Plan de San Luis

Hace muchos años se sien­te en toda la Repú­bli­ca pro­fun­do males­tar, debi­do a tal régi­men de Gobierno; pero el gene­ral Díaz, con gran astu­cia y per­se­ve­ran­cia, había logra­do ani­qui­lar todos los ele­men­tos inde­pen­dien­tes, de mane­ra que no era posi­ble orga­ni­zar nin­gu­na cla­se de movi­mien­to para qui­tar­le el poder de que tan mal uso hacía. El mal se agra­va­ba cons­tan­te­men­te, y el deci­di­do empe­ño del gene­ral Díaz de impo­ner a la Nación un suce­sor, y sien­do este el señor Ramón Corral, lle­vó ese mal a su col­mo y deter­mi­nó que muchos mexi­ca­nos, aun­que caren­tes de reco­no­ci­da per­so­na­li­dad polí­ti­ca, pues­to que había sido impo­si­ble labrár­se­la duran­te 36 años de Dic­ta­du­ra, nos lan­zá­ra­mos a la lucha, inten­ta­do recon­quis­tar la sobe­ra­nía del pue­blo y sus dere­chos en el terreno neta­men­te democrático.

Entre otros par­ti­dos que ten­dían al mis­mo fin, se orga­ni­zó el Par­ti­do Nacio­nal Anti­rree­lec­cio­nis­ta, pro­cla­man­do los prin­ci­pios de SUFRA­GIO EFEC­TI­VO Y NO REELEC­CIÓN, como úni­cos capa­ces de sal­var a la Repú­bli­ca del inmi­nen­te peli­gro con que la ame­na­za­ba la pro­lon­ga­ción de una dic­ta­du­ra cada día mas one­ro­sa, mas des­pó­ti­ca, y más inmoral.

El pue­blo mexi­cano secun­dó efi­caz­men­te a ese par­ti­do y, res­pon­dien­do el lla­ma­do que se hizo, man­dó a sus repre­sen­tan­tes a una Con­ven­ción, en la que tam­bién estu­vo repre­sen­ta­do el Par­ti­do Nacio­nal Demo­crá­ti­co, que así mis­mo inter­pre­ta­ba los anhe­los popu­la­res. Dicha Con­ven­ción desig­nó sus can­di­da­tos para la Pre­si­den­cia y Vice­pre­si­den­cia de la Repú­bli­ca, reca­yen­do esos nom­bra­mien­tos en el señor Dr. Fran­cis­co Váz­quez Gómez y en mí para los car­gos res­pec­ti­vos de Vice­pre­si­den­te y Pre­si­den­te de la República.

Aun­que nues­tra situa­ción era suma­men­te des­ven­ta­jo­sa por­que nues­tros adver­sa­rios con­ta­ban con todo el ele­men­to ofi­cial, en el que se apo­ya­ban sin escrú­pu­los, creí­mos de nues­tro deber, para ser­vir la cau­sa del pue­blo, acep­tar tan hon­ro­sa desig­na­ción. Imi­tan­do las sabias cos­tum­bres de los paí­ses repu­bli­ca­nos, reco­rrí par­te de la Repú­bli­ca hacien­do un lla­ma­mien­to a mis com­pa­trio­tas. Mis giras fue­ron ver­da­de­ras mar­chas triun­fa­les, pues por don­de quie­ra el pue­blo, elec­tri­za­do por las pala­bras mági­cas de SUFRA­GIO EFEC­TI­VO Y NO REELEC­CIÓN, daba prue­bas evi­den­tes de su inque­bran­ta­ble reso­lu­ción de obte­ner el triun­fo de tan sal­va­do­res prin­ci­pios. Al fin, lle­gó un momen­to en que el gene­ral Díaz se dió cuen­ta de la ver­da­de­ra situa­ción de la Repú­bli­ca y com­pren­dió que no podía luchar ven­ta­jo­sa­men­te con­mi­go en el cam­po de la Demo­cra­cia, y me man­dó redu­cir a pri­sión antes de las elec­cio­nes, las que se lle­va­ron a cabo exclu­yen­do al pue­blo de los comi­cios por medio de la vio­len­cia, lle­nan­do las pri­sio­nes de ciu­da­da­nos inde­pen­dien­tes y come­tien­do los frau­des más desvergonzados.

En Méxi­co, como Repú­bli­ca Demo­crá­ti­ca, el poder públi­co no pue­de tener otro ori­gen ni otra base que la volun­tad nacio­nal, y esta no pue­de ser supe­di­ta­da a fór­mu­las lle­va­das a cabo de un modo fraudulento. 

Por este moti­vo el pue­blo mexi­cano ha pro­tes­ta­do con­tra la ile­ga­li­dad de las últi­mas elec­cio­nes; y que­rien­do emplear suce­si­va­men­te todos los recur­sos que ofre­cen las leyes de la Repú­bli­ca en la debi­da for­ma, pidió la nuli­dad de las elec­cio­nes ante la Cáma­ra de Dipu­tados, a pesar de que no reco­no­cía a dicho cuer­po un ori­gen legí­ti­mo y de que sabía de ante­mano que, no sien­do sus miem­bros repre­sen­tan­tes del pue­blo, solo aca­ta­rían la volun­tad del gene­ral Díaz, a quien exclu­si­va­men­te deben su investidura.

En tal esta­do las cosas, el pue­blo, que es el úni­co sobe­rano, tam­bién pro­tes­tó de un modo enér­gi­co con­tra las elec­cio­nes en impo­nen­tes mani­fes­ta­cio­nes lle­va­das a cabo en diver­sos pun­tos de la Repú­bli­ca, y si éstas no se gene­ra­li­za­ron en todo el terri­to­rio nacio­nal fue debi­do a terri­ble pre­sión ejer­ci­da por el gobierno, que siem­pre aho­ga en san­gre cual­quier mani­fes­ta­ción demo­crá­ti­ca, como pasó en Pue­bla, Vera­cruz, Tlax­ca­la, Méxi­co, y otras partes.

Pero esta situa­ción vio­len­ta e ile­gal no
pue­de sub­sis­tir más.

Yo he com­pren­di­do muy bien que si el pue­blo me ha desig­na­do como su can­di­da­to para la Pre­si­den­cia, no es por­que haya teni­do la opor­tu­ni­dad de des­cu­brir en mi las dotes del esta­dis­ta o del gober­nan­te, sino la viri­li­dad del patrio­ta resuel­to a sacri­fi­car­se, si es pre­ci­so, con tal de con­quis­tar la liber­tad y ayu­dar al pue­blo a librar­se de la odio­sa tira­nía que lo oprime.

Des­de que me lan­cé a la lucha demo­crá­ti­ca sabía muy bien que el gene­ral Díaz no aca­ta­ría la volun­tad de la Nación, y el noble pue­blo mexi­cano, al seguir­me a los comi­cios, sabía tam­bién per­fec­ta­men­te el ultra­je que le espe­ra­ba; pero a pesar de ello, el pue­blo dio para la cau­sa de la liber­tad un nume­ro­so con­tin­gen­te de már­ti­res cuan­do estos eran nece­sa­rios, y con admi­ra­ble estoi­cis­mo con­cu­rrió a las casi­llas a reci­bir toda cla­se de vejaciones.

Pero tal con­duc­ta era indis­pen­sa­ble para demos­trar al mun­do ente­ro que el pue­blo mexi­cano está apto para la demo­cra­cia, que está sedien­to de liber­tad, y que sus actua­les gober­nan­tes no res­pon­den a sus aspiraciones.

Ade­más, la acti­tud del pue­blo antes y duran­te las elec­cio­nes, así como des­pués de ellas, demues­tra cla­ra­men­te que recha­za con ener­gía al Gobierno de gene­ral Díaz y que, si se hubie­ran res­pe­ta­do esos dere­chos elec­to­ra­les, hubie­se sido yo elec­to para la Pre­si­den­cia de la República.

En tal vir­tud, y hacién­do­me eco de la volun­tad nacio­nal, decla­ro ile­ga­les las pasa­das elec­cio­nes, y que­dan­do por tal moti­vo la Repú­bli­ca sin gober­nan­tes legí­ti­mos, asu­mo pro­vi­sio­nal­men­te la Pre­si­den­cia de la Repú­bli­ca, mien­tras el pue­blo desig­na con­for­me a la ley sus gober­nan­tes. Para lograr este obje­to es pre­ci­so arro­jar del poder a los auda­ces usur­pa­do­res que por todo títu­lo de lega­li­dad osten­tan un frau­de escan­da­lo­so e inmoral.

Con toda hon­ra­dez decla­ro que con­si­de­ra­ría una debi­li­dad de mi par­te y una trai­ción al pue­blo que en mi ha depo­si­ta­do su con­fian­za no poner­me al fren­te de mis con­ciu­da­da­nos, quie­nes ansio­sa­men­te me lla­man, de todas par­tes del país, para obli­gar al gene­ral Díaz, por medio de las armas, a que res­pe­te la volun­tad nacional.

El Gobierno actual, aun­que tie­ne por ori­gen la vio­len­cia y el frau­de, des­de el momen­to que ha sido tole­ra­do por el pue­blo, pue­de tener para las nacio­nes extran­je­ras cier­tos títu­los de lega­li­dad has­ta el 30 del mes entran­te en que expi­ran sus pode­res; pero como es nece­sa­rio que el nue­vo gobierno dima­na­do del últi­mo frau­de no pue­da reci­bir­se y del poder, o por los menos se encuen­tre con la mayor par­te de la Nación pro­tes­tan­do con las armas en la mano, con­tra esa usur­pa­ción, he desig­nan­do el DOMIN­GO 20 del entran­te Noviem­bre para que de las seis de la tar­de en ade­lan­te, en todas las pobla­cio­nes de la Repú­bli­ca se levan­ten en armas bajo el siguiente

PLAN

1o. Se decla­ran nulas las elec­cio­nes para Pre­si­den­te y Vice­pre­si­den­te de la Repú­bli­ca, Magis­tra­dos a la Supre­ma Cor­te de la Nación y Dipu­tados y Sena­do­res, cele­bra­das en Junio y Julio del corrien­te año.

2o. Se des­co­no­ce al actual Gobierno del gene­ral Díaz, así como a todas las auto­ri­da­des cuyo poder debe dima­nar del voto popu­lar, por­que ade­más de no haber sido elec­tas por el pue­blo, han per­di­do los pocos títu­los que podían tener de lega­li­dad, come­tien­do y apo­yan­do, con los ele­men­tos que el pue­blo puso a su dis­po­si­ción para la defen­sa de sus intere­ses, el frau­de elec­to­ral más escan­da­lo­so que regis­tra la his­to­ria de México.

3o. Para evi­tar has­ta don­de sea posi­ble los trans­tor­nos inhe­ren­tes a todo movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio, se decla­ran vigen­tes, a reser­va de refor­mar opor­tu­na­men­te por los medios cons­ti­tu­cio­na­les aque­llas que requie­ran refor­mas, todas las leyes pro­mul­ga­das por actual admi­nis­tra­ción y sus regla­men­tos res­pec­ti­vos, a excep­ción de aque­llas que mani­fies­ta­men­te se hallen en pug­na con los prin­ci­pios pro­cla­ma­dos en este Plan. Igual­men­te se excep­túan las leyes, fallos de tri­bu­na­les y decre­tos que hayan san­cio­na­do las cuen­tas y mane­jos de fon­dos de todos los fun­cio­na­rios de la
admi­nis­tra­ción por­fi­ris­ta en todos los ramos; pues tan pron­to como la revo­lu­ción triun­fe, se ini­cia­rá la for­ma­ción de comi­sio­nes de inves­ti­ga­ción para dic­ta­mi­nar acer­ca de las res­pon­sa­bi­li­da­des en que hayan podi­do incu­rrir los fun­cio­na­rios de la Fede­ra­ción, de los Esta­dos y de los Municipios.

En todo caso serán res­pe­ta­dos los com­pro­mi­sos con­traí­dos por la admi­nis­tra­ción por­fi­ris­ta con gobier­nos y cor­po­ra­cio­nes extran­je­ras antes del 20 del entrante.

Abu­san­do de la ley de terre­nos bal­díos, nume­ro­sos peque­ños pro­pie­ta­rios, en su mayo­ría indí­ge­nas, han sido des­po­ja­dos de sus terre­nos, por acuer­do de la Secre­ta­ría de Fomen­to, o por fallos de los tri­bu­na­les de la Repú­bli­ca. Sien­do de toda jus­ti­cia res­ti­tuir a sus anti­guos posee­do­res los terre­nos de que se les des­po­jó de un modo tan arbi­tra­rio, se decla­ran suje­tas a revi­sión tales dis­po­si­cio­nes y fallos y se les exi­gi­rá a los que los adqui­rie­ron de un modo tan inmo­ral, o a sus here­de­ros, que los res­ti­tu­yan a sus pri­mi­ti­vos pro­pie­ta­rios, a quie­nes paga­rán tam­bién una indem­ni­za­ción por los per­jui­cios sufri­dos. Solo en caso de que esos terre­nos hayan pasa­do a ter­ce­ra per­so­na antes de la pro­mul­ga­ción de este Plan, los anti­guos pro­pie­ta­rios reci­bi­rán indem­ni­za­ción de aque­llos en cuyo bene­fi­cio se veri­fi­có el despojo.

4o. Ade­más de la Cons­ti­tu­ción y leyes vigen­tes, se decla­ran Ley Supre­ma de la Repú­bli­ca el prin­ci­pio de NO REELEC­CIÓN de Pre­si­den­te y Vice­pre­si­den­te de la Repú­bli­ca, de los Gober­na­do­res de los Esta­dos y de los Pre­si­den­tes Muni­ci­pa­les, mien­tras se hagan las refor­mas cons­ti­tu­cio­na­les respectivas.

5o. Asu­mo el carác­ter de Pre­si­den­te Pro­vi­sio­nal de los Esta­dos Uni­dos Mexi­ca­nos con las facul­ta­des nece­sa­rias para hacer la gue­rra al Gobierno usur­pa­dor del gene­ral Díaz.

Tan pron­to como la capi­tal de la Repú­bli­ca y más de la mitad de los Esta­dos de la Fede­ra­ción estén en poder de las fuer­zas del Pue­blo, el Pre­si­den­te Pro­vi­sio­nal con­vo­ca­rá a elec­cio­nes gene­ra­les extra­or­di­na­rias para un mes des­pués y entre­ga­rá del poder al Pre­si­den­te que resul­te elec­to, tan lue­go como sea cono­ci­do el resul­ta­do de la elección.

6o. El Pre­si­den­te Pro­vi­sio­nal, antes de entre­gar el poder, dará cuen­ta al Con­gre­so de la Unión del uso que haya hecho de las facul­ta­des que le con­fie­re el pre­sen­te Plan.

7o. El día 20 de noviem­bre, des­de las seis de la tar­de en ade­lan­te, todos los ciu­da­da­nos de la Repú­bli­ca toma­rán las armas para arro­jar del poder a las auto­ri­da­des que actual­men­te gobier­nan. Los pue­blos que estén reti­ra­dos de las vías de comu­ni­ca­ción lo harán des­de la víspera. 

8o. Cuan­do las auto­ri­da­des pre­sen­ten resis­ten­cia arma­da, se les obli­ga­rá por la fuer­za de las armas a res­pe­tar la volun­tad popu­lar, pero en este caso las leyes de la gue­rra serán rigu­ro­sa­men­te obser­va­das, lla­mán­do­se espe­cial­men­te la aten­ción sobre las prohi­bi­cio­nes rela­ti­vas a no usar balas explo­si­vas ni fusi­lar a los pri­sio­ne­ros. Tam­bién se lla­ma la aten­ción res­pec­to al deber de todo mexi­cano de res­pe­tar a los extran­je­ros en sus per­so­nas e intereses.

9o. Las auto­ri­da­des que opon­gan resis­ten­cia a la rea­li­za­ción de este Plan serán redu­ci­das a pri­sión para que se les juz­gue por los tri­bu­na­les de la Repú­bli­ca cuan­do la revo­lu­ción haya ter­mi­na­do. Tan pron­to como cada ciu­da­dano del pue­blo reco­bre su liber­tad, se reco­no­ce­rá como auto­ri­dad legí­ti­ma pro­vi­sio­nal al prin­ci­pal jefe de las armas, con facul­tad de dele­gar sus fun­cio­nes en algún otro ciu­da­dano carac­te­ri­za­do, quien será con­fir­ma­do en su car­go o remo­vi­do por el Gobierno Provisional.

Una de las prin­ci­pa­les medi­das del Gobierno Pro­vi­sio­nal será poner en liber­tad a todos los pre­sos políticos.

10. El nom­bra­mien­to de Gober­na­dor Pro­vi­sio­nal de cada Esta­do que haya sido ocu­pa­do por las fuer­zas de la revo­lu­ción será hecho por el Pre­si­den­te Pro­vi­sio­nal. Este Gober­na­dor ten­drá la estric­ta obli­ga­ción de con­vo­car a elec­cio­nes para Gober­na­dor Cons­ti­tu­cio­nal del Esta­do, tan pron­to como sea posi­ble, a jui­cio del Pre­si­den­te Pro­vi­sio­nal. Se excep­túan de esta regla
los Esta­dos que de dos años a esta par­te han sos­te­ni­do cam­pa­ñas demo­crá­ti­cas para cam­biar de gobierno, pues en estos se con­si­de­ra­rá como Gober­na­dor pro­vi­sio­nal al que fue can­di­da­to del pue­blo siem­pre que se adhie­ra acti­va­men­te a este Plan.

En caso de que el Pre­si­den­te Pro­vi­sio­nal no haya hecho el nom­bra­mien­to de Gober­na­dor, que este nom­bra­mien­to no haya lle­ga­do a sus des­tino o bien que el agra­cia­do no acep­ta­ra por cual­quie­ra cir­cuns­tan­cia, enton­ces el Gober­na­dor será desig­na­do por vota­ción de todos los Jefes de las armas que ope­ran en el terri­to­rio del Esta­do res­pec­ti­vo, a reser­va de que su nom­bra­mien­to sea rati­fi­ca­do por el Pre­si­den­te Pro­vi­sio­nal tan pron­to como sea posible.

11o. Las nue­vas auto­ri­da­des dis­pon­drán de todos los fon­dos que se encuen­tren en todas las ofi­ci­nas públi­cas para los gas­tos ordi­na­rios de la admi­nis­tra­ción; para los gas­tos de la gue­rra, con­tra­ta­rán emprés­ti­tos volun­ta­rios o for­zo­sos. Estos últi­mos solo con ciu­da­da­nos o ins­ti­tu­cio­nes nacio­na­les. De estos emprés­ti­tos se lle­va­rá una cuen­ta escru­pu­lo­sa y se otor­ga­rán reci­bos de debi­da for­ma a los intere­sa­dos a fin de que al triun­far la revo­lu­ción se les res­ti­tu­ya lo prestado.

Tran­si­to­rio. A. Los jefes de las fuer­zas volun­ta­rias toma­rán el gra­do que corres­pon­da al núme­ro de fuer­zas a su man­do. En caso de ope­rar fuer­zas volun­ta­rias y mili­ta­res uni­das, ten­drá el man­do de ellas el mayor de gra­dua­ción, pero en caso de que ambos jefes ten­gan el mis­mo gra­do, el man­do será del jefe militar.

Los jefes civi­les dis­fru­ta­rán de dicho nom­bra­mien­to mien­tras dure la gue­rra, y una vez ter­mi­na­da, esos nom­bra­mien­tos, a soli­ci­tud de los intere­sa­dos, se revi­sa­rán por la Secre­ta­ría de Gue­rra, que los rati­fi­ca­rá en su gra­do o los recha­za­rá, según sus méritos.

B. Todos los jefes, tan­to civi­les como mili­ta­res, harán guar­dar a sus tro­pas la más estric­ta dis­ci­pli­na, pues ellos serán res­pon­sa­bles ante el Gobierno Pro­vi­sio­nal de los des­ma­nes que come­tan las fuer­zas a su man­do, sal­vo que jus­ti­fi­quen no haber­les sido posi­ble con­te­ner a sus sol­da­dos y haber impues­to a los cul­pa­bles el cas­ti­go merecido.

Las penas más seve­ras serán apli­ca­das a quie­nes saqueen algu­na pobla­ción o que maten a pri­sio­ne­ros indefensos.

C. Si las fuer­zas y auto­ri­da­des que sos­tie­nen al gene­ral Díaz fusi­lan a los pri­sio­ne­ros de gue­rra, no por eso y como repre­sa­lia se hará los mis­mo con los de ellos que cai­gan en poder nues­tro; pero en cam­bio serán fusi­la­dos, den­tro de las 24 horas y des­pués de un jui­cio suma­rio, las auto­ri­da­des civi­les y mili­ta­res al ser­vi­cio del gene­ral Díaz que una vez esta­lla­da la revo­lu­ción hayan orde­na­do, dis­pues­to en cual­quie­ra for­ma, tras­mi­ti­do la orden o fusi­la­do a alguno de nues­tros soldados.

De esa pena no se exi­mi­rán ni los más altos fun­cio­na­rios, la úni­ca excep­ción será el gene­ral Díaz y sus minis­tros, a quie­nes en caso de orde­nar dichos fusi­la­mien­tos o per­mi­tir­los, se les apli­ca­rá la mis­ma pena, pero des­pués de haber­los juz­ga­do por los tri­bu­na­les de la Repú­bli­ca, cuan­do ya haya ter­mi­na­do la Revolución.

En caso de que el gene­ral Díaz dis­pon­ga que sean res­pe­ta­das las leyes de gue­rra, y que se tra­te con huma­ni­dad a los pri­sio­ne­ros que cai­gan en sus manos, ten­drá la vida sal­va; pero de todos modos debe­rá res­pon­der ante los tri­bu­na­les de como ha mane­ja­do los cau­da­les de la Nación y de como ha cum­pli­do con la ley.

D. Como es requi­si­to indis­pen­sa­ble en las leyes de la gue­rra que las tro­pas beli­ge­ran­tes lle­ven algún uni­for­me o dis­tin­ti­vo y como será difí­cil uni­for­mar a las nume­ro­sas fuer­zas del pue­blo que van a tomar par­te en la con­tien­da, se adop­ta­rá como dis­tin­ti­vo de todas las fuer­zas liber­ta­do­ras, ya sean volun­ta­rias o mili­ta­res, un lis­tón tri­co­lor, en el toca­do o en el brazo.

CON­CIU­DA­DA­NOS: Si os con­vo­co para que tomeis las armas y derro­queis al Gobierno del gene­ral Díaz, no es sola­men­te por el aten­ta­do que come­tió duran­te las ulti­mas elec­cio­nes, sino para sal­var a la Patria del por­ve­nir som­brío que le espe­ra con­ti­nuan­do bajo su dic­ta­du­ra y bajo el
gobierno de la nefas­ta oli­gar­quía cien­tí­fi­ca, que sin escrú­pu­lo y a gran pri­sa están absor­bien­do y dila­pi­dan­do los recur­sos nacio­na­les, y si per­mi­ti­mos que con­ti­núe en el poder, en un pla­zo muy bre­ve habrán com­ple­ta­do su obra: habrá lle­va­do al pue­blo a la igno­mi­nia y lo habrá envi­le­ci­do; le habrán chu­pa­do todas sus rique­zas y deja­do en la más abso­lu­ta mise­ria; habrán acu­sa­do la ban­ca­rro­ta de nues­tra Patria, que débil, empo­bre­ci­da y mania­ta­da se encon­tra­rá iner­me para defen­der sus fron­te­ras, su honor y sus instituciones.

Por lo que a mi res­pec­ta, ten­go la con­cien­cia tran­qui­lla y nadie podrá acu­sar­me de pro­mo­ver la revo­lu­ción por miras per­so­na­les, pues está en la con­cien­cia nacio­nal que hice todo los posi­ble para lle­gar a un arre­glo pací­fi­co y estu­ve dis­pues­to has­ta a renun­ciar mi can­di­da­tu­ra siem­pre que el gene­ral Díaz hubie­se per­mi­ti­do a la Nación desig­nar aun­que fue­se al Vice­pre­si­den­te de la Repú­bli­ca; pero, domi­na­do por incom­pren­si­ble orgu­llo y por inau­di­ta en una revo­lu­ción antes de ceder un ápi­ce, antes de devol­ver al pue­blo un áto­mo de sus dere­chos, antes de cum­plir, aun­que fue­se en las pos­tri­me­rías de su vida, par­te de las pro­me­sas que hizo en la Noria y Tuxtepec.

Él mis­mo jus­ti­fi­có la pre­sen­te revo­lu­ción cuan­do dijo: “Que nin­gún ciu­da­dano se impon­ga y per­pe­túe en el ejer­ci­cio del poder y esta será la últi­ma revolución.”

Si en el áni­mo del gene­ral Díaz hubie­sen pesa­do más los intere­ses de la Patria que los sór­di­dos intere­ses de él y de sus con­se­je­ros, hubie­ra evi­ta­do esta revo­lu­ción, hacien­do algu­nas con­ce­sio­nes al pue­blo; pero ya que no lo hizo… !Tan­to mejor!!, el cam­bio será más rápi­do y más radi­cal, pues el pue­blo mexi­cano, en vez de lamen­tar­se como un cobar­de, acep­ta­rá como un valien­te el reto, y ya que el gene­ral Díaz pre­ten­de apo­yar­se en la fuer­za bru­ta para impo­ner­le un yugo igno­mi­nio­so, el pue­blo recu­rri­rá a esa mis­ma fuer­za para sacu­dir­se ese yugo, para arro­jar a ese hom­bre funes­to del poder y para recon­quis­tar su libertad.

San Luis Poto­sí, octu­bre 5 de 1910.

Fran­cis­co I. Madero

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