Neoliberalismos, formación y educación

 

En el pro­yec­to neo­li­be­ral el pro­to­ti­po de ciu­da­dano libe­ral es el que se abs­tie­ne de cual­quier pen­sa­mien­to crí­ti­co y, sobre todo, de par­ti­ci­par en ins­tan­cias comu­ni­ta­rias. Y a la for­ma­ción de esa cul­tu­ra de abs­ten­ción volun­ta­ria con­tri­bu­ye de modo espe­cial la tele­vi­sión. En sí mis­ma la tele­vi­sión es un pode­ro­so ins­tru­men­to de for­ma­ción e infor­ma­ción. Pero pue­de ser con­ver­ti­do fácil­men­te en meca­nis­mo de defor­ma­ción y des­in­for­ma­ción, sobre todo si se engan­cha a la maqui­na­ria publi­ci­ta­ria que rige el mer­ca­do. Así, la mis­ma tele­vi­sión se vuel­ve un pro­duc­to para ser con­su­mi­do y por lo tan­to cen­tra­do en el aumen­to en los índi­ces de audien­cia. Para ello se recu­rre a todo tipo de  estra­te­gias, con tal que los teles­pec­ta­do­res se sien­tan atraí­dos por las imá­ge­nes sensacionales.

Según Freí Bet­to, cono­ci­do comu­ni­có­lo­go bra­si­le­ño, el pro­ble­ma es que la ven­ta­na elec­tró­ni­ca está abier­ta hacia aden­tro del núcleo fami­liar. “Es ahí don­de ella des­car­ga la pro­fu­sión de imá­ge­nes y alcan­za indis­tin­ta­men­te a niños y adul­tos, sin el menor escrú­pu­lo en lo refe­ren­te al uni­ver­so de valo­res de la fami­lia. Si la tele­vi­sión tras­mi­tie­se cul­tu­ra –todo cuan­to mejo­ra nues­tra con­cien­cia y nues­tro espí­ri­tu- sería l más pode­ro­so vehícu­lo de edu­ca­ción. Es ver­dad que no deja de hacer­lo, pero la regla gene­ral no son los pro­ble­mas de den­si­dad cul­tu­ral, sino el mero entre­te­ni­mien­to: dis­trae, divier­te y, sobre todo, abre la caja de pan­do­ra de nues­tros deseos incon­fe­sa­bles.”  La ima­gen que “dice” lo que no nos atre­ve­mos a pronunciar.

Al supe­rar el diá­lo­go entre padres e hijos e impo­ner­se como inter­lo­cu­to­ra hege­mó­ni­ca den­tro el núcleo fami­liar, la tele­vi­sión alte­ra las refe­ren­cias sim­bó­li­cas fun­da­men­ta­les del siquis­mo infan­til. Es median­te el habla como una gene­ra­ción tras­mi­te a otra, creen­cias, valo­res, nom­bres pro­pios, mega rela­tos, genea­lo­gías, ritos, rela­cio­nes socia­les, etc. Tras­mi­te inclu­so la mis­ma acti­tud huma­na del uso de la pala­bra a tra­vés del cual se teje nues­tra sub­je­ti­vi­dad y nues­tra iden­ti­dad. Es esa inter­ac­ción, pro­pi­cia­da por el diá­lo­go oral, o la dis­cu­sión, cara a cara como nos edu­ca las rela­cio­nes de alte­ri­dad, nos hace reco­no­cer el yo delan­te del otro, así como las múl­ti­ples cone­xio­nes que unen a uno con otro, tales como emo­cio­nes, imá­ge­nes pro­vo­ca­das por ges­tos, expre­sio­nes facia­les car­ga­das de sen­ti­mien­tos y razo­na­mien­tos diferentes.

El habla o el diá­lo­go demar­can las refe­ren­cias fun­da­men­ta­les a nues­tro equi­li­brio síqui­co, como la iden­ti­fi­ca­ción del tiem­po (aho­ra) y del espa­cio (Aquí) y de los lími­tes de mi ser en rela­ción a los demás. Si el habla se redu­ce a una cata­ra­ta de imá­ge­nes que tra­tan de exa­cer­bar el sen­ti­do, las refe­ren­cias sim­bó­li­cas del joven o el niño corren peli­gro. El niño o el joven sien­te la difi­cul­tas de cons­truir su uni­ver­so sim­bó­li­co no adqui­rien­do sen­ti­dos de tem­po­ra­li­dad e his­to­ri­ci­dad. Todo se redu­ce al “aquí y aho­ra”, a la simul­ta­nei­dad. La mis­ma tec­no­lo­gía que redu­ce dis­tan­cias en tiem­po real –inter­net, telé­fono celu­lar, etc- favo­re­cen una sen­sa­ción de ubi­cui­dad: “yo no estoy en nin­gún lugar por­que estoy en todos”. Muchos pro­fe­so­res se que­jan de que los alum­nos ya no están aten­tos en las cla­ses. Cla­ro, el sue­ño de ellos sería poder cam­biar al pro­fe de canal…

Muchos niños y jóve­nes mues­tran difi­cul­tad para expre­sar­se por­que no saben oír. Poseen un racio­ci­nio con­fu­so en el que la lógi­ca res­ba­la fre­cuen­te­men­te en el alu­vión de sen­ti­mien­tos con­tra­dic­to­rios. Creen sobre todo, que son inven­to­res del hilo negro y por tan­to no les intere­sa el patri­mo­nio cul­tu­ral de las gene­ra­cio­nes ante­rio­res (el finan­cie­ro sí, sin duda). De ese modo la cul­tu­ra pier­de refi­na­mien­to y pro­fun­di­dad, se con­fi­na a la simu­la­ción y el talk-shaow don­de cada uno opi­na según su reac­ción inme­dia­ta, sin reco­no­cer la
com­pe­ten­cia del otro. En el caso de la escue­la este otro es el pro­fe­sor, vis­to no sólo como des­po­ja­do de auto­ri­dad, sino, sobre todo, como quien abu­sa de su poder y no admi­te que los alum­nos le tra­ten de igual a igual… Aho­ra bien, ya que el pro­fe­sor no “escu­cha”,  enton­ces sólo hay un medio de hacer­lo oír: la vio­len­cia. Pues son edu­ca­dos por la tele­vi­sión, en la cual no se da el ejer­ci­cio de la argu­men­ta­ción pacien­te, de la cons­truc­ción escla­re­ce­do­ra, del per­fec­cio­na­mien­to del sen­ti­do crí­ti­co. Es el ince­san­te toma y daca, y casi siem­pre a base de coacción.

Por eso se cae en una edu­ca­ción cali­fi­ca­da por Jean Clau­de Michea de “diso­lu­ción de la lógi­ca”. Se deja de dis­tin­guir entre lo prin­ci­pal de lo secun­da­rio, de per­ci­bir el tex­to en su con­tex­to, de incluir lo par­ti­cu­lar en el telón de fon­do de lo gene­ral, para aca­tar pasi­va­men­te las pre­sio­nes de con­su­mo que inten­tan trans­for­mar los valo­res éti­cos en meros valo­res pecu­nia­rios, o sea todo es mer­ca­do­tec­nia, y es su pre­cio el que le impri­me a quien lo posee, deter­mi­na­do valor social, aun­que no ten­ga carác­ter. Se pres­cin­de del acto de pen­sar, refle­xio­nar, cri­ti­car y espe­cial­men­te de par­ti­ci­par en el pro­yec­to de trans­for­mar la reali­dad. Todo pasa a ser una cues­tión de con­ve­nien­cia, gus­to per­so­nal, sim­pa­tía. Tam­bién son con­si­de­ra­dos comer­cia­bles los votos, la bio­di­ver­si­dad, la defen­sa del medio ambien­te, la res­pon­sa­bi­li­dad social de las empre­sas, el geno­ma, los órga­nos extraí­dos a los niños y adul­tos. Se exclu­ye las dro­gas, sólo para enca­re­cer el pre­cio. Kin­chil, Yuc; noviem­bre 2008.

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