Regocijaos

 

Hay que aspi­rar pro­fun­do, para dis­fru­tar­lo, el gran aire de la urbe, bas­tan­te con­ta­mi­na­do por cier­to, pero no tene­mos de otro. Por­que den­tro de poco, lo vamos a tener que pagar cuan­do nos lo ven­dan en bote­lli­tas, como ya se hace con el agua.

Dis­fru­te­mos las aglo­me­ra­cio­nes. Tan rico que es que a uno le apa­chu­rren en los vago­nes del Metro o en sus pasi­llos o en los otros trans­por­tes públi­cos. Nos aho­rra­mos así, el pago del baño de vapor, la per­fu­mea­da por tan­tos aro­mas dife­ren­tes a la mano y, en oca­sio­nes,  la ida a las dis­co­te­cas pues por todos lados, a todo volu­men,  escu­cha­mos todo tipo de músi­ca, de esa que ven­den cada que se detie­ne el tren. 

Y si cami­na­mos por las calles, pode­mos apro­ve­char para
ejer­ci­tar la agu­de­za de nues­tros sen­ti­dos, pues hay que andar a las vivas, con un ojo al gato y otro al gara­ba­to, cui­dán­do­nos de los asal­tan­tes, car­te­ris­tas y simi­la­res, pues esta es la épo­ca en la que más labo­ran esos com­pa­ñe­ri­tos. Y otros más avan­za­dos, como los que se suben a los micro­bu­ses o al mis­mo Metro, a decir­nos a los usua­rios que ellos son ex pre­si­dia­rios y que como ya no quie­ren vol­ver a robar, lo mejor es que les rega­le­mos una mone­da, “aun­que sea de a cin­co pesi­tos”, para no tener que delinquir. 

Tam­bién pode­mos rela­jar­nos tran­qui­la­men­te, con sere­ni­dad y pacien­cia, en nues­tro auto­mó­vil, si es que lo tene­mos, a la hora de cir­cu­lar por la ciu­dad, en medio de tan­to embo­te­lla­mien­to. Al cabo tene­mos algo así como dos horas ó más, para atra­ve­sar la ciu­dad de un extre­mo a otro — sí, el mis­mo tiem­po que se hace de aquí a Pue­bla o a Que­ré­ta­ro – en las que pode­mos com­ba­tir el estrés, tan fatí­di­co para otros, no así para noso­tros, seres urba­nos por excelencia. 

Mien­tras tan­to pode­mos dis­fru­tar la ama­bi­li­dad de tan­to mucha­cho y mucha­cho, que nos lim­pia el para­bri­sas o todo el coche una y otra vez; o pode­mos dis­traer­nos admi­ran­do la gran can­ti­dad de artícu­los que se ven­den, cuer­nos de reno para los coches, arbo­li­tos de navi­dad, pale­tas, perió­di­cos, dul­ces, jugue­tes, ciga­rros, fru­ta de tem­po­ra­da, refres­cos, desa­yu­nos, flo­res y demás. 

O pode­mos dedi­car­nos a jugar como en la feria, una espe­cie de carros cho­ca­do­res, elu­dien­do miles de baches en todas las ave­ni­das y calles adya­cen­tes y obras públi­cas (que debie­ron haber­se rea­li­za­do des­de hace como diez años) ini­cia­das por todas par­tes, al cabo no vamos a cho­car si esta­mos avan­zan­do a 10 kiló­me­tros por hora. 

Pon­gá­mo­nos con­ten­tos, con ese fenó­meno cre­cien­te, de haber comer­cios por todas par­tes en esta tem­po­ra­da del naci­mien­to del niño Jesús, lo cual es una espe­cie de ven­gan­za de los comer­cian­tes con­tra Jesu­cris­to por­que – se dice — éste los corrió a lati­ga­zos del tem­plo. Y aho­ra hacen de las suyas. Ade­más esta­mos en un país, cuyos habi­tan­tes pare­ce que no sabe­mos hacer otra cosa que ven­der, lo que sea pero vender. 

En fin, rego­ci­jaos, que­ri­dos cua­tro o cin­co lec­to­res y lec­to­ras, la épo­ca navi­de­ña, ha llegado. 

Y si se atre­ven a rom­per un poco con esas ruti­nas de fin de año, están invi­ta­dos a mi últi­mas com­pe­ten­cia del año. Se tra­ta de la carre­ra del Fue­go Nue­vo. Es el domin­go 7 de diciem­bre, a las 8 de la maña­na, en el cen­tro de Izta­pa­la­pa. Sola­men­te son 10 kiló­me­tros y, de paso, tiran la poli­lla, ¿sale?.

 

Méxi­co D.F. a 3 de diciem­bre del 2008. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *