace una déca­da, cuan­do entré por pri­me­ra vez a la nor­mal rural de Ayotzi­na­pa, Gue­rre­ro ‑don­de estu­dia­ban estos tres jóve­nes- me lla­ma­ron la aten­ción dos efi­gies del Che Gue­va­ra y de Lucio Caba­ñas pin­ta­das en sus muros y que los mucha­chos reto­can religiosamente.

Como las otras 16 nor­ma­les sobre­vi­vien­tes al olvi­do del Esta­do mexi­cano, la de Ayotzi­na­pa lan­gui­de­ce y qui­zá por eso sus estu­dian­tes estén más afe­rra­dos a defen­der­las ins­pi­ra­dos en figu­ras revo­lu­cio­na­rias como la del Che que para algu­nos aho­ra no dicen mucho, pero que qui­zá para ellos encar­nan la per­ma­nen­cia del úni­co mode­lo edu­ca­ti­vo al que tie­nen acce­so en un cam­po devas­ta­do por las polí­ti­cas moder­ni­za­do­ras que han bene­fi­cia­do a pocos y bene­fi­cia­do a muchos. Com­pren­dí que estos mucha­chos tenían pocas opcio­nes: la migra­ción, des­gra­cia­da­men­te el nar­co­trá­fi­co o estu­diar y lue­go dar cla­ses. Era mejor que se con­vir­tie­ran en maes­tros, pensé.

Las nor­ma­les rura­les son un caso úni­co en la his­to­ria de la edu­ca­ción en Méxi­co. Con ellas se dio res­pues­ta a las deman­das edu­ca­ti­vas hechas por los cam­pe­si­nos duran­te la Revo­lu­ción Mexi­ca­na y adqui­rie­ron tal noto­rie­dad que con el tiem­po se con­vir­tie­ron en una espe­cie de uni­ver­si­da­des para los hijos de cam­pe­si­nos, en 1968 suma­ban 29 y des­pués de la revuel­ta estu­dian­til Gus­ta­vo Díaz Ordaz cerró la mitad.

La cali­dad de la edu­ca­ción impar­ti­da en sus aulas era ele­va­da y ahí se for­ma­ron muchos per­so­na­jes rele­van­tes de la his­to­ria de Méxi­co para bien o mal. Des­de diri­gen­tes del SNTE como el recien­te­men­te falle­ci­do Car­los Jon­gui­tud Barrios, ex gober­na­do­res como Enri­que Oli­va­res San­ta­na o Libe­ra­to Mon­te­ne­gro lo mis­mo que líde­res gue­rri­lle­ros como Caba­ñas, polí­ti­cos y lucha­do­res socia­les de dife­ren­tes ideologías.

Tie­nen varios ras­gos que las dis­tin­guen de otras escue­las nor­ma­les, el prin­ci­pal es que sus estu­dian­tes viven en régi­men de inter­na­do. Cuan­do abrie­ron sus aulas, hace 80 años, los jóve­nes no podían ir y regre­sar a sus ale­ja­das casas, enton­ces encon­tra­ron abri­go en estas escue­las-hogar. Por ese moti­vo es común que se esta­ble­cen lazos de soli­da­ri­dad muy fuer­tes en el estu­dian­ta­do,  y que su mane­jo sea suma­men­te com­ple­jo para direc­ti­vos, maes­tros y autoridades.

Aho­ra las escue­las des­fa­lle­cen un poco como el cam­po mexi­cano, con sus anhe­los y para­do­jas y pade­cien­do el evi­den­te desin­te­rés de las
auto­ri­da­des esta­ta­les, edu­ca­ti­vas e inclu­so del sin­di­ca­to magis­te­rial, su bene­fac­tor en el pasa­do. Bas­ta recor­dar que el año pasa­do la lide­re­sa del SNTE, Elba Esther Gor­di­llo, las cali­fi­có de “mons­truos” y pro­pu­so con­ver­tir­las en escue­las de turis­mo.

Por eso las huel­gas, los plan­to­nes, la radi­ca­li­za­ción (como vimos cuan­do los alum­nos de Ayotzi­na­pa pren­die­ron fue­go a una gaso­li­ne­ra) el encar­ce­la­mien­to y la repre­sión son recu­rren­tes. Aden­tro de los plan­te­les se da la agi­ta­ción que a veces de tra­du­ce en “auto­go­bierno” del estu­dian­ta­do,  la inevi­ta­ble ines­ta­bi­li­dad aca­dé­mi­ca y las movi­li­za­cio­nes mez­cla­das con intere­ses polí­ti­cos, son tan anti­guas como sus esca­ra­pe­la­dos edificios.

No hay futu­ro, como no lo hay para millo­nes de jóve­nes en Méxi­co. Y me pre­gun­to cuán­to tiem­po la mayo­ría de las éli­tes segui­rán indi­fe­ren­tes, igno­ran­tes, insen­si­bles, enri­que­cién­do­se mien­tras se mue­re nues­tro futu­ro. Y tam­bién me pre­gun­to qué vamos a hacer noso­tros, por­que esas éli­tes ya demos­tra­ron que les impor­ta poco el país. Mal­di­ta sea.

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